Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 6

Por  Graziella Pogolotti

 

La fulgurante carrera periodística situó a Carpentier en 1926 como integrante destacado de la redacción de la revista Carteles, donde se codeaba con firmas muy prestigiosas. La publicación contaba con numerosos lectores procedentes de las capas medias de la sociedad. Tan ventajosa posición le ofreció la oportunidad de formar parte de una delegación que habría de viajar a México, país que seguía concitando las miradas de todos tras el triunfo del movimiento revolucionario iniciado en 1910.

 

Crecido en una isla marcada por el destino de la “maldita circunstancia del agua por todas partes”, privada de ríos caudalosos y del poderoso espinazo de macizos montañosos, la breve travesía marítima lo conduciría a Veracruz. Desde allí, emprendió en ferrocarril el penoso ascenso requerido para descubrir en el horizonte los perfiles del Izta y el Popo que anuncian el arribo a la capital de México. Había topado de repente con la América mayor, telúrica y continental. El impacto de esa experiencia iniciática, lo acompañó durante toda su vida y contribuyó a configurar la cosmovisión del narrador maduro, explorador del riñón de América, autor de Los pasos perdidos, de El recurso del método y de La consagración de la primavera.

 

 Por circunstancias que evitó aclarar, Gastón Baquero accedió en el propio 1926 a la correspondencia enviada por Carpentier a un destinatario X, cuyo nombre el poeta también optó por ocultar. En ella, el joven periodista relataba sus impresiones de un recorrido deslumbrante. El lento ascenso hacia la Ciudad de México le había revelado la riqueza de una naturaleza agreste, frondosa a veces, desértica otras, hecha de plantas y flores de nombres desconocidos, un panorama animado por pobladores indígenas, aferrados a costumbres y ropajes tradicionales.

 

En una capital en transformación, sacudida todavía por la ebullición revolucionaria, Carpentier visitó las pulquerías y las calles. Previo a su encuentro con las tertulias del surrealismo francés en el entorno de La Coupole, tropezó con lo insólito en el modo de nombrar las cosas, singularísimo como el tan evocado Recuerdos del porvenir.

 

Compartió con Lupe Marín y Diego Rivera. Sometido al duro trabajo de albañil en el apremio impuesto por la pintura al fresco, el gigantón masticaba sin cesar el chile quemante. A su lado, afirmaba Carpentier en el documento rescatado por Gastón Baquero, se hizo comunista, declaración desmesurada, síntesis del descubrimiento juvenil de una tierra nueva, del entusiasmo ante la sacudida telúrica que bordeaba la herejía, apuntaba hacia la convergencia de una doble ruptura. A un mismo tiempo, se quebraban los cimientos de la sociedad y las premisas teóricas de la vanguardia que se expandía desde Paris.  Al difícil aprendizaje de los códigos cubistas sucedía la revelación de un arte involucrado en la edificación de una narrativa histórica. En brevísima estancia, sucumbió al imán de un continente telúrico. México se convirtió en obsesión recurrente. Mucho más tarde, en Viaje a la semilla andaría tras los pasos perdidos de los orígenes de la creación.

 

 (Continuará)

 

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