CENTENARIO DE AUGUSTO ROA BASTOS

Las novelas de dictadores, a medio siglo de su auge

Por Elvio E. Gandolfo

La reedición de Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos, permite iluminar en perspectiva un género que marcó la literatura latinoamericana.

En 1967, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, dos integrantes centrales del llamado boom de las letras latinoamericanas, propusieron a otros varios autores participar en un libro sobre "Los padres de la patria". La idea era escribir alrededor de 50 carillas sobre el tirano nacional favorito de cada cual. El proyecto no cuajó. Pero un importante resultado indirecto fueron las tres extensas novelas que, más tarde, aparecerían en un período de dos años: Yo el Supremo, del paraguayo Augusto Roa Bastos y El recurso del método, del cubano Alejo Carpentier (ambas en 1974) y El otoño del patriarca (1975), del colombiano Gabriel García Márquez.

Había antecedentes importantes para el género. Amalia, del argentino José Mármol (1851), la influyente Tirano Banderas, del español Ramón del Valle Inclán (1926), y El señor presidente (1946), del guatemalteco Miguel Ángel Asturias. Y al menos un equiparable ejemplo tardío, La Fiesta del Chivo (2000), del propio Vargas Llosa. Las siete novelas son trabajos ambiciosos, centrados en dictadores inventados o reales (Juan Manuel de Rosas, en el caso de Mármol; José Gaspar Rodríguez de Francia, en el de Roa Bastos; Rafael Leónidas Trujillo, en el de Vargas Llosa). Tres de los autores (Asturias, García Márquez y Vargas Llosa) llegarían a ser Premio Nobel de Literatura.

Del paraguayo Roa Bastos se cumplió semanas atrás el centenario de su nacimiento y, en coincidencia con esa fecha, Yo el Supremo, su novela más importante, volvió a las librerías para recordar la existencia de ese subgénero que hizo historia.

Yo el Supremo se presenta como el fruto de minuciosas investigaciones realizadas a lo largo de cinco años. Una "Nota final del compilador" habla de "unos veinte mil legajos, éditos e inéditos" y "unas quince mil horas de entrevistas grabadas en magnetófono". "Ya habrá advertido el lector -agrega- que, al revés de los textos usuales, éste ha sido leído primero y escrito después." Sin embargo la lectura no deja la impresión de la realidad "de los papeles" o el periodismo, sino de una forma nueva de la novela histórica. La obra de Roa Bastos tiene mucho de Gran Novela Latinoamericana.

La ficción inicial indica que estamos ante el casi infinito monólogo o diálogo alternativo entre el dictador supremo y su escribiente, Policarpo Patiño; vale decir, ante un poderoso flujo verbal. Algo semejante ocurre en Moby Dick, la gran novela estadounidense de Herman Melville, que comienza: "Llámenme Ismael". La ambición de cada una de las dos obras es, de todas maneras, tan abarcadora que el recurso aparece y desaparece, dando pie a otras voces o fuentes. En el caso de la narración del escritor paraguayo, se incluyen continuamente textos a dos columnas (más que notas al pie), que citan textos reales, desde la carta de Artigas pidiendo asilo, a numerosos libros o folletos sobre el período y el protagonista.

Yo el Supremo se publicó en Buenos Aires el 27 de junio de 1974. Cuatro días después, se anunció la muerte de Juan Domingo Perón. Según el periodista Blas Brítez, alguien definió la novela como "paraguaya, porteña y sesentista". Una característica importante de la trama es la preeminencia del lenguaje hablado sobre el escrito. En su momento, esa matriz cultural resultaba más evidente que en la actualidad. La lingüística y el estructuralismo estaban de moda y se habían convertido en tema de conversación (algo parecido a lo que ocurre hoy con las neurociencias). En ese contexto eran frecuentes las discusiones sobre una misma idea, que trataban tanto Jacques Derrida como Claude Lévi-Strauss en Tristes trópicos (1955): la aparición de la escritura había posibilitado la aparición de formas de organización social autoritarias.

A poco más de cuarenta años de la difusión de la gran "novela de dictador" de Roa Bastos, la trama se ha desprendido en buena medida de esa matriz inicial. El libro, sin embargo, sigue marcado, para el ojo crítico, por una idea de seriedad histórica, incluso científica, en su análisis o crítica de una época. En una difundida entrevista de 1979, el especialista Alain Sicard le preguntaba al autor: "¿Qué relación es la suya, en su práctica de escritor, con los diferentes sectores de las llamadas 'ciencias humanas' (etnología, lingüística, psicoanálisis)?". Roa Bastos aludía en su respuesta a la tarea de "fundar historias imaginarias dentro de la historia objetiva, basadas en la función simbólica de la lengua, en el sentido mítico de la escritura".

