Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 34

Por Graziella Pogolotti

 

Podría calificarse “Letra y Solfa”, la columna de El Nacional, como periscopio situado en esta orilla del Atlántico, junto a las costas de la Tierra Firme. La temática es variadísima. Apunta hacia asuntos locales y hacia el presente y el pasado de sucesos ocurridos en Europa y en los Estados Unidos. En tan extenso panorama no excluye referencias a hechos ocurridos en Cuba. A pesar del tiempo y la distancia, no rompe las ataduras que lo unen a la isla caribeña. A modo de botón de muestra, vale la pena señalar los importantes textos dedicados a José Martí. Bajo el ambiguo manto genérico del artículo, expresa el comentario informativo, la crónica, el apunte crítico y la página reflexiva. Recorriendo los volúmenes publicados en forma de libro, el lector puede contemplar un panorama epocal matizado todavía por el entusiasmo ante lo nuevo en la experimentación artística, en la incorporación de técnicas novedosas a la arquitectura, en la importancia creciente del diseño para modelar el entorno cotidiano, en el uso de la innovación al servicio de la difusión artística. Era la época en que André Malraux proponía la visión ecuménica de su Museo Imaginario gracias a la notable calidad adquirida por las reproducciones a todo color. El disco registraba de manera perdurable la creación de los grandes intérpretes y directores de orquesta. La audiencia musical alcanzaba a un oyente acomodado en la intimidad del hogar, bien distante de las tradicionales salas de concierto. Por otra parte, en el destinario implícito de tales formas de comunicación, habían despertado nuevas curiosidades. El Marco Polo del siglo xx descubría territorios ocultos del planeta. Fueron los días animados por la expectativa forjada por la aventura de la Kon-Tiki, por la navegación subacuática de Cousteau y de un bestseller sensacional sobre la vida de los inuits, El país de las sombras largas.

 

Como otros grandes cultivadores del oficio, incluyendo a José Martí, García Márquez y a los cultivadores del periodismo de investigación al modo de John Reed y Kapuscinski, desde muy joven, Carpentier supo entreverar el relato del hecho y la reflexión trascendente. Depende del lector avezado detectar el punto de vista oculto tras la aparente objetividad, la mirada del sujeto que selecciona y ordena los datos y el contrapunteo reflexivo implícito o explícito. Es lo que permite discriminar entre los materiales destinados al crematorio para desechos sólidos y aquellos otros que sobrevivirán a la coyuntura que los motivó, aunque, en casos excepcionales, unos pocos desperdicios, ocasionales notas de página roja, sobreviven porque un narrador de la dimensión de Henri Beyle, más conocido por Stendhal, encontrara en ellos el punto de partida para El rojo y el negro.

 

Más allá de esos accidentes fortuitos, el gran periodismo mantiene su pálpito vital gracias a su doble condición de testimonio de época y de trascendencia reflexiva. Por ese motivo, el enorme volumen de la producción periodística de Carpentier, recogido de manera parcial en forma de libros en compilaciones, en las bien conocidas selecciones de los trabajos destinados a Social y Carteles, en sus  Lecturas de juventud, en las Crónicas del regreso, en El ocaso de Europa, en El amor a la ciudad y en Crónicas habaneras, no se reconocen como monumentos arqueológicos. Siguen despertando en el lector, con su original espíritu provocador, un germen de inquietud. Inducen a edificar, desde la evocación del ayer, un observatorio volcado hacia el conocimiento del mundo de hoy y a sentar las bases de una visión personal, asidero del yo único e irrepetible, a pesar de la avalancha homogeneizante que invade la contemporaneidad.

