Recuento de moradas 17

Cuando han de suceder grandes cambios en nuestras vidas, algo cambia, antes, en la atmósfera
que nos envuelve. Lo inmediato cotidiano sigue semejante a sí mismo, nada varía en nuestras
costumbres, los tránsitos diarios son los mismos de siempre, pero una serie de pequeños
factores, a veces apenas perceptibles, empiezan a modificar el mecanismo de lo habitual. Mi
viaje a México había quebrantado un tanto la fe que hubiese puesto, anteriormente, en la
incuestionable cabalidad evolutiva del arte europeo en sus rumbos actuales. La pintura mural
mexicana, estrechamente vinculada a un proceso revolucionario, me resultaba de una
inquietante eficiencia –y más ahora que Diego Rivera, según acababa de saberlo, había sido
invitado a Rusia, por Lunacharsky, para pintar frescos en la Casa del Ejército Rojo. Mi ánimo,
ahora, vacilaba entre la Rue La Boétie y la calle de Mixalco.

Adjunto Tamaño
17.pdf                                75.33 KB