Los pasos perdidos

Ediapsa, 1953
México

Como si, de la América Amazónica, hubiese querido responder al mensaje de la América Central, lanzado recientemente por el gran Miguel Ángel Asturias con Hombres de maíz. Alejo Carpentier acaba de publicar, bajo el título de Los pasos perdidos”, un vasto grito fraterno, angustiado y hermoso.

Alejo Carpentier, se inició en la novela con un libro sorprendente por su lirismo y su color, bajo el título de ¡Écue-Yamba-Ó! (término de una invocación mística) que es, a la vez, estudio y descripción de los ritos de la santería antillana, que debemos colocar bajo el mismo signo de los admirables Cuentos negros de Cuba de su compatriota Lydia Cabrera. Cualesquiera que hayan sido sus actividades de ensayista o de cuentista, permaneció fiel a ese ideal primero, sin dejar de interesarse al alma antillana, a todas las formas de expresión cobradas por esa alma, sea en estudios acera de la música de ella (y es de una competencia excepcional en ese dominio), sea en sus novelas propiamente dichas, como El reino de este mundo, donde narra el drama de varias revoluciones haitianas.

Debo decir que este escritor escrupuloso, cuyo estilo es el de un artista consumado, nunca cedió a la tentación de irse a lo pintoresco fácil y superficial, buscado por tantos otros que sólo ponen sus empeños en hallar materia de descripciones más o menos sensacionales. Alejo Carpentier quiere llegar al fondo de las cosas, y considera, desde el interior, los paisajes como otros tantos estados del alma. Es lo que comunica a su producción una seriedad profunda, apaciguadora, que conquista nuestra confianza. Hay, en este escritor ferviente y apasionado, un hombre hecho a las disciplinas de la exactitud y de la verdad.

Era natural, pues –y hasta diría: inevitable– que, un día, la lógica misma de su temperamento lo llevara a dilatar el campo de sus búsquedas, extendiéndolas, a la vez, en el Espacio y en el Tiempo. Es esto, lo que comunica una tal importancia, un tal acento a la novela que acaba de publicar, y que tiene por eje, ahora, la América entera, en lo que tienen, a la vez, de más generalizado y de más secreto. Desde este punto de vista, Los Pasos Perdidos es un libro inimitable y definitivo.

El escollo estaba, precisamente, en los elementos de generalización, un tanto imprecisos, que constituyen el punto débil del cuento filosófico. Alejo Carpentier supo sortearlo con una habilidad que se explica por su sentido de lo real, que nunca le abandona, y le ha dictado, en cierto modo, la elección del teatro donde habrá de desarrollarse el drama: la grande, implacable y misteriosa selva virgen, que es, en medio del continente, algo como el plexo solar de su vida espiritual, como lo es de su sistema orográfico. Es a ese mundo inaccesible que, poco a poco, por ascensiones sucesivas, llegará el héroe de la novela, descubriendo, en cada nuevo peldaño –la llanura, la selva, las altas sabanas–, no tan sólo los secretos celosamente guardados por una naturaleza hostil de formidable potencia, pero también (y esta vez no sólo en el Espacio, sino en el Tiempo), la psique de épocas cada vez más alejadas de nosotros, hasta tocar con los dedos, por así decirlo, lo momentos terribles de los primeros días del Génesis.

Un argumento muy sencillo sirve de trama a ese tejido a la vez sombrío y deslumbrador. Un compositor desafortunado recibe la misión oficial de colectar instrumentos de música primitivos, que deben hallarse en una región remota del continente. Deja a su esposa, llevándose con él a su amante, una cierta Mouche, cuya cultura ficticia, cuyo esnobismo, con una suerte de encarnación de cierta pretenciosa intelectualidad muy al gusto del día. Y la inconsistencia del personaje se acentúa, a medida que cobra cuerpo y vigor una cierta Rosario, mujer tosca hallada en el camino y en la que el viajero no tarda en ver la mujer ideal que esperaba su profundo deseo de autenticidad humana. Con un arte sutilísimo, Alejo Carpentier nos hace seguir, en líneas paralelas, el doble desprendimiento del viajero, de la mujer que creía amar y de la civilización que le parecía indispensable. Y se hunde, a la vez, en la verdad telúrica de los tiempos en que el hombre no había cortado sus vínculos con las fuerzas elementales, y en su propia verdad que le ocultaban hasta ahora, el espejismo de los sentimientos y placeres de la urbe.

Pero –debo afirmarlo otra vez– nada en esto huele a tesis ni parece ajustarse a un plan preconcebido. Todo se desarrolla en la atmosfera de lo verosímil y plausible, con la magnífica naturalidad de lo vegetal que sólo conoce sentimientos a la ley del tiempo que transcurre. Y esto es tanto más sorprendente, si pensamos que, con una autoridad cada vez más afirmada, el autor nos hace penetrar, insensiblemente, en un universo donde reina, con autoridad absoluta, la magia. Pero es una magia casi sin ritos, inconsciente en cierto modo, y que no es, en su fondo, sino el conjunto de los gestos instintivos que hace el hombre para manifestar sus estados de comunicación con el universo…

Es evidente que una toma de contacto tan honda con lo esencial y lo primordial no podía prolongarse, y el personaje del libro se ve obligado a recorrer el camino inverso que lo devuelve al callejón sin salida de su pasado. Pero, poco importa. La experiencia ha sido vivida. Y el libro escrito, es un hermosísimo libro.

