Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 44

Por Graziella Pogolotti

 

Como lo evidencian las catedrales góticas, la arquitectura de una obra y su delicadísima carpintería no son separables. Hay unidad esencial entre la arriesgada elevación de las naves, la desnuda estructura ósea de los arbotantes que la sostienen y el refinado trabajo escultórico de las vírgenes a las que están consagradas. A propósito similar responde el tránsito entre las imágenes terroríficas del románico precedente y la búsqueda de una conciliación compatible con el humanismo que asomaba en los juglares y en el pensamiento de quienes, en una Europa todavía invadida por territorios selváticos empezaban a intercambiar inquietudes, a pesar de las dificultades interpuestas por caminos inseguros, tal y como lo refiere Alejo en el pasaje de su ensayo sobre el compromiso del escritor leído en el Congreso de la UNEAC e incluido más tarde en Tientos y diferencias.

 

En medio de viajes y otros trajines impuestos por la Revolución triunfante, Alejo compartía ese vivir algo afiebrado y no carente de emociones con la terminación de El siglo de las luces. Bien sabemos oír las confesiones de su diario venezolano respecto a Los pasos perdidos y por los reclamos insistentes de sus editores en obras sucesivas que mucho le costaba tomar la decisión de entregar el mecanuscrito. Prometía una y otra vez y siempre postergaba. No hubiera podido someterse nunca a contratos, tan en boga en estos tiempos de omnipresencia del mercado, a la obligación de entregar una novela cada dos años. La obsesiva preocupación por el detalle, también descrita en ese diario, propia del artesano, hubiera levantado un obstáculo invencible. Con El siglo de las luces, estaba entrando de lleno en la historia, sus dilemas y las interrogantes que plantea al intelectual inmerso en el tiempo que le ha tocado vivir. Según Luisa Campuzano en Los dos finales de El siglo de las luces y otros ensayos, libro en proceso de publicación por la Biblioteca Carpentier de la Editorial Letras Cubanas, el origen remoto de la novela procede del inconcluso “Clan disperso”. La extravagancia del vivir nocturno de quienes terminarían por nombrarse Carlos, Esteban y Sofía nace del estilo adoptado por los hermanos Loynaz. Sin ocultar su admiración por la obra, así lo ha admitido la propia Dulce María. Nada sorprendente tiene, pues de acuerdo con los testimonios de Lilia Esteban, los Hierro, los Loynaz y los Carpentier se conocieron en los lejanos días de Loma de Tierra. El aspirante a escritor con vocación de músico debió sentir singular fascinación por aquellos jóvenes adinerados que recibían las más recientes publicaciones de Paris y encargaban partituras de músicos todavía mal conocidos entre nosotros. Amigo de Lorca, aquejado por la  demencia, Carlos Manuel era un excelente pianista. En las versiones originales de los manuscritos, expurgados por Luisa Campuzano en los fondos de la Fundación Carpentier, un comienzo de relato se centra en la vida de los tres hermanos. El vuelco producido por el casual descubrimiento del personaje de Víctor Hughes modifica la composición familiar. Sofía y Esteban habrán de ser primos, a fin de evitar el escabroso tema de incesto que hubiera llevado la novela por otros rumbos, aunque algo perdure en la peculiar actitud maternal de Sofía ante las crisis de asma del adolescente y en la inmolación de Esteban sometido voluntariamente al presidio en Ceuta para favorecer la escapada de Sofía en el Arrow, obsesionada por el amor carnal que la atrae hacia su seductor Víctor Hughes. En el barco que lo conduce de regreso a América después de haber conocido, junto a sus grietas, los días fervorosos de la Revolución francesa, en la noche transparente que anuncia la vuelta al trópico, desde su efímera condición humana, Esteban contempla las instancias que dominan nuestro estar en el mundo. El universo de las estrellas, residencia de todos los mitos que intentan interpretar nuestros orígenes y la historia, con su marca más siniestra, la guillotina.

 

Walter Scott aspiró, quizás, a rescatar la historia en novelas que relataran su prístina novedad. Francamente comprometido en posiciones que se modificaron con el paso del tiempo, Víctor Hugo, en contradicción con su fervoroso romanticismo, se atiene al credo iluminista fundado en la idea del progreso cuando, desde el campanario de Nuestra Señora de París, compara la torre simbólica con el barrio latino, donde se mueve una muchachada rebelde y estudiosa. Algún día, comenta, aquellos habrán de sustituir a estos, la ciencia habrá de ocupar el lugar de la fe.

 

Tan adictos al relato histórico, los románticos llegarían a intuir que hurgar en el pasado es un modo de plantear las interrogantes del presente. Siempre adicto a la investigación documental acuciosa, Carpentier comprendió siempre que estaba escribiendo desde la contemporaneidad. Procuró, en ese sentido, despertar la curiosidad del lector. De ahí los anacronismos voluntarios, algunos de grueso calibre, que invitan a avivar la suspicacia en el más ingenuo seguidor del relato. Así ocurre con el estruendoso lugar común proferido por Carlos en las amenas tertulias sostenidas con un Víctor Hughes recién descubierto: “un fantasma recorre el Europa”.

