Recuento de moradas 9

Pasaba mis días sin crisis explorando, a caballo, unos caminos que, apenas separados de la carretera de Güines, se hundían en campiñas aisladas, cuyos hombres iban a los pueblos cercanos, a veces, mientras las mujeres permanecían años enteros sin ver más allá del batey de sus viviendas. Allí conocí la infinita tristeza del campesino cubano, triste en la melodía de sus cantos; triste, incluso, en sus fiestas, bodas, bautismos y guateques, aunque un asomo de baile, un contrapunteo de cantadores, una carcajada excesiva por harto reprimida, venga a pintar un mentido cuadro de holgorio.

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