Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 23

Graziella Pogolotti

Para ganarse la vida en La Habana, Carpentier escribe centenares de cuartillas, muchas de ellas perdidas en el universo efímero de la radio. Algunas de ellas, para la CMZ, emisora del Ministerio de Educación que respondía a un propósito de difusión cultural. Para la amplia audiencia popular CMQ, por necesidad, el enfoque sería más comercial, aunque por las escasas referencias conservadas, se deduce que intentaba siempre abordar asuntos relacionados con la actualidad del momento.

Las colaboraciones periodísticas se extendieron desde Tiempos nuevos, donde llegó a ser jefe de redacción, hasta Carteles y, un poco más adelante, a la página cultural de Información, que contaba con firmas reconocidas, como la del crítico de arte Guy Pérez Cisneros, el músico Edgardo Martín y la comentarista Sara Hernández Catá.

El periodismo resultaba para Carpentier mucho más que un oficio.Atravesando siempre las fronteras artificiales que lo separan de la literatura. Anclado en la actualidad, discurría tras lo efímero una proyección hacia lo trascendente, una convocatoria a la meditación y el bosquejo inconsciente de temas que apuntaban hacia la obra del narrador en pleno proceso de crecimiento. Buena parte de esos textos mantienen vigencia. Han sido recogidos en los libros El ocaso de Europa, Crónicas del regreso y Crónicas habaneras.

El ocaso de Europa constituye un título que invita a reabrir una antigua polémica. Muchos investigadores, encabezados por Roberto González Echevarría, han subrayado la huella indeleble dejada por la lectura de La decadencia de Occidente. Sin lugar a dudas, la generación latinoamericana a la que perteneció Carpentier recibió el influjo de las publicaciones auspiciadas por José Ortega y Gasset. Abrían horizontes más amplios, se asomaban a la filosofía alemana, menos frecuentada en un mundo dominado por la presencia francesa. Por lo demás, la prosa del pensador español resultaba en extremo seductora. Después del deslumbramiento inicial, se fue produciendo el distanciamiento crítico.

Los vanguardistas rechazaron de plano las ideas contenidas en La deshumanización del arte. En El ocaso de Europa, la virulencia nace de una experiencia vivida. Los jóvenes artistas que se radicaron en Francia en la década del veinte buscaban las fuentes nutricias de la civilización occidental, la renovación vanguardista, el inmenso legado de museos y monumentos, junto al saber forjado en una tradición humanista. En la medida en que el siglo avanzaba, advirtieron los síntomas del renacer de la barbarie, aderezada con las refinadas aplicaciones de la tecnología moderna. En Italia, Benito Mussolini avanzaba hacia el fascismo con un demagógico discurso ultranacionalista. Hitler manipulaba la mitología wagneriana a favor de un culto al suprematismo ario. Amenazados de exterminio, muchos judíos se refugiaban en París. El derrumbe de España había preludiado la guerra inminente, mientras Francia permanecía paralizada por los rejuegos de los intereses y el derrotismo galopante. Por única vez, de regreso a Cuba, Alejo dedicaría una columna diaria a reseñar y poner en contexto temas de la actualidad política internacional.

Como lo hiciera luego en Caracas, Carpentier dedicó algún tiempo a la docencia en el Conservatorio Hubert de Blanck. Sus amigos Roldán y Caturla habían fallecido prematuramente. En el ámbito de la música culta, emergía una nueva generación bajo el liderazgo de José Ardévol. Olga de Blanck y Gisela Hernández estaban situadas en el entorno del grupo de renovación musical, donde se aglutinaban también Harold Gramatges, Argeliers León, Edgardo Martín, Hilario González y Julián Orbón. Alejo siguió de cerca la obra de los que hasta entonces se iniciaban. Grupo monolítico en los días de fundación, pronto surgieron fisuras y pequeñas tempestades. El recelo de algunas de ellas involucraría al escritor, instalado ya en Caracas. Acosado por la falta de tiempo, Carpentier no renunció a su vocación de servicio. En el teatro se había mantenido viva la tradición del vernáculo. También permanecía latente la voluntad de conquistar un espectador para el repertorio internacional. El empeño adquirió visibilidad con el estreno de Seis personajes en busca de autor, lo que implicaba innovar también en los conceptos de puesta en escena y de la formación de actores. A esa falta de recursos disponibles, resultaba indispensable implementar alguna forma de enseñanza. Nació el ADAD –Academia de Artes Dramáticas, donde Alejo ofreció cursos. Surgió asimismo Teatro Universitario, asentado por el profesor Luis A. Baralt. Pudo disponer de la dirección artística de Ludwig Shajowicz, emigrado austriaco.

El pórtico clásico del edificio Poey en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana era el escenario, a cielo abierto, para presentar un repertorio tomado de la tragedia griega. Carpentier intervino como musicalizador. Implicado en la construcción del espectáculo, rememoraba quizás los tiempos del montaje de Numancia con Jean Louis Barrault. Una noche, el tiroteo cercano en los alrededores del Stadium Universitario constituyó la iluminación inicial que lo llevaría a escribir El acoso.

Salido de la clandestinidad mediante el pacto con Batista, el Partido Socialista Popular procuró ganar espacios, a través de distintos medios, para ampliar su influencia ideológica. Dialéctica fue su órgano teórico. Hoy su periódico y la emisora 1010 una formula radial con excelentes programas dramatizados y musicales. Intentó, además, explorar el terreno del cine carente todavía de la indispensable base industrial. Con recursos de aficionados, Tabío emprendió la tarea. Al margen de los circuitos comerciales, la proyección de modestos documentales se producía en centros obreros. Los guionistas voluntarios de la Cuba-Sono Films, eran escritores reconocidos como Juan Marinello, Onelio Jorge Cardoso, Ángel Augier y Luis Felipe Rodríguez. Antes de la aparición del neorrealismo italiano, los actores improvisados eran obreros. En todos estos casos, Carpentier se encargó de la musicalización.

El periodismo, la radio, la docencia conformaban una pesada carga de trabajo, a las que se añadían las asumidas voluntariamente para contribuir a la difusión de la cultura. La etapa representó, sin embargo, por la conjunción de factores diversos, el punto de partida para el viraje decisivo en la narrativa de Alejo Carpentier.

(Continuará)

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