Sobre el meridiano intelectual de nuestra América

Mi querido Aznar:

He seguido con extraordinario interés el affaire Gaceta Literaria-Martín Fierro. Por ello me apresuro en responder a su gentilísima invitación, exponiéndole mis puntos de vista sobre el asunto.

Creo que todos los intelectuales jóvenes de América debían mostrarse agradecidos por el artículo cordial, afectuoso, de La Gaceta Literaria. Pero, a la par de mostrarse agradecido, conservarlo como documento.

El anhelo de “agrupar bajo un mismo común denominador de consideración idéntica toda la producción intelectual en la misma lengua […] juzgando con el mismo espíritu personas de allende y aquende el Atlántico”, indica que el autor del artículo de marras supone que una análoga orientación de propósitos anima a los intelectuales “hispanoparlantes” de la generación actual.

Como bien decía Lisardo Zía, hoy “la única aspiración de América, es América misma”, y no porque una fobia egocentrista se haya apoderado de nuestras más lozanas mentalidades, sino porque los problemas ideológicos que se plantean a sí mismas son peculiarísimos, y difieren totalmente de los que pueden inquietar a los escritores del Viejo Continente.

Basta otear rápidamente el arte y la literatura de América, para comprender que son frutos de un encadenamiento de circunstancias muy especiales. Las actitudes del intelectual de América no pueden aparearse con las del intelectual de Europa. Este último ha vencido una cantidad de prejuicios adversos: vive, si quiere, en medios desconectados de toda realidad étnica o histórica. Ciertos gestos “estilo siglo XIX” la parecen ridículos porque ya no tienen razón de producirse. El dilema de una definición espiritual -que tanto nos angustia por estas latitudes- es menos apremiante y, por lo tanto, brinda oportunidades para una elección más segura. La gesta de vanguardia ofrece direcciones claras. Se puede hacer “poesía pura”, arte deshumanizado, música neoclásica, cuando los temas del terruño yacen casi exhaustos y la producción denuncia su nacionalidad con algo más que artificios de color local.

(Una generación de poetas neogongorinos, mi querido Aznar, se anticipa sin duda a una floración de rascacielos y chimeneas. Un gesto de cosmopolitismo se bosqueja en el artículo de La Gaceta Literaria.)

En nuestra América, en cambio, las cosas ocurren de muy distinta manera. Si lo observa usted, verá que hay un gran fondo de ideales románticos tras los más hirsutos alardes de la nueva literatura latinoamericana. Desde el río Grande hasta el Estrecho de Magallanes, es muy difícil que un artista joven piense seriamente en hacer arte puro o arte deshumanizado. El deseo de crear un arte autóctono sojuzga todas las voluntades. Hay maravillosas canteras vírgenes para el novelista; hay tipos que nadie ha plasmado literariamente; hay motivos musicales que se pentagraman por primera vez (recuerdo que Diego Rivera me decía que hasta el año 1921, nadie había pensado en pintar un maguey). Estas circunstancias son las que propician ciertos ideales románticos: nuestro artista se ve obligado a creer, poco o mucho, en la trascendencia de su obra. Ve algo más que un elevado juego en sus partos intelectuales. A veces sueña dejar sus huesos en algún Misolonghi andino. Y esto le induce a menudo a adoptar actitudes que en Europa resultarían completamente inverosímiles. El tipo del poeta cívico, por ejemplo, no tiene ya razón de ser en el Viejo Continente. Sin embargo, vemos revelarse como tal a nuestro Agustín Acosta, con su Zafra, y nos parece aquí completamente razonable. Algo análogo acontece con el “pintor revolucionario”.

Me dirá usted, mi querido Aznar, que lo que haya de revolucionario en la pintura de un Orozco, o de cívico en la poesía de un Acosta, es tal vez lo menos interesante de su contenido, ya que viene a ser una aplicación del arte a otra cosa. Pero esto demuestra que el fenómeno existe y se manifiesta en las obras de algunos de los más fuertes creadores de América.

De ahí surge la diferencia, pues esas son las características de la producción intelectual de países en que las virtudes de una nueva raza se revelan ahora con toda pujanza. Los españoles de La Gaceta Literaria son, en efecto -como lo decía Fernández de Castro-, los parientes que se quedaron en casa. Pero los que partieron a la aventura se adaptaron de tal modo a los nuevos medios de existencia que han variado de temperamento, de costumbres y de ideales. Ya cierta vida en común resulta difícil.

Por ello, mi querido Aznar, considero errónea la afirmación de que “es una necesidad urgente proponer y exaltar Madrid como meridiano intelectual de Hispanoamérica”.Hace treinta años, la proposición hubiera dado fruto. Hoy América tiende a alejarse cada vez más de Europa cuando concentra serenamente sus energías creadoras. Y lo grave es que España es la Europa que más se teme, porque su influencia, por razones de idiomas, es más avasalladora.

América tiene, pues, que buscar meridianos en sí misma, si es que quiere algún meridiano. Y más: teniendo en cuenta que las manifestaciones del espíritu latinoamericano son múltiples y los problemas planteados ante un intelectual mexicano y un argentino son tan diversos como los que pueden inquietar a este último comparados con los que se ofrecen a un intelectual español, resulta saludable, por ahora, una anulación de todo meridiano.

Somos y seremos siempre hermanos de los españoles. Como Fernández de Castro, me siento fraternalmente unido a hombres como Luis Araquistaín, como usted. Mas, por lo mismo que nuestras relaciones con los de la Península son exquisitamente afectuosas, resultan desacertados ciertos excesos de celo.

Considero de un lamentable mal gusto las boutades de la muchachada de Martín Fierro. Pero creo deplorable que se intente transformar un afecto fraternal en incesto.

Ya sabe usted, mi querido Aznar, cuánto lo admira y quiere.

Alejo Carpentier

P.S. La influencia de los escritores franceses en América alarma al autor del artículo de La Gaceta Literaria. Me parece que nunca, en América, se acudió a la literatura francesa más que para encontrar la solución a ciertos problemas de métier, que interesan a todos los que intentan traducir matices del espíritu nuevo. Y ya usted sabe que la literatura gala de ahora -más inquieta que medular- se afana en resolver esos problemas.