Margarita Mateo Palmer Premio Nacional de Literatura

La candidatura de Margarita Mateo Palmer al Premio Nacional de Literatura fue una propuesta de la Fundación Alejo Carpentier junto a otras instituciones cubanas. Damos a conocer las palabras de la premiada en el otorgamiento del lauro así como el discurso de elogio a cargo del ensayista y profesor José Antonio Baujin.

Aún conservo dos viejos tapices bordados en 1867 por mi bisabuela. Hace casi siglo y medio ─140 años exactamente─ la madre de la madre de mi madre estampaba flores en su canevá, motivos frutales, empinadas cruces, siluetas de animales y, casi obsesivamente, abecedarios. Uno gris, otro azul, dos verdes, uno blanco, dos naranjas y uno rojo: nueve alfabetos en total. Letra tras letra, una y otra vez, en altas y en bajas, con diferentes estilos tipográficos, poco antes de estallar la Guerra de los Diez Años, Úrsula Boudet atravesaba la urdimbre con su aguja en un paciente ejercicio de destreza manual, y bordaba letras, una tras otra, fijando un peculiar tipo de escritura que aún no hablaba pero disponía de los signos para hacerlo, se ejercitaba en ellos, se deleitaba en sus trazos.

Esos alfabetos coloridos me han acompañado por mucho tiempo. Colgados de la puerta de mi cuarto, frente a la cama donde leo, en los tiempos de apagones y en los de mayor luminosidad, los viejos tapices han sido testigos de mi propia escritura cuando, no puntada a puntada, ni a través de letras de diversas formas y colores, sino palabra a palabra, he ido convirtiendo mis pensamientos y mi sentir en un lenguaje capaz de traducirlos. De algún extraño modo, convocado quizás por el concurrente azar lezamiano ─que acerca elementos distantes, anulando tiempo y espacio─ las letras parecían a veces saltar del tapiz a la página; de la mano que mantenía enhiesta la aguja en el siglo xix a la que sujetaba un bolígrafo en el siglo xx o manejaba un teclado en el xxi; del canevá expectante a la hoja en blanco a la pantalla esplendente en un juego de difuminación y solapamiento de identidades que, a través de la vía unitiva, ligaba el ancestro con la descendencia, el arte de los orígenes con la creación posterior. El gesto de mi antepasado hallaba un eco, imaginario, en la página que poco a poco se iba llenando de labores tan arduas como aquellas cadenetas abecedarias repetidas pacientemente una y otra vez.

No recuerdo cuándo comenzó mi pasión por la escritura. Creo que desde que aprendí a leer y descubrí en el lenguaje escrito una forma de expresión que no encontraba en la lengua hablada. Las letras decían de una manera diferente, sabían atrapar los sentimientos difíciles, atolondrados, esquivos: una a una se sumaban en un juego de combinaciones fascinantes para crear un sentido, apresar una idea difusa y hacerla cobrar forma, para fijar aquello que parecía escapar, ayudando a la memoria a retener lo que corría el riesgo de desaparecer. Era un modo de conservar rescatando del olvido, fijando en un lienzo cuanto se tornaba huidizo, rebelde, levantisco, y amenazaba con no dejar huellas. Pero era sobre todo un modo de aclarar, de sacar a la luz, para descubrir o reconocer, lo que se ocultaba, a veces camuflado, en los más oscuros recovecos del sentir. Y aun aquellas ansias que volando tan alto en la imaginación se extraviaban en un mundo de quimeras y perdían el enlace con la lucidez. Palabras nacidas a la desbandada, en medio del delirio, la alucinación y el arrebato. Palabras con una vocación grafitera tan desenfrenada que se estampaban en las sábanas, en las paredes, en los blancos muros.

Escribir ha sido también una forma de tratar de amansar ese caballo desbocado que ha vencido las riendas, de intentar recobrar, aunque tan siquiera fuera, algunos fragmentos de la razón en fuga. Palabras que como soldados de una antigua fortaleza asediada por todos los costados, han cerrado filas para hacer inexpugnable el sitio donde el alma se cobija. Palabras que han servido para exorcizar los demonios y que, como misterioso bálsamo, han cerrado las heridas más tenaces y profundas, curando, cicatrizando, devolviendo al espíritu la luz que lo sostiene: ejercicio de salvación, de limpieza espiritual, de reconciliación conmigo misma.

