Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 51

Alejo Carpentier / Foto tomada de internet

Aquí y allá, desde los años sesenta, fueron apareciendo fragmentos de un proyecto de novela que intentaría aproximarse a la realidad que emergía con el triunfo revolucionario. A pesar de esa voluntad de hacer, el proyecto no avanzó mucho y el escritor concedió prioridad a la trilogía El recurso del método, Concierto barroco y El arpa y la sombra que aparecerían en la década siguiente. Mal interpretados por muchos, el sentido que otorgaba al concepto de “novela épica” distaba del sentido homérico del término.  Así lo aclara en sus ensayos de Tientos y diferencias. Por lo demás, para abordar el acontecer  contemporáneo, resultaba indispensable lograr cierta perspectiva histórica. Sentía, por lo demás, que su deber de hombre y de intelectual lo comprometía a brindar un testimonio de lo ocurrido en un vertiginoso andar del tiempo en el cual lo imposible parecía haberse vuelto posible. A pesar de tantas prevenciones, nunca abandonó por completo el proyecto. Numerosas cajuelas de documentos conservados en la Fundación así lo demuestran.

Proyecto ecuménico, abarcador de guerras y revoluciones –que desde Octubre del 17 hasta el Girón del 61 comprende dos continentes sacude en acción y pensamiento el planeta entero, transforman el Asia, ratifican el conflicto latente de la descolonización–, que constituía un propósito inabordable. Joyce se había concentrado en Dublín, ámbito estrecho de la compleja realidad, y se centraba en la cotidianidad en el célebre monólogo que dejó en libertad el flujo del pensamiento. Proust reconstruye el mundo desde la memoria. Jules Romains y Roger Martín du Gard habían intentado volcar la historia contemporánea mediante la construcción de novelas cíclicas. En Proust, todo transcurre en la memoria de un narrador adolescente que trata de recuperar el pasado para dar sentido a su vida. El ritmo de la historia y el de la vida se entrelazan con el ritmo de la escritura en Los Thibault, de manera siempre vertiginosa. Con el paso de los años, Antoine, el médico sabe mejor que nadie que su muerte es inminente; gaseado durante la guerra, le ha ido faltando progresivamente el oxígeno.

 En sus ensayos, Carpentier había afirmado –lo reiteró insistentemente a propósito de Los pasos perdidos– que no se puede construir un personaje a partir de una vivencia que no se ha tenido, por lo cual, el protagonista de esa novela es un músico y no un fotógrafo como lo había pensado en primera instancia. En su discurso de agradecimiento en la recepción del Premio Cervantes hizo un relampagueante recuento de la historia de la novela. No hay crisis de la novela, lo que se imponen cambios adaptados a la época y a las circunstancias. Las novelas de caballería habían agotado las vivencias de su materia prima cuando apareció el  Quijote. Alerta, con palabra premonitoria, que la narrativa vivirá mientras no se someta a las leyes del mercado para caer en la monótona reiteración de los últimos ejemplares de la caballería. En su discurso del sesenta y seis, apunta la aparición de la nueva novela latinoamericana.

Estas consideraciones de orden general ofrecían pocas pistas para dar cuenta del complejo laberinto de una revolución triunfante.  Como hiciera explícito en el caso de Los pasos…, el hilo de Ariadna se encontraba en centrar el relato en los conflictos del intelectual. Con ello, a pesar de las mutaciones incluidas hay rasgos autobiográficos fáciles de reconocer. Muchos de ellos establecen rasgos intertextuales con trabajos periodísticos publicados a lo largo de su vida.    

Muy lejos de haber nacido en cuna de oro, habiendo sentido en carne propia la mordida punzante de la miseria, la alimentación insuficiente y la vergüenza de andar mal trajeado y con zapatos rotos, Carpentier sintió una fascinación especial por el palacio de María Luisa Gómez Mena, condesa de Revilla Camargo, devenido hoy Museo de Artes Decorativas. El trazado elegante de la construcción  y el ambiente acogedor de sus jardines no dejaban de tener prestancia. Había, sin embargo, cierto ambiente kitsch, propio del parvenu que hace gala de sus bienes, se rodea de cierto ambiente artístico, siguiendo las modas ya periclitadas de una España en ocaso. Para interiorizar y novelar esa atmósfera, el escritor dedicó horas de investigación en la Biblioteca Nacional, donde revisaba pormenorizadamente y con cierto deleite las páginas dedicadas a la crónica social. Encontraba perlas disfrutables en la descripción de los saraos, el vestuario de los participantes y las flores de Le printemps.

