Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 50

Por Graziella Pogolotti

Componente ineludible de la historia, la política se incorporaba en el conjunto de factores en El siglo de las luces. La postura ética, materia prima indispensable para cualquier narrador, se manifestaba en las conductas de los protagonistas, Víctor Hughes, Esteban y Sofía. Para un personaje literario, aparece en el trasfondo que compromete la vida toda. También ocurre, como lo sostiene Sartre en Les mains sales, no siempre pueden conservarse las manos perfumadas con agua de colonia, aunque sea la más barata, conocida en Cuba como colonia 1800. Pero en El siglo de las luces, las grandes decisiones llegaban, lentamente, de un allá remoto, sobre temas tan esenciales como la emancipación de la esclavitud y la posterior rectificación. La vida de los personajes no giraba en torno a los ejes centrales de la toma del poder, vistas desde la cercanía del poder central. Con desenfado no carente de sentido del humor, Carpentier se introduce en lo que Andre Gide denomina Los sótanos del Vaticano.

 

La muerte está tocando a las puertas de Cristóbal Colón y de Alejo Carpentier. En esa situación límite, mirando cara a cara a la muerte, se produce el más sutil y profundo homenaje que arranca en las fronteras movedizas entre ilusión y realidad. A pesar de todo, tal es su función, el autor, escribiente tozudo hasta el fin, se empecina en la búsqueda de la verdad. Deshilachada, algo de ella aparece. De la ironía al sarcasmo, de la nota picaresca, hasta los altos intereses, algo de ella aparece. Minimizados los rejuegos de las intrigas cortesanas, algo incontrovertible se revela al lector, aunque el escritor no lo asumiese de manera explícita. Para bien o para mal, en sus territorios específicos, Andrea Doria y Cristóbal Colón contribuyeron a redondear la tierra. Decepcionados por no haber recibido los honores merecidos, han contribuido a hacer la historia grande y agigantar con su acción el pequeño espacio de las intrigas cortesanas.

 

En el rejuego de apariencias, asociaciones libres a disposición de la libertad suprema del lector, de diálogo de intertextualidades, la estructura del relato adopta distintas formas narrativas y sugiere la armazón de la tragedia clásica francesa. Un primer capítulo, de cronología lineal, con un narrador objetivo y distanciado muestra los orígenes del conflicto, como lo hubiera hecho Racine en el primer acto de Fedra. Estamos otra vez en el gran teatro del mundo. Un segundo acto, más íntimo, contiene la pseudoconfesión de Cristóbal Colón. En el tercero, se despliega el juicio farsesco iluminado por conflictos, compromisos y prejuicios mezquinos. En el epílogo, reino de lo ilusorio, donde varias columnas yuxtapuestas pueden parecer una sola, el lector, como en Las meninas de Velázquez, es convidado a meterse en la acción a retomar lo narrado en la relación con la Historia grande y pequeña y a formularse los principios éticos que conduce el actuar de los seres humanos.

 

Un sacerdote de familia noble, venida a menos como todas ellas, hace un viaje a América, atraviesa la Pampa para llegar a Chile. Comprende en la práctica que, con la independencia de los países latinoamericanos, el poder dominante de la Iglesia Católica está en peligro. Han perdido vigencia los acuerdos de mutua subordinación entre las políticas de la monarquía española y del Vaticano. Un inmenso territorio está a punto de escapar del dominio geopolítico tradicional. Ante la fractura de lo legislado, se impone propiciar una fuerza unitiva espiritual bajo el mando de un santo reconocido por todos. Rodeada de fuerte devoción, Santa Rosa de Lima tiene proyección local. Aun más resumidas resultan la Guadalupe mexicana y la Caridad cubana. Apostólica y romana, la Iglesia corre el riesgo de fragmentación. El personaje lo intuye. El escritor lo sabía bien. En el siglo xx, las denominaciones protestantes se hicieron cargo de una activa actuación misionera, concentrada en las masas campesinas y en las zonas marginadas. La teología de la liberación tomó el partido de los humildes y de la educación popular. No recibió el respaldo del pontificado. En la actualidad, la situación es mucho más grave. Para Massai la solución estaba en encontrar un santo quien  por su universalidad abarcara el Continente. No podía ser otro que Cristóbal Colón, aunque nunca se ha visto que un marinero tuviera dotes de santidad.