 

El tiempo de las revoluciones no ha terminado, a menos que la depredación del planeta liquide la existencia del hombre sobre la tierra. Para el intelectual, el modo de asumir esa realidad entrelaza dilemas éticos y políticos. Asume rasgos aún más críticos cuando, consciente de la interdependencia de los acontecimientos en un mundo que comenzó a achicarse, tal como lo afirmó reiteradamente Carpentier. Las carabelas de Colón llegaron a las Antillas y la cultura del escritor se ha forjado en un ámbito neocolonial. El tema del compromiso renació entre nosotros, según Carpentier, con la generación del veinte, la suya. Fue la que padeció la violencia de las dictaduras de nuestra América, la apropiación de nuestras riquezas por parte del imperialismo, la defraudación de las expectativas después de la caída de Machado. Conoció la tragedia de las dos guerras mundiales, el aplastamiento de la república española, así como euforia del inesperado triunfo de la Revolución de Octubre y las deformaciones del proceso después de la muerte de Lenin. En este lado del mundo, vivió también los errores cometidos por el sometimiento a las directrices de la Tercera Internacional y la fidelidad a la causa mantenida, malgré tout, por Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena.

 

Compuesta siguiendo el trazado de una concepción barroca, El siglo de las luces se sitúa en las antípodas de la novela histórica. Se trata de una representación escénica. Carlos interviene como personaje de utilería. En el relato, abre y cierra el telón. Cómplice del lector-espectador, con su brutal anacronismo lo pone en guardia para descubrir la ironía implícita en el título de la obra. En nombre del progreso, se cometieron crímenes, como lo hará Víctor Hughes en Cayena al restablecer la esclavitud y traer veteranos de la guerra napoleónica de Egipto para abrir, en nombre de la civilización y de un desarrollo capitalista, caminos inútiles en la selva que habrán de ser devorados nuevamente por la ingobernable vegetación. En toda su violencia, se manifiesta el enfrentamiento entre civilización y barbarie, muy actual, cuando, en nombre de este último, destinado a beneficiar a unos pocos, validos de métodos más eficaces, la Amazonía está a punto de perecer. “La razón engendra monstruos”, decía el afrancesado Goya, citado en exergo por Carpentier.

 

Leído a modo de representación teatral, El siglo de las luces, a pesar de la cuidadosa separación en capítulos y subcapítulos elaborada por Carpentier, pudiera dividirse en tres actos. Sorprendidos por el doble estremecimiento del aldabonazo y el huracán que preceden la triunfal entrada de Víctor, los jóvenes, encerrados en angosta casa de una ciudad provinciana y colonial, se deslumbran ante el descubrimiento de un mundo nuevo, tan alejado del sórdido almacén del padre. Aunque pronto pasen al olvido los experimentos de física, en ese universo recién avizorado se conjugan la ciencia, las ideas y el posible mejoramiento de la condición humana. Se han sublevado los esclavos en Haití y está a punto de estallar una Revolución en Francia. Esteban emprende viaje con Víctor. Vive el fervor de las jornadas iniciales, anuncio para él y para sus amigos masones de una mayor que, pasando por España, habrá de alcanzar a sus colonias. Pronto las ilusiones comienzan a difuminarse. Para defender un país asediado entre la amenaza extranjera y la guerra civil, se impone el criterio de salvar la revolución en un solo país, postergando de manera indefinida el internacionalismo original. Este cambio de giro evocará en el lector contemporáneo, como lo hizo para la generación de Carpentier, una conducta similar a la adoptada por la Unión Soviética e implementada por la Tercera Internacional. A su modo y en su momento, los cubanos Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, de paso por la URSS para aliviar su enfermedad, lo advirtieron. Pero no renunciaron a la lucha.

 

Un segundo acto muestra la decepción sucesiva de Esteban y Sofía. Los nombres no han sido seleccionados al azar. El día de san Esteban había nacido Carpentier. De origen etimológico bien conocido, Carpentier parece decirnos, con ese excepcional personaje femenino, que toda sabiduría tiene un alto contenido emocional. La última parte equivale a un epílogo. Aunque hubiera sido incorporado a última hora, el llamado de Sofía a hacer algo, aun con el empleo de armas caídas en desuso, para disolverse luego en la rebelión popular de los madrileños, ilumina el sentido último de El siglo de las luces.

 

El centro de la acción no se coloca en el decursar de los acontecimientos históricos. Se sitúa en el dilema de los intelectuales inmersos en un proceso que, desde la revolución francesa, las guerras de independencia en la América Latina, la Revolución de octubre, las guerras mundiales, la Revolución mexicana y la Revolución cubana y su epopeya descolonizadora, no han dejado de atravesar huracanes y de escuchar el toque de las aldabas. Su arma, la palabra, es tan frágil como las que emplearon Sofía y Esteban en Madrid. De algo habrá de servir, piensa Esteban  cuando, en pleno desencanto, de regreso al almacén habanero, lanza sus manifiestos a otras manos, quizás más receptivas, necesitadas y eficaces.

 

Con la implacable lucidez de la pasión, Sofía detectó como nadie el sentido profundo de las vestiduras que adoptara, a la manera de máscaras, el otrora seguidor de la intransigencia robesperiana, devenido luego ejecutor de la voluntad de Bonaparte. De una percha cuelgan los viejos ropajes, mientras sus ojos enfermos están cubiertos de sangre. Quizás sincero en su juvenil francmasonería, se ha dejado pervertir por el disfrute del poder y del boato de los bienes materiales desplegados en su casa de Cayena. Al entrar en ella, Sofía cae en el repugnante amasijo de desechos de puercos.

 

El tránsito colateral por la política ha dejado mal sabor en los labios de Esteban y Carlos. Consecuentes con su trayectoria intelectual y con la reivindicación de fundamentos esenciales de justicia, en la espera de llegar a conocer un mundo mejor, ambos permanecen fieles a inquebrantables principios éticos y mantienen su confianza en las fuerzas populares y en el valor de la palabra, portadora de verdad.

 

(Continuará)

 

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