Carpentier: la Guerra Civil española en la mirilla

En 1938, en momentos en que los avances y retrocesos de la Guerra Civil española acaparaban la atención mundial, Alejo Carpentier publicó “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!” en la revista cubana Mediodía, artículo que a continuación presentamos en nuestro sitio.

En “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, Carpentier analiza el medio sociocultural en que se desarrollaba ese conflicto bélico, exalta los genuinos valores del pueblo español, confiesa el profundo conocimiento que ostentaba acerca de la patria de Cervantes y corrobora una vez más su postura antifascista.

En los años treinta, Carpentier reflexionó críticamente sobre del ascenso y los efectos del fascismo. Así, en sus artículos periodísticos, por ejemplo, reflejó el ambiente político social que imperaba en Berlín en época del nacimiento del nazismo al tiempo que expuso el papel que desempeñaron las organizaciones políticas que operaban ocultas contra la policía del Tercer Reich, ilustró las circunstancias de la invasión de Mussolini a Egipto como una grave acción imperialista y comentó las acciones del pueblo español por salvaguardar el legado cultural y artístico del país de la devastación que ocasionaba la guerra.

En esa meditación sobre el fascismo fue decisivo su viaje a España, en plena contienda civil, en julio de 1937, como delegado al II Congreso Internacional por la Defensa de la Cultura que tuvo lugar en Valencia, Barcelona, Madrid y París. Experiencia trascendental para los participantes, el Congreso constituyó un punto de encuentro de la intelectualidad progresista del mundo en solidaridad con la causa republicana. La delegación latinoamericana contó con la presencia de Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz, Carlos Pellicer, entre otros; mientras, completaba la participación cubana, además de Carpentier, Juan Marinello, Nicolás Guillén, Félix Pita Rodríguez y Leonardo Sánchez Fernández.

Juan Marinello dejó constancia en las cartas que escribió a su esposa del impacto que le provocó el territorio español. Conmovido, desplegó una laboriosidad incesante para dar a conocer la realidad de la guerra. Así, entrevistó a personalidades republicanas, publicó su cuaderno de ensayos Momento español, escribió artículos e inauguró una exposición de pintura mexicana en España. Igual brío mostraron el resto de los cubanos. Nicolás Guillén publicó el cuaderno España. Cuatro angustias y una esperanza. Félix Pita Rodríguez tuvo a su cargo la edición del boletín Nuestra España y de regreso a París se convirtió también en editor de La Voz de Madrid en la capital francesa.

Por su parte, el autor de La consagración de la primavera publicó “España bajo las bombas”, en la revista habanera Carteles, una serie periodística que representó “una contribución sustancial como testimonio antifascista y como elaboración periodística”1. En estos artículos, como aclara Carpentier en su introducción, destaca lugares y gentes, privilegia también emociones y sentimientos, una perspectiva que utiliza para transmitir a los lectores, con mayor eficacia, la situación que atravesaba el pueblo español. Divulgó así la dinámica entre la vida y la muerte en que transcurrían las jornadas en el país ibérico, e igualmente señaló la actitud de resistencia de sus pobladores como un modo particular de asumir la existencia. También, Carpentier medita sobre la inutilidad de los bombardeos como método para doblegar a la población civil, una reflexión moral que se relaciona con el comportamiento de la sicología colectiva. Pletórica en sugerencias, “España bajo las bombas” constituyó un vívido alegato sobre los efectos de la guerra en la población, cuya lectura conmueve aún en la actualidad.

Distinta fue la estrategia comunicativa adoptada por Carpentier en el artículo “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, texto en que se empeña en analizar la existencia histórica de dos Españas opuestas: de un lado, una España creadora, genuinamente encarnada por el pueblo y la intelectualidad y, del otro, una España representada por las clases altas, sectores que apoyaron a Francisco Franco, con una postura reaccionaria.

Igualmente, el novelista anota, como característica de la sociedad española, la común indiferencia de los estratos pudientes por el arte y la cultura, y la vida modesta que llevaban los intelectuales y científicos. Además, no deja pasar por alto, tomando como ejemplo lo acontecido en el estreno de Yerma, de Federico García Lorca, representación teatral en la que estuvo presente, las posiciones conservadoras y reaccionarias que se oponían a los aires renovadores de la generación del 27. Este comentario del autor de Los pasos perdidos contiene una implícita valoración sobre esta generación de creadores que integró lo culto y lo popular, la tradición y la vanguardia, lo local y lo universal con intención de revitalizar las tradiciones culturales con un sentido moderno.

