SALINAS Y EL BUSCADOR DE ORO EN UNA CRÓNICA DE ALEJO CARPENTIER

Por Yuri Rodríguez

El artículo “El recuerdo de Salinas”, que presentamos en nuestro sitio, es un ejemplo de la capacidad de asociación que caracteriza la obra de Alejo Carpentier. Con una organicidad encomiable el escritor vincula el momento del encuentro en el Orinoco, en 1948, con el minero griego que le sirvió de modelo para el personaje de Yannes (Los pasos perdidos, 1953) y la noticia del fallecimiento del poeta español Pedro Salinas.

 

Carpentier, en artículos y entrevistas, abordó la relación entre determinados prototipos humanos que conoció en sus andares por Venezuela y los personajes de esta novela suya. Así, el primer viaje que realizó en 1947 por la Gran Sabana y el Orinoco –en avión y con escalas a tierra– fue provechoso en encuentros para Los pasos perdidos. En esa ocasión, por ejemplo, conoció a Lucas Fernández Peña, fundador de tres ciudades en la Gran Sabana, a quien cristalizaría más tarde en el Adelantado, un significativo personaje de la narración.

 

Igualmente, en el viaje de 1947, mostró su interés por el minero, buscador de diamantes, un tipo humano propio de esta zona venezolana. En “El libro de la Gran Sabana” –cuaderno que escribió sobre este viaje y que nunca publicó–, Carpentier se refiere a las historias y leyendas de rivalidad, asalto y asesinato entre los buscadores de oro por la obtención del ansiado tesoro. A la codiciosa búsqueda del metal, Carpentier opone en este texto la actitud de hombres que encuentran en la región cotos espirituales inexistentes en el llamado mundo civilizado; propone entonces una reflexión de índole moral.

 

Por su parte, el encuentro que tuvo el escritor con el minero griego en su viaje por el Orinoco en 1948 le proporcionó un sugerente modelo –ni siquiera le cambió el nombre– para el personaje de Los pasos perdidos, como bien ilustra el artículo. A la par, la persistencia del minero por la lectura de la Odisea reavivó en la memoria del escritor las enriquecedoras conversaciones que años antes había sostenido con Pedro Salinas.

 

El artículo asimismo corrobora el entusiasmo de Carpentier por el ambiente literario y cultural del Madrid de la Generación del 27, con cuyos escritores y artistas mantuvo duraderas y entrañables relaciones. Así, de Pedro Salinas, como muestra de admiración perpetua, conservó en su biblioteca un ejemplar de La luz a ti debida, de 1933, año de la edición príncipe de este cuaderno. A María Teresa León y Rafael Alberti, exiliados en Argentina, les comenta en una carta sobre su recorrido por la Gran Sabana, al tiempo que, en un clima de franca camaradería los interroga sobre la posibilidad de la publicación de El reino de este mundo en el país austral. Con Jorge Bergamín presenció y escuchó un disco con el conjuro de un hechicero sherishana, traído por un explorador de la selva venezolana (“El libro de la Gran Sabana”, cap. XV). De esta experiencia probablemente tomó elementos para el pasaje de Los pasos perdidos, en que describe el rito mágico de un hechicero frente al cadáver de un indio (cap. XXIII).

 

Pletórica de sugerencias y con un alto grado de elaboración, el artículo “El recuerdo de Salinas” es un texto sugerente del inagotable Carpentier periodista.

