Lezama acosado

Escribir sobre José Lezama Lima es siempre un reto. Cuando me pidieron que hiciera esta breve reseña con motivo del centenario del autor de Paradiso pensé que mi acercamiento a la obra lezamiana había sido limitado. Recuerdo que leí Paradiso por primera vez cuando comenzaba la carrera de Letras, y fue una lectura densa, de difícil acceso para una aprendiza que daba sus primeros pasos en ese universo mítico y conceptual. Tres años más tarde, cuando decidí hacer una comparación entre los textos de Cristóbal Colón y Américo Vespucio como tema de tesis de licenciatura, fue de obligada consulta La expresión americana, texto teórico imprescindible. Resulta obvio, por tanto, que los contactos entre el fundador del grupo Orígenes y yo han sido escasos e irregulares.

Después de algunos años y a raíz de la publicación del volumen José Lezama Lima en su centenario, especie de homenaje a este autor en ocasión de cumplirse cien años de su natalicio, una nueva visión de Lezama se nos revela gracias al trabajo conjunto de la editorial Boloña y la Academia Cubana de la Lengua. Segundo ejemplar de una colección ―Centenarios— el texto reúne doce ponencias dictadas por profesores e intelectuales cubanos quienes recogen sus impresiones acerca de la obra y la vida del escritor.

A diferencia de la mayoría de los estudios realizados, orientados a un análisis tradicionalista que ha encasillado a este autor como uno de los pioneros del neobarroco literario y ha cubierto su imagen con el pesado manto de la artificiosidad de su verbo tantas veces cuestionado, en esta ocasión, en una estrategia similar a la que utiliza la nueva novela histórica como recurso, de desacralizar a los personajes y acercarnos a su lado más humano —salvando la enorme distancia genérica entre novela y ensayo―así nos acercamos al Lezama más hombre, despojándolo de su aura sagrada y adentrándonos en su vida cotidiana, en su fe religiosa, en sus relaciones personales con otros intelectuales de la época o, simplemente, siendo testigos de su manera de dialogar.

Los textos aquí reunidos se acercan al novelista desde una perspectiva íntima. No hay una intención puramente académica sino también un interés en develar elementos de su obra o de su quehacer cotidiano a partir de la propia experiencia de vida de cada conferencista. Me atrevería a decir que la mayoría de estos críticos, sino todos, tuvieron contacto directo con él o fueron cercanos a su círculo de acción intelectual. Por este camino llego primeramente a un estudio que vale la pena destacar porque representa un emotivo —sin que resulte excesivo el término― y revelador testimonio de Antón Arrufat1 sobre las dotes oratorias del autor de Paradiso para quienes no tuvimos la dicha de conocerlo y gozar de su capacidad conversacional y de convidador al diálogo, de anfitrión del intercambio humano a través de la palabra hablada ―justamenteuno de los métodos utilizado por los griegos antiguos para el desarrollo del intelecto, la reflexión a través del diálogo.

Reivindicador es este libro no solo porque nos muestra, como ya he señalado con anterioridad, la desnudez humana del creador de Oppiano Licario, sino también porque retoma desde una posición imparcial las relaciones de amistad que Lezama estableciera con el gremio intelectual cubano del siglo xx, particularmente con Alejo Carpentier. Para sorpresa de muchos ―entre los que me incluyo— y tal vez como estrategia a priori para poner fin a la manida y equívoca idea de una supuesta rivalidad personal entre el autor de El reino de este mundo y el de Paradiso, encontramos un texto de la doctora Luisa Campuzano dedicado a Cintio Vitier in memoriam titulado “Lezama lector de Carpentier”.2

El estudio, organizado a partir de cuatro divisiones internas, aborda la relación Carpentier-Lezama desde vías inexploradas por otros autores. Tres de estas divisiones aparecen identificadas con números romanos, la cuarta —segunda en orden de aparición― señala “Paréntesis de ecdótica”. Cada una de estas partes se ocupa de un tema específico. La que inicia el estudio introduce al lector en la relación personal y profesional entre ambos novelistas. Como declara la propia autora, quien fuera testigo de varios encuentros entre ellos, Alejo Carpentier, además de haber sido el primer editor de la novela Paradiso, hecho que da muestras de la confianza que desde el punto de vista profesional depositara Lezama en él, jugó un rol importante en la vida privada de este último, al figurar como padrino de bodas en la ceremonia nupcial de Lezama y María Luisa.

La segunda parte del texto expone ideas relativas a las bibliotecas personales de ambos, el número de volúmenes que contenían ―cantidad que superó notablemente Lezama en relación a los acumulados por Carpentier. Este apartado ofrece además un atractivo estudio de las dedicatorias intercambiadas por ellos, reveladoras del tiempo dedicado a la lectura y estudio de la obra del otro. Recuerdo especialmente una dedicatoria que cita la autora dirigida a Alejo y Lilia con motivo de la publicación de Dador en 1961: “Para Alejo y Lilia, por los pasos ganados, por los instrumentos de misterioso sonido, por la palabra en la fragua de Vulcano”.3

Hago mías las palabras de la doctora Campuzano para resaltar la referencia directa en esta frase a Los pasos perdidos de Carpentier, novela que Lezama no solo leyó sino que escudriñó con toda certeza.