En cambio, el bosquejo de la sobrina de María Luisa Gómez Mena –inspiradora del personaje de Teresa– es de una precisión reveladora de un conocimiento cercano. En el retrato que Carlos Enríquez hizo de ella, el ojo avisado de los criollos entrenados en descubrir los matices del color de la piel y de los rasgos faciales, reconoce los atributos de un mestizaje bien lavado. Desafiante y gustosa de andar ostensiblemente a contracorriente, tenía una autentica cercanía a las artes visuales. Frecuentaba los medios de la bohemia cultural, era visita habitual de El hurón azul, aunque no dejara por ello de defender los intereses de su capital heredado. Ejerció cierto grado de filantropía. Su relación íntima con el pintor Mario Carreño la condujo a abrir una galería en la calle Prado. Sin mucho éxito, trató de atraer a algunos marchands. Intervino de manera decisiva en la organización de la célebre exposición de pintura cubana organizada en el MOMA. Casó luego con el poeta español exiliado Manuel Altolaguirre. Ambos fallecieron trágicamente en un accidente de automóvil en España.

Desde el punto de vista narrativo, la relación del personaje Enrique con Teresa era indispensable para justificar la ruptura con Vera y llevarla a su exilio interior en Baracoa. A pesar de ello, el tratamiento afectuoso del personaje revela una relación íntima, quizás pasajera, que debió existir. Cabe especular también que se tratara, aunque la cronología no corresponde, de un homenaje de despedida a la mexicana Machila. Recompuestos por respeto a la amistad, aparecen rasgos relacionados con cubanos que conociera otrora. Pero, la composición de los personajes imposibilita su reconocimiento.  

En verdad, lo que interesa al autor, llegada la hora de pasar balance sobre su vida, atenaceado ya por la muerte inminente y el aumento del ritmo de los dolorosos sufrimientos a los cuales se sometía, es dar cima a su obra con una formulación ética del compromiso del intelectual. Para lograr una pluralidad de matices, por primera vez se vale de la alternancia de monólogos, protagonizados por dos personajes que se cruzaban en la guerra de España, portadores de vivencias diferentes, tocados ambos por historias de revolución. Vera ha vivido el simbólico parto de Octubre, el exilio, el refugio en el mundo del ballet y, con la mirada fija en el tablado, ajena a los conflictos económicos, sociales y políticos. Estudiante de arquitectura, Enrique se involucra en las actividades conspirativas contra Machado. Amenazado por la policía del dictador gracias a las relaciones de la tía consigue salvar la vida mediante un exilio por tiempo indeterminado. La experiencia de esos años, desde la fascinación y el desencanto por Le Corbusier hasta la frecuentación de La Cabane Cubaine tiene mucho de autobiográfico y le debe en gran medida a los artículos publicados en la época, aunque con propósitos evidentes de acentuar el colorido contrastante de la narración, enfatiza en exceso la indiferencia ante el tema político, sumido por entero en el universo del arte. El amor por la judía Ada, le viabiliza tomar  la medida del universo concentracionario y de la persecución antisemita. Siente la necesidad de “hacer algo” y con la ayuda del músico Gaspar, militante comunista de fe inquebrantable, marcha a la guerra En el hospital, donde se repone de la herida sufrida en Brunete, conoce a Vera que ha venido a visitar a su novio, brillante investigador de literatura española, quien morirá en la guerra, sacrificio inútil, piensa ella, de un talento malogrado.

Queda abierta una disyuntiva dramática, la alternativa de sacrificar una obra valedera para inmolarse en favor de una causa. El primer antagonismo extremo ha sido perfilado. De un lado, Gaspar y Jean Claude. En el otro extremo, Vera. Titubeante, según las circunstancias, Enrique.

La Historia mostraba otra vez su lado feo. Para Vera tuvo signo de muerte y de un nuevo derrumbe. Para Enrique significó la derrota y la humillación por razones de equivocada alta política. Con el propósito de lograr un apaciguamiento imposible, prescindió de la ayuda de los internacionalistas que, sin pedir nada a cambio, acudieron a prestarle socorro. Era una piltrafa humana cuando llegó a casa de Vera en procura de un buen baño y de vestimenta para sustituir sus ropas deshilachadas. Solo Gaspar, el comunista, el hombre de la trompeta, se mantuvo inconmovible. Desde su punto de vista la historia se medía a largo plazo. Al final del largo túnel, la justicia triunfaría. Encerrado en uno de los infames campos de concentración que Francia ofreció en nombre de la neutralidad a los emigrados de España, animó a sus compañeros con el rítmico “reculez, reculez”, acto de subversión ante la prepotencia de los guardias senegaleses.