Desde niña escribí diarios, pero nunca pensé que me convertiría en escritora. Escribir era un acto de absoluta intimidad y siguió siéndolo durante mucho tiempo. Fueron el ejercicio de la docencia, las demandas de la vida académica, las que me llevaron de la mano hacia otro tipo de escritura: la que se hace no solo para uno mismo sino para otros, la que sabe desde los inicios que estará expuesta a una mirada ajena. Mi primer libro salió cuando tenía casi cuarenta años. Fue mi iniciación, algo tardía, en una aventura que no he abandonado hasta hoy y que, poco a poco ha ido ocupando un lugar central en mi vida.

Esa aventura, cuyo fundamento es la isla donde habito, ha tenido siempre un destinatario ideal, lector que comparte conmigo valores culturales, experiencias históricas y el legado espiritual de la nación. No es que haya escrito encerrada en el terruño, desconociendo otros lectores, mas mi afán se ha encaminado a un diálogo constante con otro que también lleva la isla, corazón sumergido, dentro del pecho. Lo escrito hasta hoy, con la paciencia y la obstinación de quien borda alfabetos sobre un lienzo mientras oye pasar los coches ─trepidar de cascos sobre los adoquines─ ha respondido a un deseo de establecer un diálogo con mi cultura a través de la palabra. Voces de mi tradición literaria más cercana ─ “dos patrias tengo yo, Cuba y la noche”─ me han asistido a lo largo de estos años, alimentando mi quehacer.

Los tapices de mi bisabuela, cuidadosamente protegidos generación tras generación, fueron bordados en esta ciudad frente al mar, cruce de caminos, sitio del encuentro y de la despedida. El mismo espacio que hoy me cobija fue testigo de los arduos trabajos sobre el canevá en el siglo xix, y ante esa certeza, otro vínculo se establece con las telas abecedarias: aquel que se asienta sobre el lugar compartido, sentido de pertenencia a la ciudad, a la isla, al país natal.

De la vastedad del mar al laberinto de las estrechas calles ─donde a la realidad física se superponen los signos que remiten a una dimensión simbólica─ se va delineando el mapa espiritual de la ciudad de las columnas, cuya evanescente cartografía queda superpuesta a los diseños urbanos, añadiendo mito sobre mito, palabra sobre palabra, texto sobre texto.

Durante la infancia, pero sobre todo en plena adolescencia, solía recorrer la ciudad patinando, haciendo míos los sitios que transitaba desafiando el vértigo del equilibrista. Cada tramo vencido se incorporaba a la memoria, dejaba una huella afectiva, mientras la ciudad rendía sus secretos, abandonaba sus lipidias y endromurias para hacerse más transparente. Donde un muro y una calle se encuentran con otra en un cruce de caminos, 5ta y B, surgió el sitio inicial de reunión del grupo del mismo nombre ─cofradía, hermandad, corrillo pandillero─, que se desplazó luego hacia el Parque Villalón, donde un Neptuno erguido y vigilante ─ubicado hoy en la Avenida del Puerto─ era el guardián del territorio. Subida en la tercera concha del pedestal de la estatua, guitarra en mano, cantaba “In my life”, mas también los dulces versos de los errantes trovadores, aprendidos de la voz de mi padre en la niñez. La entrada a Upsalón, el fatigoso ascenso de su escalinata rodeada de palomas, con mágicos pasadizos hacia otras lomas, las del Escambray, también conducía a un sitio donde se podía contemplar desde lo alto, pródiga, otra ciudad hechizada.

Tras su aparente abandono ─engañosa dadivosidad para ofrecer la superficie de sus espacios─, La Habana es avara de su intimidad y sus arcanos: ciudad que dándose no se da, ni en la entrega rinde sus resguardos. De súbito se torna perdidiza, no ganada: su ofrecimiento es solo gesto momentáneo, pose que enmascara el suave repliegue sobre sí misma. El incesante fluir de la vida ha impregnado, como tenue neblina salitrera, los muros y las calles de la villa costera, cargando de significación los espacios urbanos, dejando huellas del quehacer de los hombres en los más ocultos rincones, reconfigurando en secreto los mapas estelares.