Uno de los pasajes más singulares es aquel en que –hallándose en el corazón de la selva– el héroe medita delante de una jarra, que es obra de los alfareros primitivos de una tribu… “En medio de las hamacas, apenas hamacas –cunas de lianas, más bien– donde yacen y procrean, hay una forma de barro endurecida al sol: una especie de jarra sin asas, con dos hoyos abiertos, lado a lado, en el borde superior, y un ombligo dibujado en la parte convexa con la presión de un dedo apoyado en la materia, cuando aun estuviese blanda. Esto es Dios. Más que Dios: es la Madre de Dios. Es la madre primordial de todas las religiones. El principio hembra, matriz situado en el secreto prólogo de todas las teologías. La Madre de vientre abultado, primera figura que modelaron los hombres, cuando de las manos naciera la posibilidad del Objeto.

Tenía ante mí a la Madre de Dioses Niños, de los tótems dados a los hombres para que fueran cobrando el hábito de tratar a la divinidad, preparándose para el uso de los Dioses Mayores. La Madre “solitaria, fuera del espacio y más aun del tiempo”, de quien Fausto pronunciara el sólo enunciado de Madre, por dos veces, con terror. Viendo ahora que las ancianas de pubis arrugado, los trepadores de árboles y las hembras empreñadas me miran, esbozo un torpe gesto de reverencia hacia la vasija sagrada. Estoy en morada de hombres y debo respetar a sus dioses…”

No creo equivocarme si afirmo que es primera vez que se logra una interpretación tan exacta de ese pasaje del Segundo Fausto donde Goethe nombra a las Madres, con espanto y misterio, como si se inclinara sobre un abismo. El rasgo genial está en haber lanzado a la prehistoria esa noción de las Madres; en haberla propuesto para definir esas entidades informes, la forma bruta, elemental, de esa jarra, modelada en el pensamiento confuso de lo Incognoscible.

Ese pasaje sólo bastaría para revelarnos que, con Alejo Carpentier, estamos en presencia de un gran artista, rico en intenciones. Pero hay otros, muchos más, que resumen el sentido y el alcance de los diversos episodios que jalonan el periplo de esa odisea de la selva. Y creo necesario insistir en aquel, del comienzo, donde el autor describe los instrumentos musicales de hoy, como una suerte de preludio a los que su héroe habrá de encontrar más tarde en las tribus, reducidos a la primitiva y mágica función de exaltar el andar o la danza, y de los cuales recibirá enseñanzas decisivas para el Treno cuya composición medita. La erudición de Alejo Carpentier en dominio de musicólogo es muy vasta.

Pero, lo más notable de Los pasos perdidos –y lo más conmovedor también– es la sinceridad, el fervor, con que el novelista se ha “comprometido” por así decirlo, con su asunto Nada, en su relato, tiene asimilación posible con la teoría, grata al siglo XVIII, del “buen salvaje”. En ese libro hay algo infinitamente más profundo. Y es una visión cosmológica, en cierto modo, de la historia humana; una serie de tiros de sonda, arrojados al pasado inmemorial de las razas, al propio tiempo que a un presente considerado en función de ese acontecer inmenso de los siglos. El héroe, de regreso en la ciudad, desconcertado, desamparado, tiene, de pronto, como una revelación del miedo, del gran miedo visceral que sienten las multitudes modernas: “Y es que detrás de esas caras, cualquier apetencia profunda, cualquier rebeldía, cualquier impulso es atajado por el miedo. Se tienen miedo a la reprimenda, miedo a la hora, miedo a la noticia, miedo a la colectividad que pluraliza las servidumbres; se tiene miedo al cuerpo propio, ante las interpelaciones y los índices tensos de la publicidad; se tiene miedo al vientre que acepta la simiente, miedo a las frutas y al agua; miedo a las fechas, miedo al error, miedo al sobre cerrado, miedo a lo que pueda ocurrir. Esta calle me ha vuelto al mundo del apocalipsis, en que todos parecen esperar la apertura del Sexto Sello –el momento en que la luna se vuelva de color de sangre, las estrellas caigan como higos, y las islas se muevan de sus lugares. Es como si el tiempo de este laberinto y de otros laberintos semejantes estuviese ya pesado, contado, dividido…”

Estas alusiones bíblicas se integran en la tónica general de la obra, comunicándole, un cierto acento real-esotérico. Alejo Carpentier es un maestro.

París, 1954

Publicado en El Nacional

Caracas, 13 de mayo de 1954