“Los sertones”, una reseña de Carpentier digna de atención

Por Yuri Rodríguez

 

 En “Los sertones”, reseña que presentamos en nuestro sitio sobre la narración homónima del brasileño Euclides da Cunha, Alejo Carpentier medita acerca del tratamiento de la naturaleza del continente en la novela latinoamericana, un asunto al que se enfrentaba también de manera práctica en la escritura de Los pasos perdidos (1953).

 

En este texto el escritor cubano confiesa haber alcanzado una comprensión cabal del clásico de Cunha, muestra del conocimiento que por esos años ya poseía de la naturaleza venezolana. La observación indica el vínculo entre la recepción crítica de Los sertones y sus propias experiencias de viaje, lo libresco y lo vivencial como vías personales para entender mejor la realidad continental.

 

Los viajes que en 1947 efectuó en avión a la región de la Gran Sabana y el Orinoco, y luego –en 1948– al río Orinoco, principalmente en chalana –especie de embarcación típica–, así como la ascensión al páramo andino, fueron medulares para su comprensión del mundo natural americano. Estas vivencias le valieron la publicación de “Visión de América”, serie periodística en que expuso la singularidad del paisaje de la Gran Sabana, escenario caracterizado por su virginidad, su carácter primigenio y sus proporciones inusitadas, así como también las peculiaridades del río Orinoco en lo que refiere a su extensión y trayectoria. Mientras, en una crónica que no llega a publicar, establece la relación entre la naturaleza y el clima en los andes venezolanos, de una parte, y los ambientes, las costumbres y la subsistencia económica de sus pobladores, del otro.

 

En estos artículos, con el propósito de describir y explicar el universo americano, Carpentier apela a obras del arte y la literatura, pues le resultan insuficientes los raseros tradicionales que se utilizaban para explicar la naturaleza del viejo continente. Poco después habría de incorporar sus impresiones sobre el interior de Venezuela a la trama de El clan disperso, proyecto novelístico que no llegó a concluir, pero que constituyó, sin dudas, un intento por plasmar su experiencia en la ficción literaria.

 

En esa percepción personal de la naturaleza continental fue enriquecedora la relectura de la narración de Cunha, que Carpentier califica en su reseña como un “deslumbramiento por las posibilidades entrevistas”. Sugiere así el ejemplo que significa Los sertones en tanto un texto que describe e ilustra las esencias de la naturaleza y el hombre americanos. Carpentier, asimismo, menciona constantes del paisaje continental; compara, en más de una ocasión, el “Sertón” de Canudos –región en que transcurre la trama de Cuhna– con la Gran Sabana venezolana, y hace alusión, además, a aspectos físicos que asemejan ambas zonas geográficas –torrentes prodigiosos, mesetas, desfiladeros– mientras iguala el paisaje descrito en Los sertones con el mundo del Génesis. Se trata de sitios y elementos telúricos que luego aparecerán en Los pasos perdidos.

 

La relectura de Los sertones significó una cantera de información nutricia para las reflexiones de Carpentier sobre las tierras al sur del río Bravo; así lo demuestra en otro texto (“Miremos a Haití”, El Nacional, 12 de septiembre de 1951) cuando, empeñado en precisar el espacio geográfico-cultural caribeño, señala como uno de sus límites “las coplas que resonaban en el sertón de Canudos, cuando Euclides da Cunha escribió su admirable libro”. De igual manera, la provechosa lectura se evidencia en las marcas que Carpentier dejó en el ejemplar de la novela de Cuhna, texto atesorado en los fondos de la Fundación dedicada al estudio del autor de El reino de este mundo. Revisitar esta reseña significa atender los nexos entre ambos autores.

Los sertones

Por Alejo Carpentier

 

“Esta grandiosa epopeya, poco conocida en el extranjero, está predestinada a sobrevivir a un sinnúmero de libros famosos actualmente, gracias a la magnificencia dramática de su exposición, la riqueza de sus reconocimientos espirituales y el maravilloso humanismo que lo distingue del principio al fin”. Esto escribió Stefan Zweig elogiando un gran libro americano: Los sertones del brasileño Euclides da Cunha.

