Viaje al final de la noche

Alejo Carpentier

Un libro sensacional. El genio inesperado. La batalla por el Premio Goncourt. Un desafío literario. Viaje a través del mundo contemporáneo. Las ideas de Céline sobre la guerra. El timo del ejército gratuito.

Lo único terrible en nosotros y en la tierra, y tal vez en el cielo, es lo que aún no se ha dicho. Solo estaremos tranquilos el día en que todo se haya dicho, de una vez y para siempre, y entonces se hará un silencio y nadie ya temerá callarse.

L. F. Céline

Ocho mil ejemplares vendidos… Veinte mil… Sesenta y dos mil… Cien mil… Ciento cuarenta y dos mil… En menos de un mes se había realizado el milagro editorial. Los libreros no se daban ya el trabajo de alinear los volúmenes en sus estantes; construían pirámides con ellos, en la puerta de sus tiendas, para evitarse la consabida pregunta del cliente:

–¿Tienen ustedes Viaje al final de la noche?

Creo que rara vez, desde la aparición de las grandes novela de Zola, un libro ha logrado suscitar tal interés en París. Elogios inacabables, discusiones, ataques acerbos, desafíos en la prensa. ¡La misma atmósfera que solía rodear la aparición de Nana o La débâcle! Y eso, en época tan escéptica como la nuestra, por tiempos en que se admite que “el papel lo aguanta todo”, y un volumen llega muy rara vez a apasionar la opinión pública. ¡Y todavía, si Louis-Ferdinand Céline fuese un autor consagrado…! Pero se trata de un perfecto desconocido, a quien nadie ha visto ni oído. Un señor perdido en la masa anónima. ¡Pero! Un médico pobre que atiende un dispensario destinado a los traperos de la Feria de las Pulgas… No se viste de frac para frecuentar los salones literarios; no sabe besar las manos de las marquesas; no asiste a las recepciones académicas, ni se inmiscuye en las querellas de los cangrejos intelectuales. Confiesa que, aunque joven todavía, se siente muy cansado ya, muy deprimido. Para escribir las seiscientas veintitrés páginas de Viaje al final de la noche, ha tenido que ennegrecer algo como cincuenta mil cuartillas. Y nos anuncia que, en caso de escribir otro libro, no podrá hacerlo antes de cinco años.

Y es sin embargo Louis-Ferdinand Céline –negación del escritor profesional– quien estuvo a punto de obtener este año el Premio Goncourt y que, cediendo a las intrigas adversas, tuvo que contentarse con el Premio Theophraste Renaudot –muy respetable, aunque de menor importancia–. Se sabe que los hechos se desarrollaron de esta manera: el Premio Goncourt estaba prácticamente otorgado a Guy Mazeline, amigo de Roland Dorgelès, por su novela Los lobos, cuando los diez miembros de la Academia recibieron ejemplares de la obra del desconocido. Las obras maestras no pueden pasar inadvertidas. Ante el río de humanidad que corría en las páginas de Viaje al final de la noche, Lucien Descaves y Léon Daudet alzaron los brazos al cielo. ¡Prodigioso! ¡Desconcertante! ¡Definitivo!

–¡Tan enorme como Rabelais! –exclamó Daudet.

Y ambos se apresuraron a comunicarles a sus colegas que ya no votarían por el libro de Mazeline, sino por el de Céline. Hubo discusiones y resistencias, pero al fin los miembros de la Academia Goncourt afirmaron, en su mayoría, que se inclinaban en el mismo sentido que Descaves y Daudet. Llegó el día de la votación oficial Pero, reconquistados por Roland Dorgelès, varios votos cambiaron de color a última hora, para otorgar el premio a Los lobos, larga novela analítica, muy honorable, pero desprovista del soplo épico que anima el libro de Céline. Indignados por la defección inesperada de sus colegas, Descaves y Daudet manifestaron abiertamente su discrepancia con el criterio de la Academia a la que pertenecen. Se entabló la esperada polémica… Pero, mientras tanto, el libro del mediquillo oscuro ascendía vertiginosamente hacia la cifra de cine mil ejemplares vendidos. Y ya están en camino la versión alemana y la versión inglesa…

“Lo desafío –escribía Roland Dorgelès a Lucien Descaves, en las páginas de Intransigeant– a que publique usted en un diario las cincuenta líneas del libro de Céline que le voy a señalar”.

Quería decir con ello que en esa novela escrita en lenguaje popular, en prosa recia, existían fragmentos tan crudos que casi avecindaban con la obscenidad.

