UNA PAUSA (ACERCA DE LAS RUTAS PARALELAS DE A. LAMAR SCHWEYER)

Publicado: Jueves 20 de Marzo de 2014

Los lectores de la página web de la Fundación Alejo Carpentier, han podido leer algunas de las crónicas del escritor realizadas en su adolescencia para el diario La Discusión. En esta ocasión ofrecemos la que lleva por título “Una pausa”. El autor explica por qué. Tiene el interés especial, como otras publicadas bajo esa rúbrica, de mostrar un espíritu de época, una serie de alusiones y comentarios a escritores y compositores que “se leían” por esa época y que, sin lugar a dudas, para asumirlos o para polemizar con ellos, dejaron una impronta en nuestra producción literaria de los años iniciales de la República.

Rien n’est beau qui

n’est vrai.

A. France[1]

Por ALEJO F. CARPENTIER

Este artículo viene a ser, tal cual lo dice su título, una pausa en la continuidad de mi sección de divulgación literaria; una pausa, ya que en verdad no se puede calificar de “obra famosa”. Al comenzar a redactar esta sección me había hecho el firme propósito de no tratar en ella más que las creaciones de autores consagrados o clásicos, sin dejarme llevar por la ambición de consultar o alabar a mis contemporáneos. Pero habiéndome caído en las manos, hace días, un ejemplar de Las rutas paralelas, no resisto en este momento el deseo de dedicar algunas cuartillas a hablar de este libro del vigoroso escritor Alberto Lamar Schweyer[2].

Las rutas paralelas es un tomo de ensayos cortos donde, en páginas pletóricas de ideas, el joven autor estudia, entre otras; “La palabra futura”, “Al margen del monismo”, “Anatole France”, “Amado Nervo[3]”, “Los valores sentimentales”, etc., con un acierto laudable. Hay momentos en que el Sr. Lamar hace vibrar las cuerdas de nuestra emotividad, con lo atinado de sus observaciones sobre los sentimientos humanos –“Los valores sentimentales”–, mientras que a veces, remontándose a las más austeras especulaciones filosóficas, hace relucir pensamientos de una verdad profunda –“Al margen del monismo”.

Uno de los ensayos más interesantes, a mi juicio, es el del “Origen de lo bello”. El Sr. Lamar muestra ideas estéticas e indaga su origen hasta en los albores de la vida del hombre. ¿Por qué –pregunta– el rayo de luna influye en nosotros? ¿Por qué encontramos más hermoso el tinte de plata que posa sobre las cosas que la oscuridad total? A esto responde que el hombre de las cavernas “sentía en la oscuridad un temor fácil de explicar.

Para él la noche estaba poblada de enemigos de todo género: esto hacía que sintiera alegría ‘cuando el bosque se inundaba de plata’. Durante cientos de generaciones esta idea vivió sin modificarse. La alegría producida por la utilidad de un hecho natural fue siendo algo ingénito que perdiendo su carácter primitivo con las civilizaciones llegó a ser simplemente una admiración persistente hoy aunque en forma distinta”[4].

La melancolía del crepúsculo tiene una explicación parecida: “es simplemente el temor del hombre primitivo a las sombras nocturnas. Temor que los años y la civilización han transformado en un sentimiento de tristeza”[5]. Otro móvil por el cual encontramos algo hermoso es que “cumple ampliamente el objeto a que está destinado: un acorazado, por ejemplo, es bello para el hombre de nuestros días, porque su mole negruzca y erizada de cañones, da idea de la fuerza capaz de destruir rápidamente ciudades enteras”[6]. Una obra literaria es hermosa cuando llena dignamente el fin con que está escrita: una novela de Zolá[7] es bella desde el momento en que pinta con perfección la vida real; Flaubert hizo bella a Madame Bovary “porque llevó a las páginas de su obra, no a una burguesía, sino a toda la burguesía femenina de todos los tiempos.” Por esta serie de argumentos se llega racionalmente a la conclusión del postulado base del ensayo:”Las cosas son bellas cuando llenan ampliamente el fin para que están destinadas, o cuando tuvieron utilidad en la vida primitiva de la familia humana”.

No puedo, dado el marco restringido que impongo a mi sección, hablar con la amplitud que desearía de los ensayos de Las rutas paralelas. Quisiera analizarlos casi todos con detención, pero me veré obligado a hacer tan solo una breve reseña de algunos de ellos.

El de “La vida comienza mañana[8]”, está animado por un bello soplo de optimismo, que trae consigo los presentimientos más alentadores. “Las grandes catástrofes de nuestro romanticismo deben olvidarse para evitar las futuras catástrofes.