La Historia grande vuelve a imponer sus reglas de juego. La segunda guerra mundial determina el regreso de Enrique, ya unido a Vera. En un país donde la danza clásica no existe, la carrera de la bailarina ha concluido. Recibido como el hijo prodigo incorregible, para colmo, casado con una rusa de dudosa profesión, el ambiente burgués cumple con el comportamiento familiar que corresponde. Son recibidos en almuerzos familiares algo tensos y en ese ambiente se codean con gente de la high life. Por lo demás, se adaptan a las circunstancias. Enrique concluye su carrera de arquitecto. Vera ofrece clases de ballet. En su mayoría, sus alumnas proceden de familias que procuran un entrenamiento adecuado para un porte elegante en el desfile de la feria de las vanidades, pero despuntan vocaciones y talentos que sueñan con un futuro imposible. Paulatinamente, el matrimonio se aburguesa. Conserva ciertos gustos bohemios, su afición por la cultura. Instalados en La Habana Vieja, disfrutan el descubrimiento de la luz y de la intimidad de la ciudad. Persiste su diálogo con los intelectuales. Cuando no está involucrado en compromisos, subsiste el contacto con el fidelísimo Gaspar. De un ayer más remoto resurge José Manuel. Había sido el introductor de Enrique en el desciframiento de los códigos de la vanguardia. Aspiraba entonces a dedicarse a la pintura. Última variante de la especie intelectual en entrar en escena, es el renegado elemento despreciable del clan de otrora, ahora disperso. Ha traicionado el oficio. Ha renunciado a valores éticos fundamentales. Entregado de lleno a la publicidad, camaleónicamente ajusta sus ideas al valor monetario del negocio. Goza a plenitud de los bienes terrenales. Traiciona también la amistad al valerse de una crisis de Vera para intentar una relación íntima.

Alejo Carpentier no vivió en Cuba los años de la dictadura de Batista. No renunció al vínculo con el país, donde pasaba breves temporadas de vacaciones. Seguía los acontecimientos fundamentales a través de la prensa. Le faltó la vivencia cotidiana de las noticias de Radio Rebelde, de las fuerzas actuantes en la lucha clandestina, de los amigos que iban cayendo, de la búsqueda de un refugio para salvar a un perseguido, del terror en las calles cuando estallaba una bomba, de la marcha pausada de las perseguidoras tras las huellas de un conspirador, de las torturas atroces infligidas a un bobo que nada podía decir, porque nada sabía.

Carpentier tenía que salvar el vacío en términos narrativos para preservar la verosimilitud de la historia y de los personajes. La ruptura de Enrique y Vera favorece la evasión de ambos. El brillante arquitecto hace carrera en Caracas donde el auge económico impulsa la demanda constructiva. Hace concesiones menores para satisfacer los caprichos del cliente. Parece irremediablemente destinado al acomodamiento. Vera había encontrado su propia vía de realización profesional. Mantiene en el Vedado sus rentables clases para las hijas de buena familia. Descubre el enorme talento y la excepcional capacidad física de los bailarines negros. Para ellos abre un taller en La Habana Vieja. Un día encuentra en su local de trabajo los restos sangrantes y mutilados a resultas de una atroz matanza. Devenida coreógrafa, contaba con montar con ellos una versión de La consagración de la primavera. El proyecto concluye como tragedia y frustración personal. Huye hacia un lugar de la isla donde pueda vivir en el anonimato. Buscó en el mapa el punto más lejano. Era Baracoa, donde una mítica rusa, también huyendo de la Historia vivió hasta su muerte durante muchos años. Se hizo de un hotelito que conserva todavía su memoria. Solitaria, Vera se entregó a la lectura y a la meditación. Abrió su puerta a pocos amigos que le contaban los acontecimientos principales. Estaban en las cercanías de la Sierra Maestra. Supo que Calixto, su discípulo dilecto, en quien había colocado sus esperanzas se encontraba entre los alzados. La historia, esta vez con minúscula, le iba entrando por los poros, por los sentimientos. Empezó a seguir las noticias.

