Presencia de Pablo Neruda

Este año se cumplen cinco décadas de que se le otorgara a Pablo Neruda el Premio Nobel de Literatura. A propósito de la fecha, compartimos el siguiente artículo en el cual Alejo Carpentier alude al poeta.

Pablo Neruda. / Foto: Tomada de internet

Hace unos veinte años, cuando residía en Venezuela, a veces pasaba unas cortas vacaciones con mi esposa y algunos amigos no lejos de una aldea de pescadores, en un sitio salvaje llamado Turiamo, donde una maravillosa playa se extendía por varios kilómetros a lo largo del Mar Caribe. No había –es preciso decirlo– ni hotel, ni posada, ni tan siquiera un modesto café. Dormíamos al aire libre en hamacas suspendidas de los árboles sin otra protección, cuando llovía, que unos hules para cubrirnos. Me gustaba Turiamo, porque allí se estaba lejos de todo. Para llegar había que atravesar la selva virgen durante largas horas en un jeep por un camino siempre desierto abierto en medio de la vegetación con gran esfuerzo y con un objetivo cuya utilidad sigue siendo para mí un misterio.

Todos los habitantes de la aldea eran negros; no había escuela y casi nadie sabía leer. Se vivía al día, de la pesca y de algunos pobres cultivos… Muy pronto me hice de algunos amigos en ese lugar. Fue entonces cuando oí hablar del Poeta. El Poeta. Un Poeta. Es decir, un personaje extraordinario, amado, respetado, cuya función –su razón de ser– estaba investida de una suerte de sacralidad. Quise conocer al Poeta. Pero resultaba muy difícil. El Poeta estaba ausente. Se creía que se hallaba en algún lugar, allá arriba, en la montaña, ejerciendo su oficio de Poeta: es decir, trayendo la poesía a los hombres –a los leñadores– de la que se veían privados desde hacía mucho tiempo. En esa ocasión parecía que el Poeta se hacía esperar demasiado. Hacía más de dos meses que se había marchado de Turiamo. La aldea había quedado sin poesía. Las veladas se hacían largas. Se esperaba con impaciencia el regreso del poeta.

Por fin llegó el Poeta. Sus alpargatas estaban gastadas por los duros senderos de la sierra. Traía noticias de las gentes de las que se había oído hablar y que vivían lejos, muy lejos, más allá de la selva virgen, pero alejadas de las poblaciones en las que se reciben los diarios de Caracas y donde se conoce el uso de las lámparas eléctricas. Era un negro esculpido como un coloso, cubierto con un enorme sombrero de paja. No sabía leer ni escribir. Le pregunté si me sería posible conocer su Poesía. –“Sí, si lo desea; esta noche a la orilla del mar”… Y por la noche todos los pescadores de la aldea, con sus esposas e hijos, estaban sentados en círculo en la playa en espera del Poeta. Llegó. Apagó su tabaco. Se quitó el sombrero con gesto casi ritual. Y, de frente al océano, con una voz profunda, medida, un poco monótona, más salmista que bardo, nos contó, en versos de su composición, generalmente octosílabos, la maravillosa historia de la Ruina de Troya y la no menos maravillosa historia de Carlomagno y sus héroes –versión bastante exacta en la sucesión de los hechos y el desempeño de los personajes del Cantar de Roldán

Esa noche, comprendí como nunca que había en esa América, mal llamada “latina”, en la que un negro analfabeto, descendiente lejano de los yorubas o de los bantúes, es capaz de rehacer “El cantar de Roldán”, en una lengua que, aunque española, estaba enriquecida –¡y cuánto!– con inflexiones de acentos, de palabras, de expresiones, de una sintaxis que no eran ya del español –en este continente donde existía una maravillosa poesía (la poesía náhuatl) mucho antes del nacimiento de Cristóbal Colón, e incluso del rey Alfonso el Sabio, e incluso de la redacción de las Etimologías de san Isidoro de Sevilla, que había en el presente, una cultura, un modo de cultura, una actividad cultural, que concedían a la Poesía un lugar, una importancia que ha perdido desde hace mucho en buena parte de los países de Europa, Francia incluida.

Pues es difícil imaginar que fuera posible ver en la actualidad en las calles de París, de Londres, de Roma –incluso de Madrid– a los “vendedores de poesía”, como se ven en Caracas, por ejemplo, ofreciendo a precios muy baratos, pequeñas antologías de poemas de Rubén Darío, César Vallejo, García Lorca, Nicolás Guillén, Pablo Neruda, de la misma forma en que se pudieran ver vendedores de pájaros, de flores, de pasteles o de naranjas.