Por la simple longitud (la novela tiene más de 560 páginas, de caja grande), por la complejidad del intento, la lectura de Yo el Supremo no es liviana ni fluida. Pero siempre recompensa por el modo en que emplea el humor, la literatura fantástica (en varias instancias hay auténticos relatos del subgénero), los retruécanos, y hasta los chistes irónicos o los juegos de palabra. Aunque desafiada en muchos pasajes, la emisión supuesta de una sola fuente (la voz del Supremo, inspirado en el Doctor Francia) hace que el lector adjudique las teorías contra la letra escrita al personaje y su habla, y no a las teorías de la época.

También, de a poco, van apareciendo en la trama personajes fascinantes que entran en relación con el protagonista supuestamente absoluto de Yo el Supremo. Por ejemplo, Manuel Belgrano (por quien el Supremo siente una inocultable simpatía), y otros enviados sucesivos del gobierno de Buenos Aires o del Imperio de Brasil. Ya en las primeras páginas, el dictador Francia desconfía de otro elemento, aparte de la escritura: la memoria. "Los memoriones -dicta- son casi siempre antidotados imbéciles. A más de malvados embaucadores.[.]El hombre de buena memoria no recuerda nada porque no olvida nada." O piensa (habla), al ver el "no-rostro" de una mujer: "No desea nada. No desea la más ínfima cosa de este mundo, salvo el no-deseo. Mas el no-deseo también se cumple si los no-deseantes son testarudos".

El modo en que se va desencadenando la corriente de palabras y anécdotas, de fulgores y angustias, aminora también la diferencia entre el flujo verbal, el "cuaderno privado" y la "circular perpetua", rodeados y cruzados por la masa verbal, específicamente literaria, del libro.

También en las cien páginas iniciales, el Supremo se jacta de no tener "parientes ni entenados ni amigos. Los libelistas me echan en cara que uso de más rigor con mis parientes, con mis viejos amigos". Lo que dispara el libro es justamente un libelo que habla de su muerte, y que desencadenará la búsqueda (que se va perdiendo con el correr de las páginas) de su autor. El Supremo ejerce una especie de suprema vigilia permanente, desconfiada, incluso paranoide, que le da un filo especial al estilo. Mucho después, en el uso prolongado de ese poder absoluto, en la vejez, aparecerá el costo: "Nunca he amado a nadie, lo recordaría. Algún residuo habría quedado de ello en mi memoria.[.] Por todas esas lejanías he pasado con persona mía a mi lado, sin nadie. Solo. Sin familia. Sin amor. Sin consuelo. Solo. Sin nadie. Solo en país extraño, el más extraño siendo el más mío. Solo. [.] Lleno de mi desierta persona".

En paralelo comienzan los indicios de la descomposición, el ataque de los insectos. A la par van desfilando momentos memorables como la insistencia en dotar a la república (como prefiere pensarla, con él como Supremo representante del pueblo, del Común) de cientos de bandas de música, o una extensa lista de compra de juguetes. También el humor negro: [este edificio] "lo mandó construir el gobernador Morphi, el Desorejado, a quien el barbero le había limpiado una oreja de un navajazo. Disculpe, su merced, le había dicho el barbero al gobernador. Tenía usted una mosca en la oreja, Excmo. Señor. Ya no la tiene".

El Supremo tenía un rasgo que lo unía a su creador, Roa Bastos: el gusto por autores como Pascal, Rousseau, Voltaire y otros integrantes de la Ilustración, que el escritor paraguayo había disfrutado en la adolescencia en casa de un tío sacerdote poco censor. Aquí aparecen citados (o deformados) con frecuencia. A veces aparece un aforismo: "Supe que poder hacer es hacer poder". En otras ocasiones, una mano distinta escribe al margen, con letra desconocida, un pronóstico escéptico: "Convertiste este país en un huevo lustral y expiatorio que empollará quién sabe cuándo, quién sabe cómo, quién sabe qué. Embrión de lo que hubiera podido ser el más más próspero del mundo. El gallo más pintado de toda la leyenda humana".

Uno de los grandes momentos de Yo el Supremo es el largo diálogo (o crítica) con el perro Sultán, el único que se atreve a hacerle frente a su dueño en el principal campo: lo verbal. Después viene la avalancha de moscas, de insectos, que no cortarán la voracidad del Supremo: "Cuando los ácaros, las sílfides, las curtonebras, las sarcófagas y todas las otras migraciones de larvas y orugas, de diminutos roedores y aradores necrófagos, acaben con lo que resta de su estimada no-persona, en ese momento te asaltarán también unas ganas tremendas de comer. Terrible apetito. Tan terrible que comerse el mundo, el universo entero, todavía sería poco para calmar tu hambre".

Un supuesto apéndice documental recopila las opiniones de especialistas sobre los restos del Supremo en 1961, cuando fueron convocados para rescatarlos. El largo tiempo los había fraccionado y mezclado con otros. Incluso había "dos cráneos del Dictador, como si éste hubiese sido bicéfalo".

(Tomado de La Nación)

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