(Desmañadas) consideraciones1 de Luis Álvarez sobre el pensamiento cultural de Alejo Carpentier

Puesto que, según reza un antiguo refrán, cada día se aprende algo nuevo, creí que el adjetivo desmañado, empleado por el investigador Luis Álvarez para calificar su libro Alejo Carpentier: la facultad mayor de la cultura, poseía una acepción que me era desconocida. Para salir de dudas, acudí al socorrido Diccionario de uso del español de América y España, pero este me devolvió el significado que yo manejaba: “desmañado: que carece de maña, destreza o habilidad”.2 Inconforme con el resultado de la búsqueda, me remití entonces al respetable Diccionario de la lengua española de la Real Academia, actualizado en el 2014, donde leí una definición muy similar. Teniendo en cuenta el cuidadoso trabajo de edición de Rinaldo Acosta, de antemano estaba descartada la posibilidad de que se tratara de una errata. Así, como me quedaban más de cincuenta cuartillas para llegar al final del tomo, pensé que solo podía juzgar una vez concluida la lectura. Completado el ejercicio, encontraba aún más difícil dilucidar en qué consistían las faltas de aquel estudio.

¿Acaso su impericia radicaba en los prolegómenos? Extenso es este preámbulo, pero absolutamente necesario para iniciar al lector en las complejidades de la teorización culturológica y facilitar la comprensión de “contextos y […] posiciones de Carpentier frente al problema de la cultura”.3 Con tal propósito, el investigador identifica puntos de contacto entre figuras y escuelas clave dentro de las reflexiones en torno a fenómenos culturales y las posiciones del célebre novelista cubano. Se remonta en sus análisis al siglo xviii, época en que cristalizaron las teorizaciones culturológicas y nació el pensamiento discriminatorio sobre la cultura del continente americano que ha perdurado hasta hoy. De este período destaca al filósofo alemán Johann Gottfried von Herder, con quien Carpentier compartiría la idea de la igualdad cultural de los diferentes pueblos, la negación de Europa como el epicentro de la alta cultura y el interés por las tradiciones populares. Asimismo, dedica un amplio paréntesis a estudiar los cinco paradigmas de la Escuela de los Annales —influyente corriente historiográfica del siglo xx que debió conocer Carpentier durante su estancia en París— para señalar, por ejemplo, las similitudes entre algunas de las concepciones carpenterianas sobre la cultura del Nuevo Mundo y el paradigma de los Annales que “se refiere a la existencia potencial de tiempos históricos diferentes en una misma etapa cronológica”.4 En esta introducción no olvida el investigador indicar también los autores latinoamericanos y cubanos que influyeron en Carpentier. Así, subraya los nombres de José Martí y de Fernando Ortiz. Del primero, aquel heredaría el ideal de injertar en estas tierras de América el mundo, con la condición de que el tronco continuara siendo autóctono; del segundo, el interés por el folclor.

En los prolegómenos, Luis Álvarez ofrece, además, algunos juicios sobre la temprana producción carpenteriana de los años 20 y 30 y observa que 1929 pudiera ser tenido por el año en que arranca su meditación sobre la cultura, la cual, a partir de este momento, amplía “su cimiento básico de entonces, la música, [para proyectarse] […] hacia una consideración más amplia sobre la realidad cultural latinoamericana”.5 En el final de esta parte, el autor adelanta al lector el tema de los análisis que encontrará en los próximos capítulos cuando apunta que en este periodismo juvenil ya es posible advertir las líneas fundamentales del pensamiento cultural de Alejo Carpentier, a saber: “la importancia del folclor en América Latina, los sustratos de tradición —europea, amerindia, africana e incluso, aunque en menor grado, asiática— en la cultura de estas tierras; la relación entre Europa y América, la crisis cultural de la primera y la necesidad de dinamizar la identidad propia de la segunda”.6

