Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 28

Por Graziella Pogolotti

 

 En Venezuela había explotado el boom petrolero. La febril exploración descubría futuros prometedores por doquier. Entre los beneficiados se encontraba un puñado de intelectuales herederos de fincas abandonadas a la administración de hombres de campo formados según el modelo de Doña Bárbara, que dejaban a los propietarios una modesta renta con la que residían en la capital y viajaban a París, más interesados en emprender obra literaria y en impregnarse de las tendencias de la cultura contemporánea que en dedicarse a las labores de la tierra y someterse a la monótona existencia de hombres de a caballo en la soledad de los extensos llanos de un país subdesarrollado. De repente, una lluvia de oro pareció haberles llegado del cielo. Poco les interesaba invertir capitales en otras ramas de la producción. Colocaron sus recursos en la rápida expansión urbana de Caracas, en la modernización de la capital y de sus medios de comunicación.

 

En Cuba, la radio y la publicidad habían alcanzado un crecimiento notable. En poco tiempo, las emisoras se multiplicaron. Combinaban con eficacia programas de consagrados de la música popular e impulsaban un género dramático novedoso, la radionovela. Antes de que el éxito sensacional de El derecho de nacer hipnotizara a millones de oyentes, las ondas sonoras de “la novela del aire” habían conquistado un público fidelísimo. En La Habana, la muerte accidental de la actriz María Valero produjo profunda consternación. Los cubanos exportaron el producto a buena parte de América Latina, según lo atestigua Mario Vargas Llosa en La tía Julia y el escribidor.

 

Durante su estancia en París, Alejo Carpentier se estrenó como pionero en la experimentación de las posibilidades creativas de un medio que buscaba, en los treinta del pasado siglo, sus fórmulas específicas de expresión. Tenía a su disposición un inmenso público potencial entre las amas de casa que desempeñaban un trabajo rutinario y entre todos aquellos que, al cabo de una jornada de intenso laboreo, demandaban un apacible rato de distracción. Conocedor de los recursos técnicos de la grabación y el sonido, el cubano soñaba con audaces adaptaciones de las obras de Claudel y de Edgar Allan Poe. El mercantilismo destruyó las ilusiones de fundar un arte nuevo en aventura semejante a la de medio siglo atrás. Resignado ante la necesidad de adaptarse a las circunstancias concretas de la realidad, siguió produciendo guiones después de su regreso a La Habana. Era una de las tantas tareas impuestas por la necesidad de ganar el sustento.

 

De repente, le llegó una oferta tentadora. En 1945, Carlos Eduardo Frías lo invitaba a incorporarse a una empresa que, muy pronto se convertiría en la Publicitaria Ars. El llamado era urgente. Reclamaba una respuesta inmediata. En unas líneas apresuradas dirigidas al Fondo de Cultura Económica, Carpentier informa que ha terminado la redacción de La música en Cuba. Solo falta la revisión final. Sin tiempo para hacerlo mientras recoge a toda prisa sus maletas, enviará el manuscrito definitivo desde Caracas. El contrato por tiempo limitado se convirtió en una fructífera estancia de catorce años. Con la seguridad de una existencia acomodada, Carpentier pudo, por primera vez, organizar su tiempo y hacer de la escritura una práctica diaria, sistemática y rigurosa, tal y como lo exige el oficio. En la tranquila soledad de la madrugada, enfrentaba la cuartilla en blanco. Luego, cumplía su horario laboral. Cazaba en las librerías las publicaciones más recientes y rebuscaba libros en los almacenes de anticuarios. En la sala de El Nacional, redactaba su columna periodística. En las tardes, revisaba lo hecho al amanecer. Más tarde cumplía con los compromisos sociales impuestos por sus tareas publicitarias, se reunía con amigos, leía, escuchaba música. Se retiraba a descansar a una hora prudente. Contrajo hábitos que lo acompañaron durante el resto de su vida. Así fue edificando su obra mayor.

 

 (Continuará)

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