Narra Macedonio Fernández en su Museo de la novela de la eterna que “al ocurrir que el cuerpo de Alfonsina Storni tocó las aguas de la muerte, la ciudad se desplazó sobre su eje girando su perímetro unos centímetros” y “gracias a ese hecho, a la sensibilidad de la sede de una ciudad al instante de la muerte de una alma soñadora, Buenos Aires entró al misterio”. La Habana, cuya fundación mítica es siempre inacabada, también se estremece y gira imperceptiblemente con la muerte de sus poetas suicidas y con la de quienes, como aquel que tenía el impuro amor de las ciudades o el que huía espantado del corredor del hotel, la abandonaron tempranamente.

¡Habana, ábrete y trágame!”, gritó la mujer que se arrojó bajo las ruedas de un automóvil en “La gran puta” piñeriana. Pero entonces, y camino al cementerio, “La Habana se hizo más rígida para que ella pudiera ir sin baches hasta Colón”, esa otra ciudad que con sus calles, plazas y avenidas, tórnase duplicación, remedo en sombras de la urbe mayor que la contiene.

Al otro día de recibir la noticia de que se me había otorgado este Premio, llegaron unos primos, nacidos en los Estados Unidos, que vinieron a conocer el país natal de su madre y la tumba de nuestros abuelos. Dejé atrás el revuelo de las felicitaciones, el teléfono con su sonar incesante y fui con ellos al cementerio. Allí, en el cuartón de La Milagrosa, después de mucho buscar, encontramos la bóveda de Úrsula Boudet, fallecida en 1926, donde también están los restos de mi abuela materna. Más tarde estuvimos en la tumba de mi abuelo, donde reposan mi madre y mi padre, y, por esos azares de la vida, el padre de mi hijo, y el entrañable Salvador Redonet. De nuevo una invisible causalidad me llevaba de vuelta a los orígenes, a la trama inicial de esta historia, pausa de meditación en medio de la algarabía.

Visitar el Cementerio de Colón, ─pequeña villa dentro de la ciudad, singular palimpsesto citadino─ es penetrar en otra dimensión donde la memoria es regente. La frontera entre la vida y la muerte se hace más tenue. Allí, rodeada por los blancos monumentos creados por el hombre para enaltecer la última morada ─arte sobre la piedra, arte sobre la tela, arte sobre la página pendiente, siempre en busca de la belleza inacabable─, sentí la intensa satisfacción de haber permanecido, de seguir habitando esta isla, dando continuidad al legado recibido.

Letras y palabras en su entrecruzamiento han ido creando la obra realizada. Recibir un reconocimiento tan alto por esta labor que ha sido, más que empeño, necesidad espiritual, es un don que me sobrepasa y al que solo puedo responder con palabras elementales, pero rotundas y muy sinceras: muchas gracias.

 

Discurso de elogio de Margarita Mateo en la entrega del Premio Nacional de Literatura 2016 (La Habana, 12 de febrero de 2017) a cargo de José Antonio Baujin

 

Querida Premio Nacional de Literatura 2016, Margarita Mateo Palmer;

autoridades del Ministerio de Cultura;

directivos del Ministerio de Educación Superior (que seguramente se encuentran),

escritores, amigos, invitados:

Cada entrega del Premio Nacional de Literatura en Cuba despierta expectativas diversas, sorpresas, polémicas sustentadas en los más disímiles criterios valorativos del gremio de escritores, editores, especialistas y público lector. Y es que, aún con mucho camino por andar en cuanto a posicionamiento dentro de nuestro sistema cultural, el Premio Nacional de Literatura ha conseguido convertirse en uno de los lauros más acreditados y codiciados en la Isla. Obviamente, la aspiración al galardón no la motiva un interés monetario, dada la escualidez rocinantesca de la dote, del todo desequilibrada frente a la envergadura de la distinción, sino lo que es menos volátil que la moneda dura, el carácter legitimado que otorga a los premiados, conformadores de un posible canon de las letras cubanas de estos tiempos.

