Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 22

Por Graziella Pogolotti

 

A poco de llegar a La Habana, Carpentier formalizó su matrimonio con Eva Fréjaville. No había transcurrido un mes cuando se produjo la catástrofe. Carlos Enríquez, el pintor amigo desde la primerísima juventud, conquistó la pasión de la francesa. El artista reunía los rasgos que cautivaban a una joven con el imaginario nutrido por la visión exótica del trópico. En sus actitudes y comportamiento, Carlos había asumido la máscara machista de Tilín García, el héroe de su primera novela, que reafirmaba esos valores. Con el bienestar económico garantizado por la herencia paterna, disponía de un auto para visitar la ciudad, instalado ya entonces en el ambiente semi-rural, donde construyó casa modesta con ancho portal en el que tendía una hamaca para disfrute de la brisa vespertina. Los domingos recibía a los amigos con abundancia de alcohol y carne de puerco asada, según la tradición, con perfume de guayaba. Pronto El Hurón Azul se convertiría en leyenda y en eje de la bohemia habanera, aunque los concurrentes, mayoritariamente matrimonios bien establecidos, no violaban las normas tradicionales de la época. Puedo recordar entre los visitantes asiduos al arquitecto Jorge Fernández de Castro y su esposa Marta, al caricaturista Juan David y su esposa Graciela, a los pintores Sandú Darié y Luis Martínez Pedro con sus respetivas compañeras, Lily y Gertrud, al exiliado español José Luis Galbe junto a Berta, dueña de una exitosa peluquería prestigiada por el renombre de la propietaria francesa.

 

Con las vestiduras de Tilín García, Carlos Enríquez montó su versión del rapto de Eva. Las leyendas al respecto son muchas. Pogolotti, amigo de los tres, relata que paseaban juntos en el coche de Carlos, cuando intempestivamente este se volvió hacia Eva y le preguntó con quién se quedaba. Ella escogió al pintor, quien se dirigió a Alejo y le indicó que se bajara del auto. Durante un tiempo, Eva se sometió al encierro en El Hurón Azul, interrumpido apenas por los festejos dominicales. Poco a poco fue recuperando su independencia. Publicó un folleto titulado Marcel Proust desde el trópico en la editorial La Verónica del poeta español Manuel Altolaguirre, también visitante asiduo de la casa. La dependencia alcohólica de Carlos Enríquez se acrecentaba. Los senderos de su quinta se enmarcaban en fondos de botellas. Un domingo se precipitó el desenlace. Eva quiso conocer una experiencia lesbiana. Se marchó con la inglesa Cynthia Carleton. Carlos no llegó a superar nunca los efectos del impacto. Cubrió de pintura el hermoso desnudo desplegado en la puerta del baño, rescatado hoy como parte de la colección del Museo Nacional.

 

 Por su parte, en 1941, Alejo Carpentier emprendería una nueva vida. En la iglesia colonial de Santa María del Rosario, feudo otrora de los condes de Casa Bayona, contrajo matrimonio con Lilia Esteban Hierro, quien sería para siempre su compañera, su lectora privilegiada, su asistente en todos los problemas prácticos de la vida. Se habían conocido en los días lejanos de Loma de Tierra. Descendiente de los marqueses de Esteban, título que nunca ostentó, su abuelo gobernador español de Matanzas, construyó el teatro que portaba el apellido familiar, actual Sauto. Como sucedió con muchas fortunas patricias, los Esteban habían venido a menos. Nada material pudo aportar Lilia al matrimonio. De los bienes de antaño, quedaba tan solo un espléndido mobiliario coronado por las insignias del marquesado, imposible de instalar en el bajo puntal de las casas modernas. Están actualmente en depósito en la Oficina del Historiador de la Ciudad con vistas a su futura exhibición en un museo colonial.

 

 Junto a Lilia, Carpentier obtuvo la estabilidad espiritual para emprender su tarea de escritor. Pero la brega por la subsistencia seguía devorando tiempo y energía.

 

(Continuará)

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