El pescador de perlas

Por el año 2002 o 2003, durante una feria del libro en Santiago de Cuba, asistí como espectador a un panel dedicado a la novela histórica. Joven estudiante de la licenciatura en Historia, la sola mención de esta palabra me atraía irremediablemente, aunque sin saber exactamente qué buscar. Una frase dicha en ese panel –luego descubrí que es un cliché asignado a otras muchas disciplinas– me estremeció: la historia es demasiado importante para dejarla solo en manos de los historiadores. A la larga el estremecimiento no llegó a mayores; la crisis profesional temprana fue atajada por una escuela cubana que todavía en el siglo XXI tiene por cierto el reparto de la realidad entre disciplinas distintas. Luego la graduación, el trabajo y la vida que continúa. La nueva realidad borra la inocencia y en el plano profesional te dice que aún hay mucho que aprender, gajes de un oficio que adquirir; pero el mercado laboral es brutal, no lo duden, a pesar de sus bondades y paternalismos: necesita de especialistas, no de intelectuales, que se vienen a conformar después y no en todos los casos.

Y a la construcción del intelectual se dirige Alejo Carpentier: la facultad mayor de la cultura, de Luis Álvarez Álvarez,1 pues se trata de un libro que viene a tender puentes entre maneras de crear y saberes aparentemente inconexos, en este caso entre, por un lado, diversas ciencias sociales y humanísticas y, por otro, el ensayo literario. No se trata de un recetario metodológico ni un decálogo del buen hacer. Sin proponerse, tal vez, una biografía intelectual, nos invita a un viaje esclarecedor por el pensamiento cultural de Carpentier, ese autor mayor de las letras cubanas, quien entendió la cultura no en el sentido estrecho de lo artístico literario, sino en el más ancho y cabal de la comunicación de valores.

El texto no busca fabricar artificiosamente un Carpentier especialista en culturología; por el contrario, sus páginas son atravesadas por la idea de que el pensamiento cultural no necesita estrechas fronteras disciplinares para florecer cuando es producido desde la condición de intelectual; o sea, de quien es capaz de elegir y, como el autor de El Siglo de las Luces, intenta, según señala Álvarez, “ejercer una determinada influencia sobre sus lectores, vale decir sobre su propia sociedad” [cuando] “desde el mundo de la cultura, que [Carpentier] estudió concienzudamente, aspiró a alcanzar una determinada autoridad de opinión ante esa sociedad”.

La indagación carpenteriana propuesta por Luis Álvarez debe apreciarse como un libro-puerta, al invitarnos a transitar desde la zona de cómoda seguridad en cuanto a lo que ya conocemos, para explorar otras maneras de ver la realidad, en este caso el pensamiento de Carpentier; al igual que le dijo el autor de La consagración de la primavera a Graziella Pogolotti, como nos revela ella misma en el prólogo: “todo es cuestión de perspectiva”.

Por otra parte, disfrutar a plenitud este libro supone tener conciencia de que existe un pensamiento cultural autoevidente, construido y comunicado exprofeso por aquellos cuya misión social lleva ese fin, dígase historiadores, antropólogos, sociólogos, etc. Enmarcados en corrientes o teorías diversas, contrapuestas a veces, con variados puntos de contacto y de divergencia, las indagaciones cubanas sobre nuestra cultura han ido ampliando su espectro y a la vez cimentado el campo de estudio de lo social. Una idea cuya genealogía no pueda trazarse hasta alguna disciplina social o humanística corre el riesgo de ser rebajada a la categoría de mera opinión. De manera paralela, otro pensamiento similar es producido y comunicado por escritores y artistas y se solapa entre páginas varias, diferentes soportes y géneros. Encontrar ese pensamiento sobre nuestra cultura y sacarlo a la luz exige una mirada acuciosa y también obliga a dinamitar la oposición dicotómica que asigna la objetividad al reino de la ciencia y la subjetividad al ámbito del arte. En este sentido Alejo Carpentier: la facultad mayor de la cultura es asimismo un apreciable ejercicio de demolición de la tradición del ensayo cubano sobre el conocimiento y la opinión, además de un trabajo de miniaturista para descubrir, sumergiéndose en un mar de tinta, el pensamiento cultural que, como es el caso de Carpentier, por un lado deriva de una larga tradición cubana de reflexión sobre el tema, y por otro está vinculado con una serie de ideas innovadoras del mundo europeo. La labor de construir este libro, por tanto, es un trabajo como de pescador de perlas: una labor de inmersión, descubrimiento, apertura de apretadas valvas y selección de las piezas con mejor oriente.

