HOMENAJE A JOSÉ LUIS CUEVAS

En homenaje al prestigioso pintor y grabador José Luis Cuevas, recientemente fallecido, reproducimos algunos textos que le dedicó Alejo Carpentier, como una muestra del reconocimiento y estimación que desde fecha temprana tuvo el autor de El siglo de las luces por la obra del mexicano. El artículo que presentamos hoy fue publicado el 27 de mayo de 1958 en el periódico El Nacional, de Caracas.

JOSÉ LUIS CUEVAS

Por Alejo Carpentier

Dando muestras de una insólita sinceridad, José Luis Cuevas, el magnífico artista mexicano cuyas obras se hallan expuestas, actualmente, en la Galería de Arte Contemporáneo, incluye en su catálogo, junto a críticas laudatorias publicadas en Europa y los Estados Unidos, algunos juicios francamente adversos a su producción. Poco acostumbrados a tal procedimiento, no podemos sino alabarlo. Alabarlo por su honradez de artista discutido en su propio país, que no trata de ocultar los fundamentos de la discusión. Y felicitarlo, a la vez, porque su arte resulta doblemente actualizado por los argumentos contrarios. ¿Qué le echa en cara un Alfaro Siqueiros, por ejemplo? ¿Que no se entregue a la confección de un “muralismo dramático”? ¿Y no advierte Siqueiros cuán monótono, cuán encartonado, cuando esclavo de sus propias fórmulas, se nos ha vuelto, a la larga, el “muralismo dramático” mexicano? Novedoso y sorprendente hacia el año 1925, ese arte nos resulta hoy un academismo como cualquier otro, con sus recursos prefabricados, sus juegos de abalorios -de auténticos abalorios-, sus tediosos despliegues de fuerza más logrados en función del espacio cubierto, que del vigor real. No diremos que ese movimiento no fue original e interesante en sus comienzos. Por lo mismo, llamó la atención de la crítica mundial a su debido tiempo. Pero es evidente que, en un cuarto de siglo, agotó sus propios recursos, haciendo figurar, demasiado a menudo, de fábrica de mexican curios para uso y deleite de los parroquianos de Sandborn's.

José Luis Cuevas encuentra la fuerza en sí mismo, sin necesitar de enormes paredes para alardear de potencia. Su energía plástica es la de Collot, es la del Daumier de las ferias, es la del James Ensor de las máscaras. Y si vacilo en pronunciar el nombre del autor de los “disparates” y “caprichos”, es únicamente por eludir un parentesco a que se ve demasiado llevado el espíritu, por analogías más aparentes que reales. Si tal o cual composición nos hace evocar las inquisiciones goyescas por el hecho de que sus personajes parecen ostentar el gorro y el sambenito de los autos de fe, muy poco pensamos que el autor del Cronos, al contemplar las “mujeres” y “caballeros” de Nueva York, que se mueven en un ámbito propio. José Luis Cuevas se sitúa, por derecho, en la gran tradición de los artistas alucinados, pintores de lo fantástico, aunque no tan alucinado ni tan fantasioso para que sus obras no conserven siempre lo esencial de una realidad implacablemente observada. Le dicen sus adversarios que vuelve las espaldas a “1a realidad mexicana”, lo cual no pasa de ser mera palabrería, puesto que la “realidad mexicana”, en este caso, es la realidad profunda, entrañable, de un artista que se expresa en dimensión dramática, fiel a las raíces auténticas de un arte que, antes de la conquista, había realizado algunas de las esculturas más dramáticas que hayan enriquecido el patrimonio universal. En ese dramatismo interior está, precisamente, la mexicanidad profunda de José Luis Cuevas. Como toda la tragedia de una época ensangrentada por las Guerras de religión pudo expresarse en la sola forma de un Cristo de Matías Grünewald.

Sólo veinticinco años tiene ahora José Luis Cuevas. Y ya ha logrado lo que muchos artistas sumamente laboriosos y sinceros no logran, a veces, en el transcurso de toda una vida: crearse un mundo propio, una atmósfera propia, que nos asombran por su poder de imponernos una realidad metafórica, implacable a veces, dotada siempre de un evidente poder de revelación. Alguien dijo, con acierto, que Cuevas estaba dotado de un “sentimiento trágico de la vida”. Sentimiento que se manifiesta en el afán de mostrarnos
lo que, acaso, no queremos ver en torno nuestro. “El Diablo no existe si yo niego su existencia” -dice el estudiante del Fausto. “A menos de que te largue una patada en la canilla" -responde Mefistófeles, socarrón... Con su obra de ya gran artista José Luis Cuevas ilustra perennemente el diálogo de Goethe.

Su universo dramático e inquietante es de los que no se borran de la memoria, una vez traspasado el umbral de la mansión donde se mueven sus criaturas nacidas de una realidad transfigurada.

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