Para los autores, es evidencia del reconocimiento de la valía de su esfuerzo imaginal y de escritura; de lo meritorio de los muchos sueños acumulados y los empeños por aportar realmente al ocio sano y al conocimiento que enaltece, al corpus literario de una isla que puede presentarse globalmente a través de él con tamaño de gigante. Para los autores significa el triunfo de sus apuestas por la obra vital entregada al cultivo de la literatura, vástagos echados al mundo con la esperanza de que encuentren el sentido cabal de su existencia en las accidentadas y nutridas rutas de la lectura inteligente y fertilizadora.

El lauro otorgado hoy a Margarita Mateo Palmer enaltece la condición del Premio Nacional de Literatura. Lo prueba la enorme resonancia favorable que ha tenido la noticia dentro y fuera de Cuba. No podía ser menos, porque Margarita Mateo forma parte del grupo de escritores e intelectuales cubanos que no viven de la literatura, existen para y, en su caso, en la literatura, y la obra que exhibe marca con huella profunda la historia de la manifestación. La sentencia martiana «Saber leer es saber andar. Saber escribir es saber ascender» cobra especial significado en autores como ella.

 Investigadora, ensayista, narradora, profesora de literatura, el quehacer intelectual de Margarita Mateo se ha alineado siempre con las urgencias culturales de una sociedad clamante por un pensamiento que actualice nociones, que recele de las certezas establecidas y se arriesgue, que se convierta en provocación para el diálogo y la polémica fecundas. Maggie comprendió muy temprano en su desarrollo profesional la utilidad de la virtud de un trabajo docente, investigativo y escritural lúcido y honesto, que desterrara la actitud aquiescente y genuflexiva ante el statu quo, inútil en su cíclica redundancia. Ello le supuso optar por el camino más difícil e incómodo, el que requiere de mayor poder de resistencia, el de las posturas de vanguardia, el trillo profesional más sembrado de maleza y escollos de todo tipo, pero la ruta, sin duda, más comprometida con el tiempo y nuestras circunstancias, con la vocación humanista y descolonizadora que sembraron en las entrañas de la nación nuestros ideadores.

 Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad de La Habana en 1974 y Doctora en Ciencias Filológicas desde 1991 por la misma alma mater de la educación superior. Las aulas de su Escuela de Letras en Upsalón y las del Instituto Superior de Arte fueron su principal laboratorio de ideas durante cuarenta años. Quienes hemos sido sus alumnos sabemos que hay una marca Margarita Mateo, al menos; un tatuaje Maggie en el cuerpo intelectual, un grafiti Maggie en nuestro muro profesional. Tal ha sido su entrega docente, su pasión desbordada por la literatura, su constante provocación inteligente, su cercanía de magistra.

Su posicionamiento discursivo en la Academia en los dominios de las letras latinoamericanas, caribeñas y cubana la obligó a saber de las centralidades de la crítica y la historiografía y, por tanto, de sus límites, una noción siempre activa en el pensamiento de Maggie porque en los bucles, en los intersticios o en el cruce de fronteras ha hallado siempre la revelación. Un acercamiento a la poética de Margarita Mateo no puede desconocer su personal y desestabilizador trato con estructuras añejas como las de centro/periferia, adentro/afuera, local/universal, realidad/invención, discurso científico/discurso coloquial, espacio privado/espacio público, teoría/praxis, alto/bajo…

La obra de Margarita Mateo rehúye la lluvia en terreno mojado. Su pensamiento, diseminado en más de un centenar de artículos y ensayos publicados en revistas culturales y académicas de Cuba y el extranjero, y en más de una docena de libros propios, es pensamiento fundador, tanto cuando los autores clásicos son el objeto de estudio, como cuando se enfrenta a las producciones actuales y/o marginales o no establecidas.

Maggie forma parte de un pequeño núcleo de intelectuales cubanos que se propusieron en los ochenta y los noventa desperezar el conocimiento teórico de la literatura y la cultura en el patio, sacarlo de su encorsetamiento manualista trasnochado y conectar con lo más valioso del flujo teórico internacional sin acatamientos dóciles (aquí no puede dejar de mencionarse a Salvador Redonet, amigo y compañero de batidas de lanzas contra gigantes-molinos).