Mientras tanto, el defraudado Enrique permanecía en Caracas, ajeno en gran medida a lo que estaba sucediendo. El país había sobrevivido en medio de promesas incumplidas, animado por voces mesiánicas que resultaban pura demagogia, por antiguos revolucionarios corruptos o dedicados a dirimir querellas a tiro limpio en plena calle. Era la Habana de El Colorado y de la matanza de Orfila.

Después del triunfo de la Revolución, en visita de agradecimiento, ocurre la llegada de Fidel a Venezuela. El relato de lo ocurrido en la Plaza del Silencio rompe el estilo general de la obra. Cargado de emoción, tiene el limpio calor de una confesión. La voz de Carpentier se sobrepone a la de Enrique. La palabra ha recobrado la autenticidad. En ella, el guerrillero compromete la vida toda en el rescate del destino de la nación, de su independencia y de su sentido de justicia. Se replanteaban los propósitos del Grupo Minorista. Se tomaba venganza de la pérdida de España.

Simbólicamente, Enrique viste uniforme miliciano. En Girón, se cruza con Gaspar y recibe una herida en la misma pierna que conserva la cicatriz de Brunete. Calixto ha sobrevivido. Rompiendo prejuicios, podrá casarse con su partner blanca. Enrique restaurará antiguos edificios. Vera podrá montar su Consagración de la primavera. En medio del combate, se diseña un programa cultural.

La prosa reflexiva parte del análisis de lo hecho para formular conceptos generales. De similar cosmovisión nace la narrativa, un relato desplegado en el terreno de los hechos, definido en torno a las contradicciones de los personajes. Consciente de su condición efímera, la persona humana afronta el destino de un universo que la sobrepasa; la historia contribuye a modelar sus convicciones, a participar según sus posibilidades y su alcance. De regreso a América, Esteban contempla la noche tropical. En el horizonte lejano se transparentan las estrellas, señales descifrables tan solo a través del mito, del origen y posible disolución del universo. Más cerca, se diseña el duro perfil de la guillotina, nacida de la noción racional e iluminista, imagen de la Historia grande. En ella el personaje podrá intervenir desde la práctica de su oficio de escribiente, instrumento de una causa, pero confiado, en última instancia, en el valor de la palabra, portadora de ideales siempre perseguidos por el hombre, sintetizados en la triada aún inconquistada, aspiración viviente desde la Revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad.

Para Carpentier las razones del compromiso del escritor tienen un fundamento ético. Nunca conciliado con la estética derivada del realismo socialista, el compromiso del intelectual está implícito en su razón de ser, inseparable del cumplimiento de su tarea de hombre y de ciudadano, asociado a una ética irrenunciable inspirada en la búsqueda de la verdad, en entender el mundo para visibilizar lo que permanece oculto. En Tientos y diferencias, rectificando en gran medida su manido prólogo-manifiesto sobre lo real maravilloso en su narración del largo viaje a través del Asia y la Europa socialistas, dejó definida indirectamente esta renovación conceptual. El texto no constituye una crónica de lo real maravilloso. Relata el extrañamiento progresivo ante una creación humana admirable e ininteligible. La sucesión de apuntes se desarrolla en un círculo cerrado. Ajeno a los hechos de la contemporaneidad, descubre en Praga la concreción arquitectónica de la historia moderna. El eje de confrontación entre Reforma y Contrareforma, con el homenaje al herético Jan Huss y el recuerdo de la célebre defenestración de Praga. Intactas, allí se preservaban como museos, sedes de representaciones diplomáticas y oficinas gubernamentales las imágenes de otra época, que solo habíamos conocido en fotos. El puente estaba tendido hacia otra cultura y otra memoria integradas a la nuestra. El ciclo cierra en Leningrado. Poco importa el alfabeto cirílico. Para la ciudad de Pedro el Grande sobran las referencias históricas, arquitectónicas, y, sobre todo, literarias. Consciente de andar por un terreno común junto a sus lectores, la descripción no es detallista. Todo queda envuelto en la neblina de las noches blancas.

