Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 37

Por Graziella Pogolotti

 

En 1958 fue derrocado en Caracas el régimen del dictador Pérez Jiménez. En un Continente donde, entre otros, subsistían la satrapía de Trujillo, la tiranía de Batista y quienes habían actuado como cómplices de los Estados Unidos en el sangriento derrumbe de Jacobo Arbenz, parecía estar naciendo una luz al final del túnel.

 

Aún bajo la dictadura, los venezolanos habían mostrado activa solidaridad con los insurgentes que en Cuba se enfrentaban a la dictadura de Batista. En la medida de lo posible, enviaban armas y otros recursos a la Sierra Maestra. Estaban bien informados acerca de los acontecimientos de la Isla. Con más poderosa capacidad de emisión, Radio Indio Azul amplificaba y difundía la voz de Radio Rebelde. Relató alguna vez Haydée Santamaría que, exiliada entonces en Miami, al correrse los primeros rumores de la huída del tirano, recibió la confirmación del hecho desde Caracas.

 

En el amanecer del primero de enero, las grandes mayorías dormían el sueño reparador después de haber celebrado el advenimiento del nuevo año. Algunos aspiraban a disfrutar los días de asueto en la playa. La intransitable carretera que une la capital con la zona costera de La Guaira, con sus pendientes y sinuosidades, estaba repleta de coches que se movían en ambas direcciones. De pronto, contaba Lilia Esteban, estalló el estruendo. En todos los autos empezaron a sonar, rítmicamente los claxons. La noticia y la consiguiente alegría se regaron en minutos. El tirano había escapado buscando refugio tras el poco generoso manto de Trujillo. La Revolución de Fidel había triunfado a pesar del escepticismo de los agoreros.

 

Corría el mes de enero cuando, en gesto de gratitud, los “chivúos” llegaron a Caracas. Simbólicamente, era el primer viaje al extranjero del Comandante Fidel. Las intensas páginas que, esta  vez en voz de Enrique describen la multitudinaria acogida en la Plaza del Silencio, tienen, en La consagración de la primavera, un evidente carácter testimonial. Alejado de la Isla, a la que visitaba en breves y periódicos viajes vacacionales durante la convulsa década del cincuenta, Carpentier disponía de una información borrosa acerca del clima que matizó el desplome moral de los gobiernos auténticos, el enfrentamiento armado de antiguos revolucionarios entregados a arreglos de cuentas según la ley del Talión, las expectativas creadas en torno a la figura de Eddy Chibás y las características de los jóvenes que se desprendieron del Partido del Pueblo Cubano (ortodoxo) para asaltar los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, sufrir la vesania de los represores, padecer prisión en Isla de Pinos y organizar desde México una expedición libertaria. Para muchos políticos avezados, entre ellos dirigentes del Partido Socialista Popular, amigos de antaño de los Carpentier, se trataba de un proyecto utópico destinado al fracaso. Subsistía también el rescoldo de amargura dejado por la revolución del treinta que, al decir de Raúl Roa, se había ido a bolina.

 

Sin embargo, del discurso pronunciado por Fidel en la Plaza del Silencio dimanaba un excepcional grado de autenticidad. La fluidez de la improvisación y el apretado engranaje del razonamiento nada tenían que ver con la retórica empleada por los demagogos al uso. Esta vez estaba hablando la verdad y se vislumbrara la posibilidad de participar en la construcción del país soñado.

 

Se imponía la necesidad ineludible de viajar a Cuba y observar la realidad que se estaba configurando. La decisión implicaba mucho más que deshacer una casa construida con años de constancia y trabajo. Significaba el desgarramiento causado por la separación de amigos que les abrieron las puertas con extrema generosidad, abandonar el sitio donde había cristalizado su más intenso y creador laboreo intelectual, el lugar donde descubrió la selva, lo más escarpado de los Andes, donde pudo hundirse en los más profundo de la realidad americana. Hubiera podido, como muchos compatriotas ilustres, ofrecer su apoyo a la Revolución desde la distancia, bien arropado, firmando manifiestos y participando en congresos solidarios y recibir cálida acogida en bien amuebladas casas de protocolo. Pero la suerte estaba echada. Había llegado la hora de comprometerse y participar, y mientras más pronto, mejor. Dejando atrás libros y otros bienes preciados, como tantos otros ciudadanos comunes, como numerosos intelectuales de distintas generaciones que abandonaron Nueva York o París, en el primer semestre de 59, viajaron a La Habana.

 

Por cuarta vez en su existencia, súbitamente, como quien cede al llamado de una premonición, decidió levar anclas, dejando atrás jirones de su vida, documentos y libros que serían hoy de un valor inapreciable para el estudio de su obra. Lo hizo cuando abandonó La Habana con los papeles de Robert Desnos, cuando partió de Europa poco después de la caída de la España republicana y cuando aceptó el contrato de trabajo para la publicidad venezolana. En todos los casos, resultaron necesarios eslabones de un destino, del encuentro de sí y de la construcción de una obra y de una visión del mundo. Había llegado el momento de acampar de manera definitiva y de comprometerse de lleno con su patria de elección y con el sueño emancipador que esbozara, años atrás, el grupo minorista. Lo haría como siempre, en tanto trabajador incansable, aportador de una vasta cultura, de un conocimiento del mundo y de una obra prestigiosa que había alcanzado plena madurez.

 

 

Continuará.

 

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