En particular en los capítulos titulados “Para una historia cultural de la Isla: la música en Cuba”; “Letra y Solfa”; “Tentar y diferenciar”; “Visión carpenteriana del neobarroco: interpretación de la cultura latinoamericana”, y asimismo el “Posfacio”, asistimos al examen concienzudo de un Carpentier que incluso diría yo que trasciende su obra artística –por sí misma fabulosa– para revelarlo como un pensador latinoamericano orgánico, modelador desafiante de un pensamiento cultural que busca, como señala Álvarez, “defender una serie de posiciones entre las cuales hay que señalar de nuevo la igualdad de las razas y las culturas, la dignidad de América y en particular de Cuba, pero también la necesidad de un diálogo con el mundo y de no encerrarse en un autoctonismo dogmático y estéril”. De pronto el novelista espléndido se nos presenta también como un gran pensador de este tiempo, esta época misma de América, tan convulsa y difícil.

Álvarez nos muestra un Carpentier no solo productor de pensamiento, sino resultado de un ambiente cultural, rico y diverso, pero bien interpretado y remodelado por el intelectual cubano, quien ahora se nos aparece arrojando luz sobre caminos existentes, pero invisibles o mal comprendidos (en su tiempo e incluso en el nuestro). Este libro muestra cómo el gran novelista contenía en sí mismo conexiones que lo unieron a autores, textos y corrientes historiográficas y antropológicas como la Escuela de los Annales y la antropología estructural de Claude Lévi-Strauss, por citar dos ejemplos que testimonian la nutrida y honda cultura, el amplio pensamiento del novelista de El recurso del método. Descubrir estas realidades internas del gran escritor resulta de capital importancia, pues al decir del propio Álvarez: “Las ideas del autor de La música en Cuba sobre la cultura y, en particular, sobre los procesos que han marcado la formación, consolidación y desarrollo del arte musical en América Hispánica, han sido muy poco estudiadas, a pesar de que es fácil constatar que componen un substrato de esencial importancia en el conjunto orgánico de su pensamiento, incluso en lo que se refiere a su creación artística”.

Ha sido un acierto de la Fundación Alejo Carpentier haber respaldado este ensayo tan fuera de lo común, sobre todo porque tiene un propósito que cruza las fronteras específicas de analizar al gran autor cubano. Alejo Carpentier: la facultad mayor de la cultura es otra vuelta de tuerca en el propósito noble y necesario de comprender y divulgar el pensamiento cultural producido en Cuba en toda la riqueza de sus autores, lo cual resulta una urgencia para defender la identidad cultural de este país, sobre la cual Carpentier dijo mucho, y sobre la que todavía puede ser un guía intelectual para el difícil presente. Este libro de Álvarez, por otra parte, se inscribe en calidad y altura de miras junto con El pensamiento cultural en el siglo XIX cubano. Pensar la cultura en cubano y Visión martiana de la cultura, en coautoría con Olga García Yero, dentro del propósito loable y a la vez terrible de derribar los dioses falsos del colonialismo intelectual y, sobre todo, de comenzar a escribir una historia del pensamiento cultural cubano. Creo que su lectura, más allá de permitirnos gozar la finura investigativa que el ensayista despliega, debiera provocar la apertura de perspectivas que tanto el propio autor reclama. Por mi parte y gracias a Luis Álvarez Álvarez, yo leo a un nuevo Carpentier.

1 Luis Álvarez Álvarez: Alejo Carpentier: la facultad mayor de la cultura. Ed. ICAIC, La Habana, 2016.

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