Recuento de moradas 3

Llevaba unas cinco semanas en el colegio Mimó –colegio cubano regido por pedagogos catalanes –cuando mi abuelo Valdemar murió repentinamente en Bakú. Era viudo; dos hermanos de mi madre habían muerto de tuberculosis, años antes, en un sanatorio del Cáucaso. Quedaba un testamento que favorecía a mi madre pero que no se refería a embrollados negocios emprendidos con empresas petroleras en fechas recientes.

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