En algunos países de América que llamamos “nuestra” –como quería José Martí– a sabiendas de lo que queremos decir, la Poesía es una necesidad. El oficio de “vendedor de poesía” forma parte de los pequeños oficios de las ciudades –como los de tapicero, vidriero, amolador, vendedor de imágenes religiosas cuyo aspecto muy católico disimula muy a menudo la presencia de poderosos “orishas” de África, debidamente sincretizados. Y por esa misma causa, el Poeta es, en la Ciudad, un personaje infinitamente respetado, solicitado, que goza de una alta consideración –cuando no es blanco del odio de un dictador, de un cierto general Pinochet, que en realidad temen al Poeta, pues saben cuán amplia es su audiencia. Y esto no es algo de hoy.

Rubén Darío en sus “Memorias” nos cuenta como, todavía adolescente, pequeño poeta-prodigio, fue recibido como un gran señor por algunos tiranuelos de América Central. Santos Chocano, escritor de talento, pero desprovisto de todo sentido moral, pudo explotar ampliamente, en dinero contante y sonante, el culto que rendía al dictador guatemalteco Estrada Cabrera –hombre que, por otra parte, no respetaba a nadie. Felizmente, estos casos aislados de la poesía con fines inconfesables han sido muy escasos en nuestra América. El Poeta, entre nosotros, ha sido casi siempre un hombre resueltamente comprometido –y mucho más en este siglo. Si muchos poetas del pasado, como el gran romántico cubano Heredia,[1] como José Martí, auténtico precursor de la Revolución cubana, sufrieron, debido a su actividad, el exilio, la persecución, las brutalidades policiacas, la prisión, nuestra época ha visto acrecentarse la conciencia del compromiso de los poetas por el hecho mismo de que se sabían escuchados, seguidos, comprendidos, por un pueblo que sabía de memoria sus poemas. Pues, lo que me había hecho comprender el bardo de Turiamo se reproducía bajo otras formas en las ciudades.

Todo mexicano de hoy puede recitar la “Suave Patria” de Ramón López Velarde (1888-1921), suerte de poema nacional de una expresión que está ausente, por la fuerza y el estilo, de toda la banalidad, de toda la retórica de un género que con frecuencia corre el riesgo de caer en la declamación vacía. Todo cubano podrá citarnos toda una docena de poemas de Nicolás Guillén, cuyo 70º aniversario fue celebrado en La Habana este año en una atmósfera de alborozo colectivo. (Sus mejores poemas han sido musicalizados desde 1930, fecha de publicación de su primer libro, por compositores populares).

La difusión de la maravillosa poesía de César Vallejo –¿saben ustedes que fue amigo íntimo de Edgar Varèse y que amaba apasionadamente su música?– difícil, decían, al principio, pero muy pronto comprendida por un gran público, para esta fecha es ya inmensa (diría más; es el poeta-tipo, que ni tan siquiera se discute; un clásico en el más amplio sentido del término). E igualmente Pablo Neruda, que es sin dudas el más universal, el más vasto, el más dueño de sus recursos, de entre los poetas sudamericanos de esta época.

–“Hay en ti una cierta semejanza con Víctor Hugo” –le decía en una ocasión en que mientras paseábamos por Valparaíso, estábamos de muy buen humor.

–“Tanto mejor” –me respondió. “Es lo que me permite hacer grandes poemas y me excusa, a veces, por hacer otros muy malos. Pero, mira, el “buen gusto” no es un asunto que competa a nuestro continente. El mundo, tal y como existe, con el cielo y el océano solo tiene que crear algunas nociones de “buen gusto” y “mal gusto”. Entre nosotros existen ante todo las Montañas, los Ríos, las Rocas, las Piedras-que-hablan, los Árboles-que no se parecen a nadie, el Amor, los Hombres –y mil pequeñas cosas que nos rodean, que nos ayudan a vivir, que son de nuestra región, pero que todavía no tienen nombre. Nosotros tenemos que mostrarlas. Definirlas… Tenemos que situar toda una cosmogonía con la Osa Mayor, la Cruz del Sur y todo el resto.

* *  *

Hablé del compromiso ideológico, político, de nuestros poetas. (Algunos, como el cubano Rubén Martínez Villena, se permitieron el lujo supremo de desafiar, de combatir, de derrocar, con ayuda de todo un pueblo, una terrible tiranía, en este caso, la de Machado (1933). Pero ese compromiso no es el único. Hay un compromiso con las cosas, con los Árboles, con el Río, como las Montañas, que aún no han sido nombradas. Como hacía Adán en el admirable dibujo de William Blake, es preciso darle un nombre a todo aquello que se mueve, que reluce, que yace, que grita, que gime, que se acopla, en esa América que todavía–en lo que respecta a su revelación a través de las palabras– se encuentra, en muy vastas comarcas, en el Cuarto Día de la Creación. Y además, están las ciclópeas ruinas de Machu-Picchu, la Puerta del Sol de Tiahuanaco, la Acrópolis de Monte Albán, la Calzada de los Gigantes, las Enormes Cabezas, las Pirámides, las Serpientes Emplumadas, los Señores del Maíz y de la Lluvia, los Perros-con-la-boca-abierta y los que llevaban un diamante entre los ojos (“Perrillos Carbunclos”[2]) de Colombia, de Teotihuacán, de Tikal –y las doce series de un sistema perfectamente establecido (Schönberg en piedra tallada) del increíble templo de Mitla…