“¡La literatura no es un entretenimiento para señoritas! –replicaba el furibundo Daudet, desde las columnas de L’Action Française–. También lo desafío a que publique usted cincuenta líneas de Rabelais en un periódico actual; y sin embargo, con todas sus malas palabras, Rabelais es uno de los genios más grandes que haya producido la Humanidad…”

¡Rabelais! Nombre que evocamos cien veces, leyendo las páginas apretadas y crueles del libro de Céline. También el creador de Gargantúa y Pantagruel nos ofreció, en su obra, un viaje a través de su época. Entre dos carcajadas enormes, entre dos travesuras de Panurgo, construyó una sátira sangrienta de las instituciones y las costumbres del Renacimiento francés. Ahora, la novela de Céline viene a situarse en plano paralelo, por su vastedad. Libro sin acción propiamente dicha, sin intriga. Los personajes viven, como se vive realmente, sin saber adónde sus pasos habrán de llevarlos. Los acontecimientos mismos se encargan de dirigirlos, de atropellarlos, hundirlos o alzarlos. El hombre que nos habla, parte a la guerra. Sin patriotismo. Sin convencimiento. Simplemente porque si no se uniformase, los gendarmes se encargarían de uniformarlo a la fuerza. En el frente, trata de esquivar la mayor cantidad posible de peligros. No tiene el menor deseo de ofrendar el pellejo en aras de la patria, y lo confiesa. ¿Por qué creer que todo hombre uniformado por las autoridades ha de ser un héroe? Herido, Bardamu –tal es el nombre del personaje– conoce la vida lamentable de los hospitales militares. Después, lo vemos en las colonias francesas del África. Más tarde en Nueva York, ciudad que ha inspirado a Céline un cuadro alucinante, por su justeza y la novedad de sensaciones fijadas. Pasarán muchísimos años antes que un escritor logre expresar con tanta fuerza las reacciones del extranjero perdido en las “hendiduras de esa ciudad que está de pie”. Las pantorrillas de las mujeres, los hoteles neoyorquinos, el cuadro de un matrimonio norteamericano a la hora de acostarse: temas que hallan prodigioso intérprete en el temperamento de Céline.

Después, Detroit, las fábricas de Ford, el trabajo “a la cadena”. Más tarde, Bardamu regresa a Francia, para terminar sus estudios de Medicina. Luego se instala en una mísera barriada de las afueras de París, donde lucha ásperamente para ganarse el cocido cotidiano. Obsesión del patio de una casa de vecindad “oliente a coliflores podridas”, en que cada ventana iluminada revela un mundo de pasiones sórdidas, de ilusiones tímidas, de anhelos fallidos… Vencido en la lucha, cubierto de deudas, Bardamu abandona momentáneamente la Medicina para entrar de partiquino en el cine Paramount de París. Nuevas aventuras. Un viaje al sur de Francia, a Toulouse, donde un amigo suyo tiene un “negocio de exhibición de momias” en el sótano de la catedral… Regreso a la capital para dar con un puesto de médico en un manicomio…Final del libro, al alba gris de una noche en que un personaje secundario ha recibido varios balazos en el vientre… Y la vida que impone nuevamente sus rigores, tan terrible y tan incierta como antes…

¿Novela? Mas bien panorama de toda una existencia; cuadro del mundo moderno sobre tres continentes… Viaje al final de la noche está escrito de manera singularísima, en un lenguaje que explota todas las riquezas del habla arrabalera. La historia nos es narrada como se narra una historia entre amigos íntimos, entre hombres. Todas las malas palabras conocidas son movilizadas cuando es necesario. Los rasgos más encantadores, avecindan con las escenas más canallescas. Conciencia perpetua del sensualismo propio o ajeno. Aventuras amorosas contadas con una crudeza a que la literatura nos tenía poco acostumbrados. Todos los personajes viven ante nuestros ojos, con sus taras y sus virtudes a descubierto. Por primera vez, tenemos la sensación de leer un libro escrito por un hombre que ha sabido hallar el punto flaco de la mayoría de nuestros prejuicios estéticos y morales. Louis-Ferdinand Céline ha llegado más lejos que nadie en este sentido.

Y en lo que se refiere a la guerra, al heroísmo bélico, a la colonización, a nuestras instituciones, a la posición del hombre de clase humilde en el mundo moderno, este médico nos canta unas verdades que muy pocos individuos habrían tenido el valor de fijar en letra de molde. Hace treinta años apenas, Louis-Ferdinand Céline, lejos de obtener un premio literario, habría sido procesado por su libro. Libro que algunos tacharon hoy de anarquista, pero cuyas conclusiones están, en el fondo, en lamente de todos los hombres conscientes.