 

EL RECUERDO DE SALINAS

ALEJO CARPENTIER

Con la muerte de Pedro Salinas se me hace más remoto, más irremediable-mente transcurrido, aquel Madrid de Cruz y raya y La Anfistora, del estreno de Yerma, del estudio de Rafael Alberti en el Paseo de Rosales –aquel Madrid que llegó a ser durante algunos años, gracias a una prodigiosa floración de talentos poéticos, plásticos, musicales, que redimían a España de un siglo xix muy inferior a los de Francia y Alemania, uno de los centros intelectuales más activos, vivientes y ricos, de Europa–. Rafael Alberti decía con razón, en aquellos días, que, por vez primera, la gente de otras ciudades del Viejo Continente parecía muerta en comparación con la de ese Madrid, que aún logra teatros llenos, en París, veinte años después, con centésimas representaciones de dramas de García Lorca. Un poco mayor que Alberti y Lorca, Pedro Salinas era una de las más altas figuras poéticas de ese Madrid, que supo darnos, en quince años, lo que a veces no cosecha un pueblo durante un siglo. Vísperas de gozo fue libro que amamos desde el primer momento. Y en cuanto a La voz a ti debida, sus poemas de amor cantaban, a poco de leídos, en todas las memorias –como en tiempos más humanos cantaban, en boca de las muchachas alemanas, las estrofas del Intermezzo de Enrique Heine–. Pedro Salinas fue una de las figuras representativas de una época única en las letras castellanas: única, porque creó un clima poético excepcional, debido a una milagrosa contemporaneidad de temperamentos que se completaban unos a otros, hallando en la convivencia –en la rivalidad, incluso– riqueza, alimento y estímulo.

 

Aunque el lugar pudiera parecer mal elegido, por su barroquismo telúrico, para pensar en uno de los poetas más refinados de la lírica castellana, debo confesar que mucho pensé en Salinas, hace tres años, remontando el Alto Orinoco. No asociaba su recuerdo, evidentemente, a un paisaje que le sería tal vez demasiado extraño, sino a la presencia, a mi lado, de un minero griego, buscador de oro, que atravesaba las inmensas selvas de América, se internaba en caños remotos, caminaba durante meses, sin más equipaje que una muda de ropa… y un ejemplar de La Odisea. Constantemente, en sus momentos de ocio, releía algún fragmento del Viaje de Ulises, o bien las páginas de la Invocación de los Muertos, del baño de Nausicaa, o la Muerte del Cíclope. Y esa relectura incansable del buscador de oro, quien comparaba ciertos cerros de la Gran Sabana con el Monte Olimpo, me recordaba una idea que Pedro Salinas exponía a veces en conversaciones de amigos (e ignoro, por cierto, si la escribió alguna vez). Según ella, era urgente constituir comités, en las grandes ciudades, a fin de descorazonar las vocaciones artísticas que no fueran realmente sólidas y profundas. El escritor debía ser sometido a pruebas de resistencia, de abnegación, de frugalidad, a “desalientos provocados”, en los que demostrara su tenacidad y su verdadero apego a la profesión, saliendo de cada trampa, de cada lucha, fortificado y con nuevos arrestos. Así, el número de libros publicados sería menor, pero se ganaría en trascendencia, en calidad, en novedad, lo que se perdería en cantidad y dispersión.

 

Y pasando de la teoría a la boutade, Pedro Salinas llegaba a afirmar que los lectores debían regresar al “Libro Único”. A ese Quijote, esa Biblia, ese Dante, Homero o Montaigne (o Joyce o Huxley: no importaba que el autor fuese contemporáneo) que nuestros abuelos releían cada día, sin hastiarse, hallando sustento y alegría en un contacto cotidiano con las fuentes del pensamiento que hubiesen elegido, según su temperamento o necesidades espirituales. Y el poeta se divertía mucho, trayendo a colación un recuerdo de infancia que yo le hubiera contado: el de un campesino cubano que había leído cincuenta y siete veces El conde de Monte Cristo… Ahora que el poeta nos ha dejado, pienso una vez más en el Buscador de Oro, cuyo conocimiento hubiera regocijado a Salinas, pues era una ilustración viviente de su idea, cuando releía por centésima vez el episodio de Scila y Caribdis en horas en que nuestra embarcación sorteaba, entre dos orillas de selva venezolana, los raudales del Torno y del Infierno…

 

El Nacional, 12 de diciembre de 1951

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