Varias son las virtudes que puede encontrar el lector en “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, un texto que no ha sido incluido, tradicionalmente, en las antologías de trabajos periodísticos de Carpentier, incluso aquellas que recogen sus artículos sobre España, sus hombres, su arte, su cultura. Así, aparece en este texto una perspectiva, digna de señalar, que privilegia el nexo existente entre ideología y valores artísticos, entre postura política y cultura y que constituye una piedra angular del análisis. También, en el artículo, el novelista cubano menciona algunos aspectos autobiográficos no abordados por él en otros documentos o textos, como resulta la alusión a las prolongadas temporadas que pasó en distintas ciudades españolas de provincias, experiencias de las que se nutrió de impresiones y vivencias que fundamentaron su cabal conocimiento del país ibérico. Igualmente, es encomiable la orgánica manera en que Carpentier, con un fin ilustrativo, simbólico o de otra naturaleza, incorpora anécdotas y comentarios al artículo, como se puede comprobar con el relato de su amigo, el compositor mexicano Tata Nacho.

A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación inicial, la lectura de “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!” continúa siendo disfrutable y productiva pues, además de su marcada huella antifascista, nos ofrece una reflexión personal sobre algunas particularidades de la identidad cultural española, un tema en la obra carpenteriana que merece atención.

1 Cancio, Wilfredo: Crónicas de la impaciencia, Editorial Colibrí, Madrid, España, p.168.

 

¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!

Por Alejo Carpentier

Al lanzar este grito inolvidable, Millán Astray hizo más que acuñar un slogan que define todos los fascismos del mundo; halló, en pocas palabras, una fórmula que sitúa el espíritu de la España ficticia que le ha dado sus galones y que, puesta por Franco en Casa de Empeños extranjera, se está entregando vergonzosamente ―¿es esto el honor de sus dirigentes?― a los apetitos de conquista de Hitler y Mussolini.

Ya se ha dicho ―resulta lugar común el repetirlo― que existían dos Españas en presencia: una grande, creadora, auténtica; y otra, que solo representaba los intereses mezquinos de castas y hombres apoyados en la ambición personal de generales traidores. Pero lo que no se ha dicho bastante es que estas dos Españas estaban en conflicto moral mucho antes de los comienzos de la guerra. Se sentía dolorosamente el contraste existente entre una España buena, múltiple, sojuzgada, con las alas cortadas de antemano, y una España de Medioevo presente, representante de todas las potencias de reacción y atraso que mantenían el país en categoría inferiorísima, dentro del concierto de las naciones europeas. Quien admira apasionadamente a España, como la admiro desde el instante en que me fue revelada; quien haya pasado, como yo, temporadas enteras en ciudades de provincias de las que el turista visita habitualmente en un día; quien haya convivido realmente con el pueblo español, con su admirable clase media, con su pequeña burguesía, llega a la conclusión imperiosa de que todo lo que está con Franco, todo lo que tenga siquiera la mayor indulgencia para él, constituye y ha constituido siempre la vergüenza de España. Y tengo hoy cierta satisfacción en poder afirmar, ante mi conciencia, que siempre he aborrecido las castas y hombres que apoyan actualmente a los insurrectos: desde los falsos intelectuales del tipo Eugenio Montes hasta los infectos señoritos andaluces adictos al “Queipo-hoy-tomé-Jerez” de Radio Sevilla, pasando por el Arzobispo de Burgos, las familias de caciques enlutados, una nobleza estólida, y los autores de novelitas pornográficas que deshonraron las letras españolas durante tantos años.

No por mera casualidad los españoles lucidos de nuestro siglo criticaron acerbamente una falsa España ―“país real”, diría el viejo imbécil de Maurras― que pretendía regir los destinos de la nación. No por mera casualidad Valle Inclán, en Tirano Banderas, hacía representar dicho país por un abarrotero y un baroncito embajador y pederasta… Viviendo en Burgos, en Cuenca, en Segovia, en Andalucía, he comprendido muchas veces la razón de esta actitud polémica de españoles, profundamente españoles, ante las lacras de su propio país. Y recuerdo ahora el tono de infinita amargura con que Unamuno, desterrado en Hendaya, me decía cierta vez, mirando melancólicamente el puente fronterizo:

―¡Aquí me tiene usted…! ¡De ujier de España!...

