Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 29

Por Graziella Pogolotti

Por las circunstancias de su vida itinerante, nunca tuvo Carpentier buen cuidado en conservar su numerosa correspondencia. Quedan jirones dispersos de lo que debió constituir un invaluable testimonio, hecho al calor de la inmediatez, de sus vivencias en los países donde permaneció durante decisivas etapas de su vida. Así lo demuestran unas pocas cartas dirigidas al crítico José Antonio Portuondo y a los compositores Edgardo Martín y José Ardévol. Al llegar a Caracas, había considerado la posibilidad de permanecer allí durante unos seis meses, acumular lo necesario para, de regreso a La Habana, disponer de lo necesario durante dos años para entregarse de lleno a la tan postergada creación literaria. Comentaba con sus amigos músicos el lamentable destino de tanto talento frustrado en el desperdicio de lo más fecundo de su existencia en el empeño por garantizar el sustento más elemental.

Al cabo de dos años, la ciudad lo había cautivado. En una Caracas todavía muy provinciana, se mantenían vivas tradiciones de antaño con el cantar de los villancicos en el mes de diciembre. Por primera vez, pisaba Tierra Firme y bordeaba lo más profundo del Continente. Soñaba con ir más allá, con llegar quizás hasta Quito. La casualidad estaba a punto de regalarle una aventura decisiva.

Por otra parte, los venezolanos lo recibieron con los brazos abiertos. Juan Liscano dio a conocer su llegada con la publicación de una entrevista de excepcional calidad, reveladora de la trayectoria y de las ideas del cubano. A pesar de su impaciencia por entregarse al ejercicio literario, Carpentier tenía una segunda vocación secreta, la de animador cultural. Se entregó sin descanso a esta tarea. Se vinculó a jóvenes artistas plásticos. Compartió con ellos la valoración de las tendencias más novedosas. Contribuyó a la organización de exposiciones. Redactó textos para catálogos. Exploró las manifestaciones del folklore y tropezó con instrumentos musicales primitivos. No tuvo a menos participar en talleres literarios. No descuidó el desarrollo de la vida musical. Desde “Letra y Solfa”, su columna en El Nacional, informaba, comentaba, incitaba a la reflexión. Fue profesor de Historia de la Cultura. El azar estaba a punto de regalarle una vivencia estremecedora.

Pronto atravesaría el tiempo y el espacio. Como lo soñaron los conquistadores, como quiso hacerlo Humboldt, iba a descubrir el verdadero corazón de El Dorado. En carta a Ardévol, transido de emoción relata el inicio de la gran aventura. Invitado por algunos geólogos, había viajado en avión hasta donde avión alguno hubiera llegado hasta entonces, allí donde se entrecruzan veintiocho ríos, se levantan gigantescas torres de basalto, se despeñan enormes cascadas desde alturas tan gigantescas que el agua se pulveriza en finísima lluvia antes de llegar al suelo. Afiebrado por el impacto, ha escrito cien cuartillas. De algunas de ellas se desprenderán los artículos recogidos con el título de Visión de América. Otras permanecen inéditas, en espera de estudio y cotejo. Acaba de tropezar con el primer día de la Creación.

Tendrá que volver. Ahora será por vía fluvial, durmiendo en hamaca, en lanchones cargados de pestilente ganado. En el primer día de la Creación, iba al encuentro de Los pasos perdidos.

 

(Continuará)

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