Recuento de moradas 16

El encarcelamiento se prolongaba. Cada lunes, éramos llamados a responder a las preguntas
ambiguas de un juez “instructor de la causa 52”, que veía en ella un magnífico medio de
ascenso y notoriedad. Amable, pulcro, enterado del particular talento de cada cual, suave y
conciliador en el lenguaje, fingía mirarnos como unos muchachos alborotosos, que pronto serían
liberados del encierro, mientras, después de escucharnos y de hablarnos con delicada cortesía,
mandaba informes al Palacio Presidencial acusándonos de estar complicados en un complot
encaminado a hacer descarrilar un ferrocarril (sic), en acción terrorista enteramente imaginaria.
Según él, habíamos conspirado contra la seguridad del estado, aspirando a suplantar el gobierno
constituido por una “dictadura bolchevique”. Al cabo de algunos días varios presos de nuestra
galera fueron trasladados a la prisión militar de La Cabaña, donde habrían de recibir –según se
decía en comunicación del alcaide– “mejor trato, mejor alimento, mejores condiciones de
reclusión”. Lo cierto es que, en un consejo tenido en nuestra galera donde había partidarios del
traslado, me opuse a ello con una violencia tal que, enfrentándome con un preso peruano, le
asesté varios golpes. Cargándome en peso, me arrojó contra uno de los pilares centrales de la
galera.

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