 

Devenido pontífice, propone la beatificación, después de haber inventado la hagiografía del personaje. El segundo acto, en cambio de dramaturgia, se desarrolla el soliloquio. Oscilante entre la verdad y la mentira, entre lo que habrá de decir al confesor y lo que callará definitivamente. Debatido por los historiadores, aparece el inevitable tema de los orígenes, donde puede haber, entre otras cosas, sombra de judaísmo. Se confirma su escaso conocimiento de las artes de la navegación, origen de no pocos conflictos en el primer viaje. Según Leonardo Acosta, el autor no se atiene a la realidad histórica cuando sostiene que Colón tuviera la certidumbre a partir de lo contado, allá por las islas del norte de Europa, por un viajero que hubiera navegado hasta ellas. Puede afirmarse con más seguridad que sus cálculos se apoyaran en la redondez de la tierra, aunque no tuviera mucha certidumbre acerca de la anchura del espacio por recorrer. De ahí la angustia cuando, en el primer viaje no acabaran de tocar tierra. Algo de pícaro tenía el personaje que reconoce no haber cumplido con lo prometido cuando de soltar recursos o dinero se trataba y mucho de invención debió haber habido en esas narraciones del marino con Isabel de Castilla.

 

El lector tropieza aquí con un doble enmascaramiento. Por parte de Carpentier, admiración profunda por la picaresca, que insistió en reiteradas ocasiones en su representación última en tierras latinoamericanas con El periquillo sarniento de Fernández de Lizardi, obra de pícaros fue la conquista y colonización de América. Es en cierto modo un homenaje en tono mayor a El camino de Santiago, donde pícaros son los que venden a los incautos la imagen de la tierra de El Dorado, que guarda semejanza de color con el relumbre de oro, aunque sea precedido por las ratas que ocultan la cara y el olor sulfuroso del demonio, seductor casi siempre con sus promesas de disfrute y alegrías, de la gran celebración de Espíritus. En un segundo enmascaramiento propuesto por el escritor, aquí pasa también a segundo plano el papel de la política, talento que no faltaba a la reina de Castilla, dispuesta a sacrificar todo a favor de la expansión de la península Ibérica. Impulsada por una indicación divina, después de la expulsión de los árabes, va por más allá. Importaba mucho el dinero para financiar la expedición. Lo obtuvo sobre la base de triquiñuelas y chantajes. Pero, al término de la aventura, España obtuvo la bula papal que repartió la América Latina con su rival y vecina, Portugal. Poco peso tienen las pequeñas artimañas del pícaro Colón. Es juguete en manos de los intereses geopolíticos que quieren el dominio del mundo.

 

El tercer acto asume el tono farsesco –a la hora del veredicto, los integrantes del jurado, salidos de todos los tiempos y de las más variadas ocupaciones, llegan con criterios predeterminados por intereses ajenos al caso. Colón es una sombra que contempla impotente el espectáculo. Como era de esperarse, la decisión es negativa. Para este incrédulo cumplidor formal de lo estipulado por la religión oficial, para este hombre de prosapia desconocida, los honores valen casi tanto como el oro.

 

Carpentier no era remiso a los epílogos. Andrea Doria y Cristóbal Colón se cruzan en el espacio ilusorio de la Plaza de San Pedro, centro simbólico de la cristiandad. Él, como en Las meninas de Velázquez, deja un espacio abierto para la intervención del lector. No podemos dejar que el relato extremo que acompañó a la Reforma y la Contrarreforma vino del oro de América, de su comercio al fin desleal, después de la patética representación de los indios moribundos, famélicos y alcoholizados ante las Cortes de España. En definitiva, nadie sabe para quién trabaja, parecen pensar Doria y Colón. Pero, nosotros en alguna medida contribuimos a cambiar el mundo, a pesar de los designios de la alta política. La beatificación de un santo poco haría por la unidad latinoamericana que, paso a paso, se iría construyendo a través de la cultura, con la trompeta de Duke Ellington o a través del surgimiento de una nueva narrativa latinoamericana.

 

(Continuará)

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