 

Los textos de “Letra y Solfa”, publicados en El Nacional entre 1952 y 1954 enhebran el relato pormenorizado de la preparación, organización y resultado de un acontecimiento musical que aspiraba a romper la balcanización dominante en la cultura de la América Latina, a pesar del valor apreciable de las editoriales que emergían entonces en México y en la Argentina. El ojo crítico mantiene una presencia constante. Pero las vivencias del musicólogo a lo largo de tan intenso laboreo, lo indujeron a revisitar algunas de las concepciones básicas de su pensamiento musicológico, todavía insuficientemente estudiado. A través de notas dispersas en apuntes autobiográficos autónomos o inscritos en el entramado de su narrativa, algo sabemos de su formación, del impacto producido por la revelación de  Debussy y Stravinski, de su inmersión en los focos activos del folklor cubano. A esas y otras fuentes de su autoría, se añaden las originadas por sus contemporáneos y por los exégetas que han abordado el tema. Su primer acercamiento al nacionalismo musical se produce a partir del reconocimiento de los valores de los ritmos llegados de África y a través de la relación íntima y cómplice con los trabajos de Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, llegada al extremo de la elaboración conjunta de proyectos danzarios que no llegaron a franquear el espacio público hasta que la Revolución cubana ofreciera los medios requeridos y, sobre todo, abriera las puertas a la danza moderna, impulsada por Ramiro Guerra.

 

Esa creación inicial no pudo prescindir, en un clima cargado de abierta hostilidad ante lo nuevo, de raigambre popular, de cierto componente de ingenuidad, acentuado por el limitado conocimiento de tradiciones, reducido, en tanto referente científico, a los estudios iniciáticos de Fernando Ortiz y Lydia Cabrera. Habría que esperar la década del treinta para que esta última publicara en francés sus Cuentos negros de Cuba.

 

De manera paulatina, Carpentier fue adoptando una posición crítica ante su aproximación juvenil al llamado nacionalismo musical. En este campo se plantean complejos problemas, no solo etnográficos, sino también artísticos y conceptuales. Estudió a fondo la obra de Igor Stravinski, la de Manuel de Falla y la de los compositores rusos de fines del siglo xix que, en ese inmenso y periférico territorio, todavía premoderno en muchos aspectos, formularon y dieron soluciones con frecuencia exitosas, a dilemas similares. Factor complementario nada desdeñable, Carpentier había conocido en París a Heitor Villa-Lobos, quien afirmaba, en aparente boutade de épico alcance: “el folklore soy yo”. La complejidad del asunto rebasaba lo musical para adentrarse en la literatura y en la cultura toda. Todavía vacilante, Carpentier había publicado en Caracas, en edición restringida, su ensayo Tristán e Isolda en tierra firme. A la vuelta de los cincuenta, en pleno proceso de elaboración de su obra narrativa mayor, el escritor se encontraba abocado a la elaboración de su pensamiento cultural, sustentado en el diálogo entre lo local y lo universal que involucró el conjunto de su trabajo de creación. Fue una tarea inmensa cuyas huellas están aún pendientes de rastreo y resultan de importancia capital en tiempos de globalización neoliberal.

 

La audición de conciertos consagrados por entero a la música latinoamericana le ofreció la oportunidad de repasar la historia y establecer comparaciones. Entregó a El Nacional un breve artículo sobre el tema. Había dos modos de asumir el nacionalismo, exterior uno de ellos, de afuera hacia adentro, profundamente enraizado el otro, de adentro hacia afuera.

 

Como en el intrincado laberinto de una caverna, queda mucho por explorar en el pensamiento musicológico de Carpentier a partir de las numerosas interrogantes que se formulara, desde los orígenes de la manifestación, su historia, su entrelazamiento con las diversas culturas, hasta las supremas exigencias del oficio en lo que pueden deducirse preocupaciones similares a las planteadas por su trabajo de escritor. En ambos casos, de su experiencia vital se derivaba un particular vínculo entre teoría y práctica. Así fue que el conflicto provocado por los premios del concurso de Caracas, dejara alguna huella en su relación con los cubanos de Renovación Musical. Al cabo, sin embargo, prevaleció el respeto mutuo en la cercanía recuperada con Ardévol y Gramatges. De vuelta a Cuba, se le revelaron muy pronto los renovadores de la nueva hornada. Juan Blanco reconoció reiteradamente la deuda contraída con quien lo iniciara en las investigaciones sobre electroacústica. Leo Brower no ha cesado de rendirle homenaje.

 

(Continuará)

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