Hay países de Europa en que las castas de grandes burgueses disimulan sus vicios esenciales adquiriendo lo único que no se compra con dinero: la cultura. Llenan sus moradas de cuadros valiosos, financian conciertos, adquieren manuscritos de partituras, establecen una suerte de mecenato que crea fachadas, contribuyendo a mantener talentos que, si son reales, trabajarán más tarde para las masas. Buscan en ello una excusa de ser lo que son… En España nada semejante se ha visto jamás (¡salvo tan escasas excepciones!). Si bien ciertos palacios, ciertas residencias, conservan tesoros de arte, esos tesoros habían llegado allí por herencia y eran conservados por vanidad o por la conciencia de su valor monetario (buena prueba de ello se encuentra en el número fantástico de cuadros y manuscritos inestimables guardados estérilmente por familias nobles, en las cajas del Banco de España, y sacados a la luz después de años y años de olvido, por los milicianos de la República). El arte no ha constituido nunca una necesidad para estas gentes. En el año 1936 no existía una sola galería de pintura moderna en Madrid. Picasso, glorioso y admirado bajo todos los cielos, era ignorado o vilipendiado, en su propia tierra, por todos aquellos que hubiesen podido adquirir sus cuadros. Manuel de Falla había tenido que hacerse consagrar en Londres y París. A los conciertos dados por Stravinsky en el Capitol solo asistían pequeños empleados, estudiantes, intelectuales. Los escritores españoles eran los más mal pagados del mundo entero. Las glorias de la ciencia de la investigación, de la filosofía –y todos aquellos que asumían las responsabilidades del pensamiento español ante el mundo– llevaban una vida increíblemente modesta, si la comparamos con la que llevaban sus colegas de otros países… ¿Y esto por qué? Porque se vivía en una era en que el intelectual tenía que contar con los medios del poderoso para manifestarse y subsistir –el pueblo, el hombre de clase media, estando demasiado explotados para poder prestarle ayuda–. Pero el poderoso sólo leía novelas de Pedro Mata, el Caballero Audaz y Felipe Trigo, mostraba sus calcetines de seda en las terrazas de sus casinos, hablaba de religión y tradición, soñaba con honores de Corte y, mientras recibía sueldos fabulosos por figurar de consejero en compañías diversas, reducía a sus campesinos a un estado de miseria increíble, obligándoles a trabajar de “sol a sol” en sus propiedades, o a comer bellotas como los cerdos.

¡No! El terrateniente andaluz, el Duque de Alba, los dueños de minas de Asturias, el Consejero de Sociedades Madrileñas, businessman catalán, el propietario de pinares en Cuenca, el alumno de los jesuitas en Bilbao, no representaban España. Como tampoco fueron “verdadera España” los Weyler y los Primo de Rivera. Por creerlos más importantes de lo que eran en realidad, tuvimos en otros tiempos tantos prejuicios contra España, nosotros, latinoamericanos. Pero en aquellos tiempos nos hubiera bastado realizar un viaje rápido por la Península para comprender nuestro error. Viendo esos pueblos terribles de Castilla, en que una aglomeración de viviendas míseras, inhabitables, aparece dominada por la confortable y lujosa residencia del cacique local; viendo vivir y oyendo hablar a los niños bien de Madrid, a los señoritos de Andalucía, a las “damas caritativas” de fiestas benéficas, a los elegantes de San Sebastián, a los lectores de Luca de Tena, y fotografiados en Blanco y Negro, marqueses de tertulia y sostén de juergas escandalosas (como cierta corridas de becerros, matados a tiro limpios por jovencitos borrachos, que podría contaros mi amigo Tata Nacho); viendo vivir y oyendo hablar a los acaparadores de trigos burgaleses, a todos los elementos de esas castas bendecidas y reaccionarias, con mujeres enclaustradas y escapulariadas e hijos falangistas hubiéramos comprendido que solo unos poquísimos españoles ―por suerte inmensa― merecían el título de “gachupines”.

¡Ahí estaba el pueblo! Ese pueblo noble de corazón y de lenguaje que, como tan certeramente observaba Malraux, “nunca pierde el estilo”. Ese pueblo sufrido, explotado, mal alimentado, conservado en la ignorancia más absoluta, y que sin embargo ha creado todo lo que nos hace admirar a España: su música, su plástica, su arquitectura, su hidalguía moral.