Neruda comprendió todo esto, lo vio, lo fijó. Vive en su obra. Por lo tanto estaba doblemente comprometido: en lo que respecta a una línea política inmutable (hombre tallado de una sola pieza, como es debido, ignoraba, aunque se equivocara en algún detalle, ciertas mutaciones, ciertas “chinerías” que no comprometen a nada); en lo que respecta a su mundo, que amaba y quería mostrar, dar a conocer, y hacer sentir al resto del mundo.

* * *

Compromiso, ahora, con el lenguaje. Pues –y los poetas de Europa ignoran, hasta cierto punto, este problema– hemos nacido en más de veinte países y numerosas islas en las que se habla español: los puristas dicen el castellano, como si en Cataluña, en Santiago de Compostela, en Euskadi, en Sevilla, en Mallorca, e incluso en Madrid, se hablara castellano. Una nueva lengua se está creando, está madurando, tomando forma, en un continente que, “descubierto” por los españoles, ha conservado expresiones del siglo xvi, olvidadas en España, de uso cotidiano en América, que los “castellanos” ya no reconocen, y las califican de “americanismos”, con cierto desdén cuando llegan hoy a nuestras tierras, si bien pudieran encontrar esas palabras que les resultan tan curiosas –para no decir exóticas, pintorescas, bárbaras– en Cervantes y sobre todo en Lope de Vega. Pero esto no es todo. Nuestro continente “latino” rebosa de indios que estaban allí antes de la llegada de los españoles, y de negros que los españoles trajeron de África en contra de su voluntad. Y toda esta gente ha hablado español –un español que se les enseñó a la fuerza– durante siglos. Era inevitable que aportaran su acento, sus inflexiones, sus sintaxis, su manera de concebir la función de la palabra en modos de expresión que no eran siempre el de los Conquistadores. Y de ahí nos vino un español infinitamente más rico, más flexible, más libre que el de España –un español nutrido por una picaresca que ya había roto el marco de toda retórica en su lugar de origen y que más tarde se desplegaría de manera soberana en la obra poética de un Pablo Neruda. Pues su lenguaje, sin renegar de sus orígenes, es un lenguaje diferente. Moldeado en la masa original del castellano, muy controlado, incluso cuando quiere utilizar la métrica tradicional de las grandes obras clásicas (¡y cuánto amaba a Quevedo, y al incomparable Garcilaso!), Neruda habla, en términos poéticos, con una libertad, un frescor sintáctico, un virtuosismo en el recurso, la elipse, el encadenamiento imprevisto, el encabalgamiento que nunca rompe con el ritmo general de la estrofa, ni con la respiración misma, ni la pulsión del verso –absolutamente sorprendentes. Su lengua es la lengua del Nuevo Mundo. Una lengua propia, que, sin utilizar expresiones pintorescas o folclóricas, es inteligible para todos los que son capaces de emocionarse con las grandes realidades de un mundo –“ese otro mundo”, decía Montaigne, “que solo se iluminará cuando el nuestro se retire” (Libro III, capítulo VI).

Tercer compromiso, pues. Un peligro para el castellano que el gran Juan Ramón Jiménez, incapaz de admitirlo –y su verdadero papel era justamente el de no admitirlo– denunciaba, veía como un mal ejemplo, escandalizado además por su lado desmesurado, telúrico, muy sudamericano por eso mismo, como una poesía cuyos atractivos, demasiado peligrosos, era preciso evitar… Desgraciadamente para el magnífico poeta español, el atractivo, el sortilegio Neruda, funciona y seguirá funcionando. Todo un continente ha lamentado recientemente la muerte del Poeta, de su Poeta, que fue también un Hombre –“nada menos que todo un hombre”, hubiera dicho don Miguel de Unamuno.