Viendo que sus páginas consagradas a la guerra europea, y su apología de los rebeldes a dejarse matar, comenzaban a promover escándalos, Céline expuso este argumento tajante:

–En 1914 fui al frente. Me gané la Cruz de Guerra “por actos de heroísmo”… ¡Bien tengo el derecho, hoy en día, de decir lo que pienso de la guerra!

¿Lo que piensa Céline de la guerra? No resisto a la tentación de traducir algunas páginas de su libro. Nos ofrecen las frases de un personaje que ha robado varias latas de conserva, para pasar por loco y retardar el instante en que se le enviará al frente de combate. Este personaje dice a Bardamu:

“–Tenemos la costumbre de admirar cada día a unos bandidos inmensos, cuya opulencia es venerada, con nosotros, por el mundo entero, y cuya existencia se presenta, apenas la examinamos de cerca, como un largo crimen, cada día renovado; pero esas gentes disfrutan de gloria, honores y poderío; sus fechorías son consagradas por las leyes, mientras que, por lejos que se remonte usted en la Historia, todo nos demuestra que un robo menudo, y sobre todo de alimentos mezquinos, tales como panes, jamón o queso, atrae sobre su autor, irremisiblemente, el oprobio formal, las repulsiones categóricas de la comunidad, los castigos mayores, el deshonor automático y la vergüenza inexpiable. Y ello por dos razones: primero, porque el autor de tales delitos es generalmente un pobre, y ese estado implica, en sí mismo, una indignidad capital; segundo, porque su acto encierra una suerte de reproche tácito a la comunidad. El robo del pobre se vuelve un malicioso desquite individual, ¿me comprende usted…? ¿A dónde iríamos a parar…? Por ello, observe usted que la represión de los delitos menores se efectúa, bajo todos los climas, con un rigor extremo, no solo como medio de defensa social, sino, ante todo y sobre todo, como una recomendación severa a todos los infelices, para que permanezcan en su sitio y en su casta, penando, alegremente resignados a reventar, indefinidamente y por los siglos, de miseria y de hambre… Hasta ahora, sin embargo, quedaba en la República una pequeña ventaja para los ladrones ínfimos: el de verse privados del honor de llevar las armas patrióticas. Pero, desde mañana, tal estado de cosas cambiará: volveré, yo, ladrón, a tomar mi lugar en el ejército… Tales son las órdenes… Los jefes han decidido pasar la esponja sobre lo que llaman mi momento ‘mi momento de extravío’, y esto, piénselo bien, en consideración de lo que llaman también el ‘honor de mi familia’. ¡Qué mansedumbre! Se lo pregunto, camarada, ¿acaso es mi familia la que irá a servirle de colador a las balas francesas y alemanas, mezcladas…? ¡Estaré yo, bien solo! Y cuando me haya muerto, ¿será el honor de mi familia el que me haga resucitar…? Mire: ya me imagino a mi familia, cuando hayan pasado las cosas de la guerra… La veo brincando alegremente, a mi familia, sobre los céspedes del estío redivivo, por los claros domingos… Mientras que, tres pies más abajo, yo, papá, chorreando gusanos, estaré pudriéndome fantásticamente con toda mi carne decepcionada… Abonar los surcos del labriego anónimo, ¡tal es el porvenir verdadero del verdadero soldado! ¡Ah, camarada! ¡Le aseguro que este mundo no es más que una vasta empresa para tomarle a uno el pelo! Usted es joven. Que estos minutos sagaces le cuenten por varios años. Escúcheme bien, camarada: nunca deje pasar inadvertido, sin penetrarse bien de su importancia, ese signo capital con que resplandecen todas las hipocresías homicidas de nuestra sociedad: ‘El enternecimiento sobre el destino, sobre la condición del apolillado…’ Os lo digo, hombrecitos, tontos de la vida, vencidos, sudorosos de siempre; os prevengo: cuando los grandes de este mundo a amaros, es porque os quieren transformar en salchichón de batalla… Es el signo. Es infalible. Aquello comienza siempre por el afecto. Luis XIV, al menos, y debemos recordarlo, se preocupaba bastante poco del buen pueblo. Otro tanto hacía Luis XIV. Es cierto que no se vivía bien en aquellos tiempos, porque los pobres nunca vivieron bien, pero no