Misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 8

Por Graziella Pogolotti

 

En 1928, la inauguración del Aula Magna de la Universidad de La Habana ofrecería un ámbito con la solemnidad requerida para celebrar la Conferencia Panamericana. Con esta reunión, el dictador Gerardo Machado, aspiraba a obtener legitimidad y respaldo para su proyecto de prórroga de poderes. Su gobierno tropezaba ya con la resistencia de sectores sociales tan influyentes como los obreros, los estudiantes y los intelectuales. Tenía, además, que reafirmar su inclaudicable posición anticomunista. Aunque afirmara alguna vez que no lo tumbarían con papelitos, había que empezar a limpiar el terreno con un año de anticipación.

 

Con ese propósito, en enero de 1927 ofreció amplia información a través de la prensa acerca de la investigación en marcha para detener a todos los sospechosos de actividades comunistas. Al cabo de un tiempo dispuso de un extenso listado que incluía a obreros de San Antonio de los Baños, a los profesores de la Universidad Popular José Martí, a miembros del grupo minorista y a algún incauto miembro del Club Rotario de Camagüey. En alianza con otros dictadores de América Latina como Augusto Leguía y Juan Vicente Gómez, la orden de captura alcanzaba también a exiliados de esos países residentes en Cuba. Unos pocos, más avezados en la vida del clandestinaje, como los futuros miembros del Ala Izquierda Estudiantil, Aureliano Sánchez Arango y Raúl Roa encontraron refugio seguro y no pudieron ser apresados.

 

Salían del bufete de Emilio Roig, José Antonio Fernández de Castro y Alejo Carpentier un 9 de julio cuando fueron detenidos y conducidos a la Cárcel de La Habana involucrados en la Causa 967/927 por motivo de rebelión. Para el novelista en ciernes, la experiencia le permitió conocer de cerca un variopinto universo marginal y emprender la versión inicial de su ¡Écue-Yamba-Ó! A pesar de las muestras de humor que manifestaron los intelectuales presos, evidentes en la extensa documentación depositada en la Fundación Carpentier, la situación dejaba de ser grata. Pendía sobre ellos la amenaza cierta de muerte o desaparición forzosa. En una oportunidad les ofrecieron la opción de un traslado a la prisión de la Cabaña, donde tendrían mejores condiciones materiales. Suspicaces, después de un largo debate, los encausados rechazaron la propuesta.

 

La implementación de la causa marchaba con lentitud. El Gobierno empezó a tomar medidas. Ofreció a los cubanos la libertad condicional bajo fianza. Los extranjeros fueron deportados, entre ellos el brillante crítico Martí Casanovas, animador de las exposiciones de arte nuevo y activo colaborador de la Revista de avance. Sobre Carpentier, nacido en Lausana, pendía similar amenaza. Los amigos del minorismo se movilizaron en procura de una solución.

 

(Continuará)

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