A propósito de Lecturas de juventud

Por Analay Medero Alvarez

La primera impresión que produce Lecturas de juventud, libro recientemente publicado por la Casa Editora Abril en colaboración con la Fundación Alejo Carpentier, es poco grata. Encontrar la letra impresa en la cubierta entre tantas líneas, curvas y adornos se convierte en un verdadero reto. Quizás el diseñador quería aludir a la socorrida condición de escritor barroco de Carpentier con un diseño tan “cargadito”. Sin ánimo de prolongar inútiles regodeos con la cubierta, aún habría que señalar que el contraste es muy marcado entre esta y la contracubierta, cuyos elementos están perfectamente equilibrados y donde destaca un hermoso retrato de Carpentier, firmado por Sánchez Felipe, que data de la época en que fueron realizados los trabajos que conforman la obra. Pero, como siempre ha sido poco recomendable juzgar al libro por su cubierta, centrémonos en su contenido.

Lecturas de juventud reúne treinta artículos sobre literatura universal escritos por el entonces adolescente Alejo Carpentier y publicados en el diario La Discusión entre 1922 y 1923. La compilación estuvo a cargo del estudioso de la producción carpenteriana Rafael Rodríguez Beltrán, quien escribió un prólogo en el que ofrece un valioso análisis de los textos y donde no faltan algunos datos biográficos que esclarecen las circunstancias en que estos fueron redactados. Además, tuvo a bien insertar una serie de notas al pie con la intención de ayudar al lector “a situar hechos históricos, personalidades y obras literarias”.1 En ocasiones el espacio dedicado a las notas supera al del propio texto, lo que demuestra el amplio bagaje cultural que Carpentier poseía con apenas diecisiete años ─edad con que publicó los primeros trabajos.

Precisamente, ese es uno de los aspectos más asombrosos del libro. Aunque la temática fundamental de las crónicas es la literatura, las referencias desbordan las fronteras de tal universo para alcanzar espacios de la religión, la mitología, la música, la filosofía, la pintura y la arquitectura. Asimismo, como señala Rodríguez Beltrán, llama la atención la amplitud del conjunto “tanto desde el punto de vista cronológico como del geográfico”.2

Escribe Carpentier sobre obras de la antigua Grecia, de la Roma de Nerón, del Medioevo, del Renacimiento, de los siglos XVII, XVIII y XIX, pero también de textos contemporáneos como Batuala (1921), Las rutas paralelas (1922) y Silbermann (1922). La inclusión de estos tres libros, no consagrados aún como clásicos, en una sección titulada Obras famosas, habla de la madurez conquistada ya por el joven crítico, cuyas opiniones no esperaban el juicio de la posteridad y, lo que es más osado, a veces ni siquiera coincidían con este. Contrario a lo dictado por ese fallo incuestionable y casi sagrado, Carpentier cree que Las ranas de Aristófanes es más interesante que Las aves, otra de las obras del comediógrafo ateniense. Los célebres Epigramas de Marco Valerio Marcial le parecen “interesantes por momentos”3 y halla en su autor un carácter “altamente antipático”.4 Juzga la Canción de Rolando de “interminable y pesada”5 pues su acción le resulta “excesivamente larga; sus hechos históricos […] siempre falseados [y] las costumbres mal observadas”.6 El discípulo de Paul Bourget, considerada la mejor novela de ese escritor, tampoco le merece elogios, en tanto suscita una discutible pregunta que no consigue responder.

Por otra parte, en relación con el vasto alcance geográfico de las crónicas es importante señalar que Carpentier no se limita a comentar solo obras de la llamada cultura occidental. Así, a pesar de confesar que es “poco versado en literatura china”,7 apunta que gusta de la poesía de Ten-Hian [sic] y de las máximas de Confucio en una crónica que dedica a “La esposa de ultratumba”, cuento “insertado en una recopilación de causas célebres de la China”.8 De las letras indias conocía al menos los Vedas y el Código de Manu; de las persas, puede inferirse que sabía del Libro de los Reyes de Firdusi y había leído los Rubayatas de Omar Khayyam, autor que más tarde figuraría en la lista de sus poetas preferidos.9

Además de la amplitud geográfico-temporal señalada, a partir de este conjunto es posible afirmar que en sus lecturas Carpentier no discriminaba en cuanto a género literario pues, si bien es cierto que predominan los comentarios sobre obras narrativas, en especial novelas, hay, igualmente, artículos dedicados a textos líricos y dramáticos. Resulta evidente, también, que el precoz adolescente consultaba disímiles fuentes relacionadas con los libros que iba a reseñar. Por ejemplo, el exergo que coloca al comienzo del trabajo sobre los Epigramas de Marcial indica que había leído al filólogo francés Marie-Louis-Gaston Boissier y a propósito de los Trofeos de Heredia cita al crítico Jules Lemaître.

Tal labor de documentación anuncia ya el rigor con que el futuro novelista construirá sus historias. Pero este no es el único aspecto que del Alejo maduro se advierte en los artículos. En la fascinación por lo fantástico que se revela en crónicas como la dedicada al libro de viajes de Marco Polo se encuentra el germen de lo que más tarde evolucionaría hacia su teoría de lo real-maravilloso. Asimismo, ese interés por manifestaciones artísticas que expresen de manera auténtica el carácter de un pueblo, reflejado en el texto sobre el Buscón de Quevedo, se traducirá en su empeño posterior de redescubrir y reinterpretar América.

Lecturas de juventud da fe de la verdad contenida en el popular proverbio que aconseja no juzgar al libro por su cubierta. En él los amantes de la literatura encontrarán un motivo para revisitar textos conocidos y un incentivo para buscar aquellos que nunca han disfrutado; por su parte, los estudiosos de Carpentier tendrán a su alcance un valioso material para entender mejor la obra del escritor.

1 Rafael Rodríguez Beltrán: “A manera de prólogo”, en Alejo Carpentier, Lecturas de juventud, Ediciones Abril, La Habana, 2017, p. XI.

2 Ibídem, p. VI.

3 Alejo Carpentier: Op. cit., p. 108.

4 Ibídem, p. 105.

5 Ibídem, p. 136.

6 Ibídem, p. 133.

7 Ibídem, p. 155.

8 Ibídem, p. 158.

9 Cfr. Alejo Carpentier: “Un poeta olvidado”, en Crónicas, t. II, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1985, pp. 14-16.

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