A continuación “Paréntesis de ecdótica” aclara oportunamente dos errores corregidos por Carpentier que aparecen en Los pasos perdidos y Guerra del tiempo respectivamente. Ambas correcciones se encuentran en dos de los ejemplares de estas obras obsequiados a Lezama.

Por último, la tercera parte del texto remite a la correspondencia del autor de Paradiso, donde encontramos algunas de las consideraciones hechas por él sobre relatos de Carpentier, específicamente “El camino de Santiago”, “El acoso”, “Viaje a la semilla” y “Guerra del tiempo”. Primeras impresiones y juicios críticos recoge este escaso intercambio Lezama-Carpentier, pero que resulta suficiente para percatarnos de que las consideraciones emitidas son resultado de un exhaustivo recorrido por buena parte del universo ficcional o histórico de la obra carpenteriana hasta entonces publicada, lo que le permite afirmar con total certeza que: “Tú estás en ese momento en que has construido una historia de los estilos. Cuando describes un instrumento de sonar, una fruta o un capitel, lo ganas con lo que has adquirido, es decir, le das una naturaleza”.4

¿Podría esperarse mayor compenetración entre ambos, mayor identificación con la obra del otro? Intelectuales de nuestro país y del mundo se han dedicado a estudiar la obra del creador de El reino de este mundo, algunos han tenido éxito en esta tarea, en otros ha sido infructuosa la búsqueda. Lezama, a quien se refería Carpentier como el Maestro, logró desentrañar la génesis, esa “semilla” de la creación carpenteriana.

Lezama representó para Carpentier no solo el intelectual amigo a quien confiar sus obras, sino también el puente entre el escenario cultural cubano de la época y su persona durante la estancia en París y Venezuela, su principal vía de reconexión5 con la realidad y el contexto cubanos. Unidos además por ideologías políticas comunes, ambos formaron parte de actos de protesta llevados a cabo por el movimiento estudiantil revolucionario durante el machadato.

Siguen a este texto otros de igual valía acerca de temas más explorados en la escritura lezamiana. Quisiera referirme a grandes rasgos a tres en particular, para que no pasen inadvertidos al lector que recorrerá estas páginas. El primero de ellos es un acercamiento de Roberto Méndez a las inquietudes plásticas de Lezama, su relación con pintores de la época y las críticas que realizara de sus obras. Como señala Méndez el autor de Paradiso no limitó su percepción artística a la llana contemplación del objeto visual, sino que estaba más interesado en la significación misma que pudiera extraer de las técnicas o los colores utilizados, en la facultad de percibir asociaciones entre la expresión plástica y las más disímiles formas de arte. Así, de su estrecha relación con pintores origenistas tenemos testimonio en estas páginas, que nos hacen partícipes de sus impresiones sobre Amelia Peláez, Rene Portocarrero y Mariano Rodríguez, o de alguno de los principales exponentes del grupo los Once, como fuera Fayad Jamís.

Un espíritu de “insólita comparación”—como diría el propio Lezama― o asociación en nuestro caso, nos traslada de las artes a la literatura, y específicamente a uno de los tópicos más trabajados en nuestra tradición, el huracán. Nos encontramos atrapados junto a Margarita Mateo en el maremágnum de Oppiano Licario cuando analiza —en el segundo texto de mi interés “El huracán en Oppiano Licario6― el simbolismo del huracán en la estructura novelesca.

Finalmente, recogidas en un escrito cuasi apologético, anticipan el término del libro las palabras de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, quien aborda la polémica discusión tan llevada y traída del catolicismo no ortodoxo de Lezama Lima, las supuestas contradicciones entre los preceptos de la Iglesia y sus principios en la fe religiosa y el capítulo ocho de Paradiso, así como su relación con el Padre Ángel Gaztelu.

Es preciso notar, como señalé al inicio de esta reseña, que la mayoría de los textos aquí reunidos ya han aparecido en otras publicaciones de forma aislada, sin embargo, lo novedoso en esta ocasión viene dado por la riqueza que ofrece la pluralidad de perspectivas sobre y desde la obra lezamiana. Actual, íntima y reivindicadora es la propuesta de este volumen que recorre prácticamente casi toda las aristas de la existencia de un hombre que, como dijera del propio Alejo Carpentier, más que un creador fue un descubridor de personajes.

1 Antón Arrufat: “Oír conversar a Lezama”, en Lezama en su centenario, Ediciones Boloña/ Academia Cubana de la Lengua, La Habana, 2016, pp. 219-237.

2 Luisa Campuzano: “Lezama lector de Carpentier”, en Lezama en su centenario, Ob. cit., pp. 42-60.

3 Luisa Campuzano: Ob. cit., p. 49.

4 Luisa Campuzano: Ob. cit., p. 59.

5 Luisa Campuzano: Ob. cit., p. 43.

6 Margarita Mateo: “El huracán en Oppiano Licario”, en Lezama en su centenario, Ob. cit., p. 89.

 

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