¡Ahí estaba su clase media! Clase media mal pagada, conociendo eternas angustias de fin de mes, trabajando por doscientas pesetas hasta la muerte; clase media que consideró siempre la carne de res como un lujo suntuario (puedo decirlo, habiendo vivido en una familia de empleados españoles), y que, sin embargo, redimía a España de la incultura de sus clases pudientes. Porque si en España se daban conferencias, se vendían libros, se ofrecían exposiciones y conciertos, ello se debía a la existencia de un público constituido por elementos de esa clase media, a los que se sumaban, obreros, estudiantes e intelectuales. ¡Ese público, para quien el gasto de una peseta o dos constituía un serio sacrificio, no vacilaba en llenar salas de concierto, asistir a estrenos de García Lorca y a exposiciones de pintores nuevos!

Ya dos años antes de la Guerra Civil yo había tenido ocasión de observar la irritación creciente de los reaccionarios españoles contra la inteligencia. La noche en que un público modesto y ferviente había llenado el teatro en el que se estrenaba Yerma del inolvidable Federico, unos cuantos señoritos lacayos de Gil Robles, se permitieron organizar un “pateo”... que se terminó, por suerte, con un pateo en sus asentaderas. Tales elementos aborrecían por definición todo lo que representaba la inteligencia: esos Alberti, Lorca, Bergamín, Cernuda, Altolaguirre, Miguel Hernández, Emilio Prados, y tantos otros, que escapaban irremisiblemente a su control, para consagrarse por entero a la defensa de la tradición más profunda y telúrica de España: la de su pueblo admirable y creador. Ese pueblo que ya clama por sus derechos en el teatro de Lope y Calderón y que en todos los tiempos ha dado a la nación su verdadera razón de ser. Ese pueblo sediento de cultura, siempre amordazado por señores feudales, condotieros de la banca, sacerdotes indignos y generales de entorchados. Ese pueblo que supo aprender a leer y a pensar, cuando moros con escapularios embestían las barricadas de Madrid en nombre de una “guerra santa” promovida por traidores que se calificaban de “nacionales” después de haber vendido su patria a potencias extranjeras llenas de desprecio por todo lo español.

Cuando el pueblo se alzó en masa para defender su independencia, los elementos que constituían la vergüenza de España se saciaron de sangre inteligente. Matando a Federico, a Juan Piqueras, a tantos otros, se vengaron de su propia incultura. Era la revancha de los instintos más bajos sobre las prerrogativas del espíritu. Y aunque Unamuno hubiese tenido la debilidad de equivocarse, su mera presencia en territorio “nacionalista” les resultaba una afrenta. En los ojos del anciano, se leían demasiadas censuras, demasiadas acusaciones… El “¡Abajo la inteligencia!, ¡viva la muerte!” de Millán Astray es un grito de rabia que simboliza toda la impotencia babeante de una casta que se sabe incapaz ―¡pase lo que pase!― de sojuzgar a España. Esa casta sabe que toda la nación, en su pueblo, en su inteligencia, está con la República. Y que esa nación no le pertenecerá nunca, porque todas las masas están erguidas contra sus ambiciones indignas. Por ellos, los capronis, los junkers, representantes de estados en que se queman libros en las plazas públicas, mandados por hombres que “echan la mano a la pistola cuando oyen pronunciar la palabra intelectual” (sic), se encarnizan sobre ciudades abiertas matando incansablemente mujeres y niños.

Son mujeres y niños de esa España auténtica, creadora y profunda, que cree en la inteligencia, que en dos años de guerra han honrado las artes y las letras como nunca supiera hacerlo el señorito pudiente en años anteriores; mujeres y niños de esa España que ha publicado millares de libros bajo los bombardeos insurgentes y que han enseñado a leer a sus milicianos en las trincheras llenas de lodo y nieve.

Y los falsos españoles, entregados indignamente a potencias extranjeras, apegadas a bienes mal adquiridos a expensas de la ignorancia de los obreros y campesinos, saben que al fin y al cabo, de una manera o de otra, sucumbirán ante esas masas de hombres que supieron adquirir, al precio de su sangre ibérica, conciencia de hombres.

París, julio de 1938.

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