Hasta aquí todo el discurso estaba perfectamente hilvanado, ¿podía afirmarse que el resto del texto era el que carecía de maestría? En esa parte del libro Luis Álvarez divide en etapas la producción de Carpentier para analizar la evolución de su pensamiento cultural desde los años 40 —a partir, específicamente, de la publicación de La música en Cuba— hasta finales de los 70. El investigador entiende La música en Cuba no como un mero estudio del arte musical en la Isla, sino como una interpretación del desarrollo de la cultura cubana. Sumamente renovadora resulta su visión de este texto, pues, por ejemplo, a partir de una reflexión de Carpentier sobre los procesos de conquista y colonización en América y su declaración de que terminada “la lucha de los cuerpos, iniciábase la lucha de los signos”,7 logra establecer concordancias entre esta idea y algunos presupuestos de los semiólogos Umberto Eco y Roland Barthes. Además, otra consideración carpenteriana en torno a la conservación de las tradiciones africanas entre los negros cubanos, lo conduce a afirmar que La música en Cuba podría inscribirse dentro de las teorías poscoloniales. Cierra el capítulo con un análisis de la insuficiente recepción crítica que ese texto esencial de Carpentier ha tenido en Cuba.

A continuación Luis Álvarez se detiene en la producción carpenteriana de la década del 50 para valorar las reflexiones sobre la cultura presentadas en la columna “Letra y Solfa”, entendida por él como “un inmenso taller de meditación intelectual sobre la cultura”,8 y las publicadas en el Diario, que más que por un cuaderno de vivencias personales, habría de ser tenido por “un diario literario sobre sus lecturas y la música que oía […] en aquellos años”.9 Luis Álvarez sostiene que en esta etapa de madurez Carpentier ha comprendido que “el folclor por el folclor carece de sentido [pues] en el fondo termina en una mistificación cultural”10 y apunta que ahora el novelista se ocuparía del problema de la transculturación de signo inverso, o sea, de las manifestaciones culturales como la música y la danza, que, salidas de América, conquistaban el Viejo Mundo. Hace notar, asimismo, que en algunos artículos de “Letra y Solfa” Carpentier identifica ya rasgos del barroco en la expresión artística latinoamericana.

En este complejo examen, Luis Álvarez señala que en Tientos y diferencias, compilación de ensayos publicada en 1964, se identifica un punto de giro en el pensamiento carpenteriano sobre la cultura. Para el investigador este es un período de una segunda madurez, en el cual Carpentier no solo busca estimular la cultura cubana y de todo el subcontinente latinoamericano, sino también establecer una identidad cultural a partir de un proceso de diferenciación. Y en este punto, la perspectiva carpenteriana coincide, según el investigador, con la de Simón Bolívar, quien afirmaba que en América existía un nuevo género humano. Es en Tientos y diferencias donde se utiliza por vez primera en la ensayística de América Latina el término neobarroquismo. Precisamente, sobre tal tópico versa la última parte del trabajo de Luis Álvarez.

Allí el investigador explica la revalorización del barroco del siglo xvii emprendida en el xx, así como la marcada influencia que sobre Carpentier ejerció la obra de Eugenio d’Ors, uno los principales teóricos del barroco. Además, establece un interesante diálogo entre las concepciones que del barroquismo manejaban Carpentier y Lezama, marcadas, ambas, por “la urgencia de definir la expresión cultural continental”.11 El primero lo entendía como “una constante humana”;12 el segundo, preconizaba la ampliación de su campo semántico. Por otra parte, Luis Álvarez revela que las concepciones de Severo Sarduy, tenido por uno de los iniciadores de los estudios sobre el neobarroco, tienen su antecedente directo en las ideas de los dos intelectuales cubanos antes mencionados.