La Historia grande, la historia vivida, la historia en tanto referente cultural subyacen en la conciencia, en la memoria y en el quehacer del intelectual. Su responsabilidad ante la sociedad se manifiesta en su conducta y en los conflictos latentes en su obra. Impregnado por la literatura de vanguardia, no deja de hacer la visita reverente al cementerio de Praga, donde yace el recuerdo de Kafka. Su saber letrado se extendió más allá de lo contemporáneo. En el viraje del siglo xix al xx, occidente recibió el impacto del descubrimiento de la literatura rusa. Hubo su dosis de Pushkin, su poco de Lermontov, la gran devoción por Gogol, Dostoyesvski, Tolstoy y Chejov. También algo del oblomovismo de Goncharov. Lejos de desdeñar esos autores, a los que añadió la escritura emergente después de la revolución de Octubre, sintió particular afinidad con el Tolstoy de La guerra y la paz, cercana a su concepto de novela épica, matizada por una visión que descarta el culto a los héroes, concede primacía a la resistencia anónima popular representada por Platón Karataiev. Como sucede en La cartuja de Parma, los participantes en el combate nada saben de lo que ocurre en la realidad. Tampoco dominan la situación los grandes jefes militares. Kutuzov duerme profundamente. Después de Borodino, Napoleón emprende la retirada sin saber a ciencia cierta quién ganó la batalla. El conflicto real opera en la conciencia de tres personajes. Dos de ellos, el príncipe Andrey y Pierre Bezújov son intelectuales. Se empeñan en avizorar el futuro tras los avatares de la realidad, un porvenir fundado en el comportamiento ético ante la vida. La otra, Natasha Rostova, está asentada en la tierra. Madre ante todo, pasados los devaneos juveniles, procrea, funda familia y garantiza la continuidad de la especie. En la construcción de esos personajes, se expresaban la ansiedad, las vacilaciones y los conflictos del evadido de Yasnaya Polyana.

El andamiaje de La consagración de la primavera se edifica mediante una tetralogía. Los cuatro están envueltos, sin posibilidad de escapatoria, en la historia grande y en el compromiso que los ata a su obra. Gaspar es el hombre de la fe. En un largo ensayo, versión escrita de una conferencia pronunciada en el Lyceum, crítica acerba a la aplicación de la noción de realismo socialista aplicado hasta llegar al extremo de la frustración de una obra en el caso de Rimsky-Kórsakov, Carpentier desarrolló un análisis profundo acerca de las relaciones entre música y mensaje político. La creación musical, arte abstracto por naturaleza, transita a través de su propia tradición. Los compositores cultos que intentaron ponerse al servicio de la revolución francesa fracasaron estruendosamente. Funcionaron, como símbolos de la enorme sacudida económica y social, las piezas que establecían la continuidad con una célula básica de raigambre popular. Así fue con La Marsellesa y así ocurrió luego durante la guerra de España cuando revivieron y quedaron definitivamente asociadas a ese brutal enfrentamiento ¡Ay, Carmela!, Eran cuatro generales y las coplas heréticas del quinto regimiento. Alejo nunca se apartó de esos conceptos. Consecuente con ello, cuando algunos extremistas nativos se volvieron contra el feeling en los polémicos sesentas, Carpentier asumió su reivindicación pública y aclaró de paso que la fortísima tradición musical cubana no corría riesgos de contaminación por influencias extranjeras. Corneta en mano, Gaspar es hombre de fe, descendiente de los negros haitianos confiados en que, bajo otro rostro, Mackandal sobreviviría a la incineración.

Contrafigura de Gaspar, José Antonio se ha subordinado a las tentaciones del mercado. Aplastado por la Historia grande, ha violado todos los principios de la ética. Vuelto de espalda a los conflictos de la época, entregado al disfrute de los placeres, ha echado a un lado su vocación de pintor. Sucumbió al diablo en la noche de Walpurgis. Cuando cuenta con el oro necesario, se dispone a volver al arte; la mano no le responde. Perdida la disciplina del oficio, la inspiración no responde al llamado. No tiene nada que decir. El arado no abre surcos en la tierra estéril. Encuadrados por estas dos columnas, crecen los personajes más complejos, portadores de los conflictos más complejos.

Bailarina mediocre, Vera se escinde entre la fidelidad al oficio, vocación suprema, sometida a un rigor sin mengua, fija la mirada en el escenario para rebasar, en esta entrega total, los golpes que, una y otra vez le procura la Historia grande, que se abate sobre ella para frustrar sus proyectos de vida. La Revolución de Octubre frustra su formación artística. La guerra de España lleva a la muerte su pasión amorosa. La violencia de la dictadura troncha, con el asesinato de los bailarines su coreografía de La consagración de la primavera, aunque, sin percatarse de ello, las vivencias históricas la inducen a tomar partido. Su montaje está casi listo. Viaja a París para procurar ayuda económica, indispensable para lograr un estreno costoso. Visita a su mejor amiga, antigua colega de los ballets de Diaghilev, casada con un acomodado hombre de negocios. De la ostentación y el mal gusto nouveau riche se deriva cierto rechazo inicial. Advierte luego que la fortuna se debe a la colaboración activa  con la ocupación nazi. La ruptura final se produce cuando los amigos le sugieren que solicite ayuda de la dictadura de Batista y haga del espectáculo un instrumento de propaganda del régimen. Sin tener conciencia de ello, antes de la matanza de los bailarines, ha ido entrando en la Historia grande.