*   * *

Fue Rafael Alberti quien, en 1930, me reveló el genio de Pablo Neruda: “En Java, donde es cónsul de su país, hay un poeta absolutamente extraordinario. No se le conoce en Europa. Sería bueno que lo publicaran aquí.” Como entonces yo dirigía en París una pequeña empresa de ediciones de libros en español –condenada a un pronto fracaso por la quiebra de un patrocinador cuya fortuna había zozobrado durante la gran crisis económica de la época– escribí a Java para obtener un manuscrito de Neruda. Por correo me envió nada menos que Residencia en la tierra –acaso su obra de base. Maravillado por la revelación de semejante universo poético y ante la imposibilidad de editarlo yo, le envié el texto a José Bergamín, que rápidamente lo publicó en Madrid, en las ediciones de su revista Cruz y raya… A partir de ese momento Pablo Neruda fue célebre. Y su lenguaje, la riqueza de su inspiración el “bullicio triunfante” de algunos de sus poemas, no fueron del todo del gusto de Juan Ramón Jiménez. Alberti, García Lorca y muchos otros le otorgaron de entrada su admiración. Su compromiso, sin equívocos ni debilidades, al lado de la República Española, durante la guerra civil, hicieron el resto. Todos conocemos los admirables poemas de esta época…

En 1937, durante el asedio de Madrid, visité con Neruda su apartamento del Paseo de Rosales –uno de los puntos neurálgicos de la batalla que se libraba continuamente en la Moncloa –ocupada entonces por los soldados republicanos, donde habían instalado sus ametralladoras. Nos sorprendió el orden que reinaba en las habitaciones. Ni un solo mueble se había cambiado de lugar, ni una sola cortina se había desgarrado. Todos los libros del poeta se alineaban en los estantes de la biblioteca… Solo un volumen se había deteriorado: una gran edición de lujo de Góngora, en la que se había incrustado una bala de gran calibre… “Después de García Lorca, Góngora” –murmuró el poeta…

Los años pasan. Vuelvo a ver a Neruda en su casa de Santiago. Era tan conocido, tan admirado, tan querido por los suyos, que bastaba decirle a cualquier chofer de taxi: “A casa de don Pablito”, y de inmediato se ponía en marcha sin dar dirección alguna. Los años pasaron. Luego fue la entrada en escena de los Generales. Ya tenían a su haber 227 golpes de estado en el continente, desde la batalla de Ayacucho, que marcó el fin de la dominación española en América. Precisaban del golpe de estado número 228. Y lo lograron. Entonces comenzaron las Grandes Obras de Pinochet & Cia.[3] Obras demasiado conocidas, lamentablemente, por las imágenes de la televisión, del cine, de los diarios ilustrados. El asesinato del presidente Allende, las masacres en el Estadio Sangriento, las persecuciones, las torturas, el Mercurio transformado en Órgano Oficial de la Delación y de la Intriga, etc., etc. Pero también la quema de libros –si bien con un retraso de 40 años con respecto a Hitler– y, desde los primeros momentos, el saqueo de la Casa del Poeta. Del Poeta. Hombre peligroso, entre todos, por ser un hombre comprometido, un hombre cuya voz era la de millones de hombres, hombre cuyo lenguaje era el de todo un continente… Sabemos que Pablo Neruda murió de una enfermedad que, es cierto, no tenía cura. Pero también sabemos que esa muerte fue precipitada por el derrumbe de sus más nobles esperanzas. Hablamos mucho en Santiago, en Valparaíso, en la Isla Negra, No creía que lo que hemos visto hubiera sido posible en su país. Chile tenía una tradición democrática sin paralelo en América. Las cosas ocurrieron de otra manera… En fin, aparecieron los Generales, los de todas partes, los de siempre. Habían acumulado 227 golpes de estado en su historia. Les hacía falta uno más. Lo tuvieron.

Pero lo que nunca tendrán es esa multitud valiente, heroica, sublime, que hemos visto en la televisión, acompañando hasta el cementerio el ataúd de su Poeta, bajo la amenaza de las ametralladoras, un una especie de discanto, de antífona grandiosa y lúgubre, que ya ha caído como una suerte de maldición sobre una de las páginas más abyectas de la historia de un continente. La voz del Poeta está ahí. Aumenta, crece, se agranda cada día. Está presente. Vive. Y esto, en un mundo en el que los hombres saben y sabrán siempre escuchar la voz de un poeta… Esa voz la escuchamos en la televisión francesa, cuando alguien, al borde de una tumba gritaba:

–¡Pablo Neruda!

Y todos respondían, desafiando los fusiles, los sables, los cascos, las granadas, las matracas, como los admirables campesinos de la Fuenteovejuna de Lope de Vega:

–¡Presentes!

Y presentes están, y presentes estarán siempre, cuanto sea necesario.

Europa, revista literaria mensual

París

Enero-febrero de 1974.  


[1] (1803-1839). No se trata evidentemente del autor de los Trofeos (1842-1905), nacido en Cuba pero de expresión francesa. [nota de A. C.].

[2] En español en el original.

[3] Cia no es aquí, que nadie se llame a engaño, sino la abreviatura de la palabra “Compañía” en español. [nota de A. C.]

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