se insistía en destriparlos con la testarudez y el encarnizamiento que ponen en ello los tiranos de hoy. Solo hay descanso para los pequeños, se lo aseguro, en el desprecio de los grandes, ya que los grandes solo saben pensar en el pueblo por interés o por sadismo… Fueron los filósofos quienes comenzaron por contarle historias, al buen pueblo… ¡Él, que solo conocía el Catecismo! Proclamaron que lo iban a educar… ¡Ah! ¡Buenas verdades venían a revelarle! ¡hermosas! ¡Y nuevecitas! ¡Qué brillaban! ¡Que lo dejaban a uno deslumbrado! Y el pueblo comenzó a decir: ‘¡Eso! ¡Es eso mismo! ¡Eso mismito! ¡Debemos morir para todo aquello!’ El pueblo nunca pide sino morir. Es así. ‘¡Viva Diderot!’, chillaron. Y luego: ‘¡Bravo Voltaire!’ ¡Esos sí que son filósofos! ¡Y viva también Carnot, que tan bien organiza las victorias! ¡Y viva todo el mundo! Al menos eran unos señores que no dejaban reventar al buen pueblo, en la ignorancia y el fetichismo. ¡Le muestran las rutas de la Libertad! ¡Lo emancipan! ¡Y se anduvo ligero! Que todo el mundo comience por saber leer los periódicos. Es la salvación. ¡Rediez! ¡Y rápido! ¡No más iletrados! Nada más que soldados ciudadanos. Que votan. Que leen. ¡Y que combaten! ¡Y que caminan! ¡Y que mandan besos! Con ese régimen, pronto el buen pueblo se vio maduro. Y entonces, ¿no es cierto?, era menester que se utilizara de alguna manera el entusiasmo de la liberación. Danton no era elocuente por mero gusto. Con unos cuantos alaridos tan bien sentidos que todavía repercuten hoy, movilizó al pueblo en un santiamén. ¡Y fue la primera partida de los primeros batallones de emancipados frenéticos! De los primeros idiotas, votantes y abanderados, que el Dumouriez se llevó a Flandes para hacerlos agujerear. En lo que se refería a él, Dumouriez, habiendo llegado demasiado tarde para conocer aquel jueguecillo idealista, enteramente inédito, y prefiriendo el parnés, desertó. Fue nuestro último mercenario… El soldado gratuito, ¡aquello sí que era nuevo! Tan nuevo que Goethe, con todo lo Goethe que era, al llegar a Valmy se llenó los ojos con el cuadro. Ante esas cohortes harapientas y apasionadas que venían a hacerse destripar espontáneamente por el rey de Prusia, en defensa de la inédita ficción patriótica, Goethe tuvo la sensación de que le quedaba mucho por aprender. ‘A partir de este día –clamó magníficamente, según las costumbres de su genio–, comienza una época nueva’. ¡Y bien! Después, como el sistema era excelente, se comenzaron a fabricar héroes en serie, y que costaban cada vez maas baratos, a causa del perfeccionamiento del método. Todo el mundo se aprovechó de ello, Bismarck, los dos Napoleones, Barrès y la jineta Elsa. La religión de la banderita suplantó rápidamente a la celestial, vieja nube, ya desinflada por la Reforma, y condensada en cepillos episcopales. En otros tiempos, la moda fanática era: ‘¡A la hoguera los herejes!’ Pero, después de todo, los herejes eran escasos y voluntarios… Mientras que ahora, es por hordas inmensas que se provocan las vocaciones, con los gritos de: ‘¡Ejecuten a los cobardes! ¡A los hígados blancos! ¡A los inocentes lectores! ¡Por millones, vuelta a la derecha!’ ¡Los hombres que no quieren reventar ni asesinar a nadie, los Pacíficos apestosos, deben ser descuartizados! ¡Que se les haga reventar, por legiones y legiones!, ¡que se vuelvan embutidos, sangren, se quemen en los ácidos, y todo ello para que la Patria se vuelva más amada, más alegre y más dulce! Y si existen seres inmundos que se niegan a comprender estas cosas sublimes, que vayan a enterrarse inmediatamente, con los demás, allá en el extremo del cementerio, bajo el epitafio infamante de los cobardes sin ideal… Porque esos entes innobles habrán perdido el derecho magnífico de disfrutar de un trocito de la sombra del monumento adjudicatario y municipal, construido para los muertos decentes, en la avenida central…”

¡Síntoma extremadamente interesante es el hecho de que el Premio Goncourt haya estado a punto de ser otorgado, este año, a un libro como el de Louis-Ferdinand Céline!

París, enero 1933.