Limitado por una trama narrativa que tiene como confuso referente lejano, atravesado por la memoria infantil y deshilachada de Vera, el conflicto de Enrique tiene el mayor grado de complejidad. Toca de soslayo los debates de la izquierda intelectual del siglo xx. En ella, anuncio desgarrante de un porvenir cercano, la guerra de España es asunto colateral. El centro del problema se sitúa en las esperanzas nacidas del deslumbramiento ante la luz que apareció, hacia el este de Europa, la revolución socialista protagonizada por los soviets de obreros y campesinos. Las vacilaciones aparecieron después de la enfermedad y muerte prematura de Lenin y la valoración de la política instrumentada por Stalin en lo cultural, en la coartación de la democracia del Partido, en los juicios de Moscú y en las revelaciones de Jruschov en el xx Congreso del PCUS. El cielo no se toma de una sola vez por asalto. La Historia grande marcha a pasos lentos, entre contradicciones, errores y aparentes retrocesos porque, a pesar de todo, con la victoria que siguió al enfrentamiento con el fascismo y con el deshielo que sucedió a las revelaciones del xx Congreso, la izquierda se fortaleció.

Un lector avisado, conocedor de los debates que animaron las ideas en el siglo xx, puede advertir en el subtexto de El siglo de las luces, el desasosiego creciente de Esteban al comprobar que la Francia asediada ha optado por defender la revolución en un solo país, en detrimento de la apertura internacionalista.

Como Enrique, aunque no en las mismas circunstancias Carpentier sufrió una decepción al conocer el destino de España por la que luchó con las armas que tuvo a su disposición: la palabra y el reagrupamiento de las fuerzas en favor de la república. Nunca permaneció indiferente ante la marcha de los acontecimientos. Ejerció un periodismo antifascista en los artículos recogido en El ocaso de Europa. Extranjero en Venezuela, mantuvo una conducta discreta. Pero, a la vuelta de la antigua esperanza, según el decir de Roberto Fernández Retamar, lió los bártulos y se dedicó de lleno a la causa. Acorde con sus principios éticos, mantuvo con rigor su oficio literario.

En El arpa y la sombra profundizó en los vínculos entre política, objetividad de la narrativa histórica y la escurridiza visión de sus protagonistas, todo ello sobre el trasfondo de la aberrante obsesión por el oro. En La consagración de la primavera, la novela histórica modifica sustancialmente el punto de vista, ahora centrado en las alternativas del compromiso del intelectual ante el acontecer de su tiempo.

A su muerte previsible y súbita, quedaban materiales en el taller del escritor. Uno de ellos se titularía “La verídica historia”, vida del cubano Pablo Lafargue. En las páginas abocetadas y la bibliografía consultada permiten suponer que en ese texto se imbricarían la Historia grande, preparación de un futuro imprevisible y la historia pequeña de un núcleo familiar.

En estos tiempos de globalización neoliberal, la especie intelectual, descendiente del Cándido de Voltaire está amenazada de desaparición. Acomodada en la Academia, viajando de congreso en congreso, acumulando currícula en revistas de excelencia destinadas al autoconsumo, nutrida de fuentes secundarias, más que de la lectura crítica y dialogante con las primarias, ajena a los contextos y, por tanto, desconocedora de la Historia grande, se va domesticando progresivamente; vuelta de espalda a los principios éticos que la han definido, se asocia al modelo de José Antonio. Más valedero y útil es el modelo de Enrique, conflictivo a veces, consumido por la duda en ocasiones, leal siempre a los impulsos renovadores que alentaron su juventud. Con todo derecho, Carpentier hubiera podido mantenerse en Caracas, brindando su apoyo a la Revolución desde la distancia, recibido en La Habana como huésped ilustre. Lo echó todo por la borda. Compartió los rigores de nuestra libreta de abastecimiento y le escatimaron un Nobel que hubiera merecido con creces. Consciente de la cercanía de su muerte, La consagración de la primavera, homenaje a Stravinski y a la renovación vanguardista, que no fue solo artística, es su testamento de hombre y de intelectual.

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