En este libro, además de una novedosa mirada sobre una de las zonas menos exploradas de la obra de Carpentier, el investigador introduce reflexiones de suma actualidad. Por ejemplo, teniendo en cuenta la idea carpenteriana de que el barroco es inherente a América pues “todo mestizaje, por proceso de simbiosis, de adición, de mezcla, engendra un barroquismo”,13 se pregunta si un proceso semejante pudiera darse en la Europa de hoy, sometida a tantas migraciones. La respuesta se halla en el propio texto: mientras América Latina permanece abierta y accesible a nuevas transculturaciones, el Viejo Continente continúa reacio al cambio. Por otra parte, inserta críticas a los medios académicos cubanos, debidas, justamente, entre otros factores, a la ausencia de una perspectiva culturológica.

Tampoco esta segunda mitad del texto merecía ser catalogada de desmañada. Incapaz de hallar elementos que justificaran el uso de aquel adjetivo, solo podía atribuirlo a un exceso de modestia del autor, cuya obra no es expresión de un trabajo carente de habilidad o destreza, sino de un esfuerzo de extensa y profunda meditación. No es justo Luis Álvarez, consigo mismo, cuando afirma que las “reflexiones de Carpentier sobre la cultura exigirán todavía por mucho tiempo una investigación más orgánica que [sus] consideraciones desmañadas”,14 porque, si bien es cierto que el tema es aún susceptible de examen, dada la naturaleza inagotable de la obra carpenteriana, a partir de ahora, cualquier otro estudio que se realice al respecto, deberá tomar, como primer referente, este libro suyo.

Después de todo, tal vez sí conseguiría señalar alguna falta a Luis Álvarez: la incomprensión de la relevancia de su propia labor. Hacia el final del texto, el investigador camagüeyano apunta que esas páginas “no son sino una prueba de [su] personal angustia por que se lleve a cabo el rescate vital de raíces esenciales del pensar en Cuba”,15 pero ese rescate del que habla ya ha sido emprendido por él mismo. Así, la obra Alejo Carpentier: la facultad mayor de la cultura habría de entenderse como parte de una suerte de trilogía conformada por otros dos trabajos suyos: El pensamiento cultural en el siglo xix cubano y la selección Pensar la cultura en cubano, escritos, ambos, en colaboración con la investigadora Olga García Yero y fruto, todos, de su preclaro afán por comprender nuestro pensamiento cultural como un continuum.

Bibliografía

Álvarez, Luis: Alejo Carpentier: la facultad mayor de la cultura, Ediciones ICAIC/Fundación Alejo Carpentier, La Habana, 2016.

Diccionario de la lengua española, Real Academia Española, 23ª edición, 2014, http://dle.rae.es/?id=DgIqVCc  [20 de febrero de 2017].

Diccionario de uso del español de América y España, 1ª edición, Spes Editorial, Barcelona, septiembre 2003.

Esteban de Carpentier, Lilia: “Nota de Lilia Esteban de Carpentier”, en Alejo Carpentier: Diario (1951-1957), Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2013.

1Cfr. Luis Álvarez: Alejo Carpentier: la facultad mayor de la cultura, Ediciones ICAIC/Fundación Alejo Carpentier, La Habana, 2016, p. 256.

2Diccionario de uso del español de América y España, 1ª edición, Spes Editorial, Barcelona, septiembre 2003.

3 Luis Álvarez: op. cit., p. 19.

4Ibídem, p. 106.

5Ibídem, p. 79.

6Ibídem, p. 125.

7Apud Luis Álvarez: op. cit., p. 132.

8Luis Álvarez: op. cit., p. 186.

9Lilia Esteban de Carpentier: “Nota de Lilia Esteban de Carpentier”, en Alejo Carpentier: Diario (1951-1957), Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2013, p. 203.

10Luis Álvarez: op. cit., p. 184.

11Ibídem, pp. 316-317.

12Apud Luis Álvarez: op. cit., p. 278.

13Ibídem, p. 315.

14Luis Álvarez: op. cit., p. 256.

15Ibídem, p. 320.

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