Pensemos que este derrumbamiento fue solo una cosa momentánea, y se fue muy rápidamente sin alterar para nada el ritmo eterno de la vida, que sigue su curso, serenamente, por las huellas que deja en el corazón”. “El fracaso de una primera obra no debe impedir la publicación de la segunda, porque el fracaso pertenece ya a otra vida que se fue con el tiempo y la obra nueva es quizás el triunfo de mañana”.

En el de “La palabra futura”, el señor Lamar, lanzando una mirada a los tiempos venideros, habla de una renovación de la poesía, no como la sueñan los discípulos de Marinetti[9] y Picasso[10], sino como “un canto de energía, una glorificación al optimismo, y de una serena realidad al mismo tiempo”. En el de los “Valores sentimentales”, dice muy atinadamente que “nuestro corazón como nuestra conciencia, da a las cosas un valor que no es el que tienen por sí mismas. Las hace buenas o malas, según su sentir”.

He pasado horas deleitosas leyendo el libro del señor Lamar Schweyer. En medio de nuestro siglo decadente en arte, en que desdichadamente son amados los pontífices de la afectación, como Vargas Vila[11], el pintoresco lapidario, o d’Indy[12], el algebrista musical; no sé cómo hablar a un autor que se complace en crear obras lozanas y sólidas como toda obra joven, paradójicas a veces, pero siempre escritas con una bella sinceridad y franqueza. Haciéndonos seguir los “caminos del corazón y del cerebro, siempre marchando en la misma dirección, evolucionando en el mismo sentido, cambiando al unísono, pero llevando rutas paralelas”; es su personalidad la que el autor hace surgir ante nosotros.

Y mostrándonos sin doblez ni preciosismos, nos hace pensar en la verdad de la profunda frase de Anatole France: “Rien n’est beau qui n’est vrai”[13].

Nota; Dedicaré uno de mis próximos artículos a la Vita nuova de Dante, ya que así lo solicita la discreta “Lectora”, que “tiene de esta obra las mejores referencias”[14].

A.F.C.

La Discusión

14 de enero de 1923

[p. 2]

[1] Anatole France (1844-1924), pseudónimo de Jacques-Anatole-François Thibault. Uno de los escritores franceses más influyentes entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Sus novelas, entre las que se destacan La isla de los pingüinos (1880), El rimen de Silvestre Bonnard (1881) y Los dioses tienen sed (1912) fueron leídas con fruición por toda la generación que precede a la vanguardia.

[2] Alberto Lamar Schweyer (1902-1942), periodista, ensayista y narrador cubano, miembro del Grupo Minorista, hasta su compromiso con la dictadura de Gerardo Machado. Carpentier incluye en su sección Obras famosas un cuaderno de ensayos de Lamar.

[3] Amado Nervo (1870-1929) poeta, novelista y ensayista mexicano, Autor de La amada inmóvil (1922) su obra más leída.

[4] Esta cita está un tanto modificada por Carpentier. Cf. Lamar Schweyer, Alberto. Las rutas paralelas. Imprenta El Fígaro, La Habana, 1922, p. 198.

[5] Esta cita también está ligeramente modificada por Carpentier. Cf. Op. cit. p. 199.

[6] Cita considerablemente modificada por Carpentier. Cf. Op. cit. pp. 200-201.

[7] Émile Zola (1840-1902), novelista francés, padre de la corriente naturalista. Entre sus obras más conocidas se encuentran Teresa Raquin, (1867), La taberna (1877), Nana (1880) y Germinal (1885).

[8] El título de ese ensayo alude al de una muy popular novela del escritor italiano Guido Da Verona (1881-1939), La vita comincia domani, publicada en 1913.

[9] Filippo Marinetti (1876-1944), escritor italiano, fundador y principal exponente del futurismo.

[10] Pablo Picasso (1871-1973), pintor y escultor español, uno de los artistas más destacados del siglo XX.

[11] José María Vargas Vila (1860-1933), escritor colombiano, autor de novelas y ensayos que gozaron de cierta popularidad en el contexto latinoamericano.

[12] Vincent d’Indy (1851-1931), compositor y pedagogo francés que reformó la música sinfónica y dramática francesa.

[13]En realidad Anatole France retoma, incorporándole otra forma de litote, la conocida frase de Nicolas Boileau-Despreaux (1636-1711) que aparece en su Epístola al Sr. marqués de Seignelay: “Rien n’est beau que le vrai” (Sólo lo verdadero es hermoso); France escribe: “Nada que no sea verdadero es hermoso”.

[14] Hasta donde conocemos, este artículo nunca fue publicado.