 

Hace cincuenta años (1901) el ingeniero Euclides da Cuhna fechaba en Sao Paulo las últimas líneas que el escritor suele añadir a la obra terminada: las del prólogo. Al hecho de haber solicitado, años antes, la corresponsalía de un diario local para seguir de cerca una expedición militar, debería aquel hombre que nunca había soñado en ser escritor, la inmortalidad por las letras. Los sertones es hoy un clásico de la literatura de nuestro continente. “El informe relativo a la expedición ―dice Stefan Zweig―, escrito con magnífico empuje dramático, adquirió en forma de libro, ampliado, los caracteres de una exposición psicológica completa de la tierra, el pueblo y el país brasileño, como desde entonces nunca más se volvió a ensayar ni conseguir con igual profundidad ni amplitud de visión psicológica”.

 

Acabo de leer Los sertones en la magnífica traducción de Benjamín Garay, y al cabo de años en que mis andanzas por tierras venezolanas me hicieron conocer mejor la gran naturaleza americana, cierro el libro de Euclides da Cuhna con una mayor impresión de deslumbramiento, si cabe, que la primera vez. (Ahora, diría que es un deslumbramiento por las posibilidades entrevistas.) No se busque en ese tomo la virtuosidad del estilo ni la solución de problemas de técnica literaria. Se trata de una obra caudalosa, desproporcionada, donde el autor, maravillado por su descubrimiento de un mundo desconocido, de una humanidad cuya existencia ignoraba, parece obsesionado por la idea de decirlo todo, de explicarlo todo, de no olvidar cosa de lo visto durante la terrible expedición punitiva lanzada por el gobierno de Bahía, en noviembre de 1896, sobre el “Sertón” (léase: Gran Desierto, Gran Sabana) de Canudos. A veces, Euclides da Cuhna peca de denso, de erudito, de ergotista. Se detiene sobremanera, en toda la primera parte del libro, sobre consideraciones de orden científico y sociológico. Como Sarmiento, a quien ha sido comparado, no es desafecto al símil retórico. Pero esos defectos son compensados por una tan asombrosa de la naturaleza y el hombre de América; por un sentido tan extraordinario de lo que puede ser la poesía de la roca, del agua, del árbol, del ser humano trabado en lucha con un mundo que es todavía el mundo del Génesis en el Quinto Día de la Creación, que siempre nos deja ―luego de hacernos renegar por momentos de su frondosidad― admirado por su vigor y su poder de consustanciar el hombre y el paisaje.

 

Era el “Sertón” de Canudos una especie de Gran Sabana brasileña, surcada por torrentes prodigiosos, erizada de mesetas extrañas, resquebrajada por desfiladeros misteriosos, que había albergado durante centenares de años una población huraña y bravía, atenta tan solo al ritmo telúrico de las lluvias y las sequias, para la cual todo lo que estuviera fuera de su ámbito recibía el nombre poéticamente impreciso de “el Gran Mundo”. Un día, fanatizada por un hirsuto, austero y fascinante profeta, llamado Antonio Consejero, que predicaba el regreso mesiánico del rey Sebastián sobre la tierra y anunciaba el próximo Juicio Final en poemas de estilo sibilino, esa población salió de los linderos de su mundo apartado, para cometer actos de violencia que provocaron una acción represiva por parte de las autoridades de la provincia. Es esa guerra la que nos narra Euclides da Cuhna, en su gran libro americano que es, a la vez, como un panorama grandioso de la naturaleza de un continente. Escrito en portugués, el vasto drama de Los sertones es un clásico, sin embargo, para todos los hombres de América, por la presencia de elementos, fuerzas, potencias del suelo, lucha del hombre con el medio, que nos son comunes.

 

El Nacional, 8 de septiembre de 1951.

 

 

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