 Si la literatura latinoamericana cuenta con zonas iluminadas por Margarita Mateo, es imprescindible apuntar que su piedra es pionera, no solo en Cuba, en cuanto al universo de las letras caribeñas atañe, una noción que en la literatura internacional ella contribuye a perfilar en discursos críticos e historiográficos. Y en las letras de nuestra isla, Lezama, Carpentier, Lidia Cabrera, Guillén, Pablo Armando Fernández o Antón Arrufat, por solo mencionar algunos nombres, deben a Mateo textos y lecturas de obligada referencia; como obras, autores y tendencias de la literatura de las décadas del ochenta a nuestros días tienen en los juicios de Maggie motor de arranque crítico con eficaces estrategias legitimadoras. Del huracán al negro y su cosmovisión, del archipiélago y la insularidad como motivos a la migración y sus efectos culturales, de los textos de la trova tradicional y de la nueva y de la novísima trovas como espacio literario no tradicional a los no menos novedosos tatuajes y grafitis urbanos, performatividad potenciada de la expresión literaria en busca de canales otros de circulación. El testimonio, la literatura que expresa al negro, al sujeto femenino, al homosexual y al bisexual y otras manifestaciones situadas en lo que se entiende como periférico y marginal conocen del pensamiento movilizador, reestructurante de Maggie Mateo.

En un recorrido sucinto como este, que pretende un botón de muestra de razones suficientes para el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura a Margarita Mateo, no puede prescindirse de la mención al cuidadoso forcejeo con la lengua a que somete la autora su proceso de escritura; del registro culto al popular, Maggie se mueve de uno a otro y consigue un discurso elegante y personal… hechicera convocante, a través de las letras y las palabras, de la belleza que exorcice sus propios demonios. Ello todavía es más notorio en sus textos de flagrantes violaciones genéricas: su ensayo-novela y su novela-ensayo, por aludir de alguna manera a esos hitos raros de las leras cubanas que son Ella escribía poscrítica (1996) y Desde los blancos manicomios (2008), dos piezas que cierran el siglo xx y abren el xxi en nuestras letras con ciclópea altura y que en cada uno de sus momentos estremecieron el mapa literario insular.

Al cervantino y moderno juego de identidad del «yo sé quién soy» y quiénes soy según la percepción de los otros, Margarita Mateo opone el de «yo soy yo», ampliado por el «hoy soy yo». Margarita Mateo, ese delicioso sujeto (ex)céntrico de nuestras letras, merecedor de los más importantes lauros literarios de la isla (y algunos de fuera de ella) y hasta ocupante de un sillón de la Academia Cubana de la Lengua (hay que decir que, para conciliar con su espíritu rebelde e iconoclasta, el destino le otorgó la silla V, una letra inexistente en la fonética cubana y casi desaparecida en los caprichosos usos ortográficos de estos tiempos); Margarita Mateo es, desde hoy, Premio Nacional de Literatura. Eso, Maggie, para beneplácito de una multitud de admiradores, al frente de los que están la Marquesa Roja, el Babalao Veloz o Clitoreo, María Estela, el Negro de la Risa de Oro y muchos otros, personajes de realidad-ficción que han poblado tus lecturas, tus aulas en Cuba y en el extranjero, que son también tus lectores, colegas y amigos.

Maggie, al final late un nuevo posprincipio, ese que nos hace pedir/esperar con humildad, pero con toda exigencia, que la profesora revuelva nuevamente las fichas, los manuscritos, los poemas inéditos de un novísimo escritor, las cartas del Tarot, la convocatoria a un evento en quién sabe dónde… y que no desista de su afán por encontrar la pluma con la que escribe una crítica de la crítica sobre una novela. Comprende, Gelsomina, la necesidad de seguir sosteniendo –si es preciso, de rodillas– el peso aplastante de la isla fugitiva, maldita, del dolor, del olvido, también isla recobrada, de la memoria, isla entrañable. Querida Maggie, Surligneur-2, Dulce Azucena, Siemprenvela, Mitopoyética, Intertextual, Abanderada Roja, Gelsomina y un largo etcétera nominativo de identidades yuxtapuestas, superpuestas, antitéticas o complementarias, con las cuales te travistes o desnudas; querida Margarita Mateo, gracias por la piedra a la que te aferras, la que da sentido a tu existencia; prosigue tu andadura por los caminos que desfacen entuertos: si tu piedra no sirviera, «inútiles serían las estrellas».

Muchas gracias.

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