Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 13

Por Graziella Pogolotti. 

 

 La concisa adhesión a los disidentes del surrealismo que reaccionaron contra el Segundo Manifiesto de André Breton mostraba a las claras la posición de un Carpentier volcado hacia los grandes temas de América Latina. Desde París podía proponer un diálogo entre ambas orillas del Atlántico mutuamente beneficioso. Era un intercambio entre iguales. La nueva literatura de nuestros países se proyectaría hacia el mundo, rompería la balcanización de nuestros territorios y contribuiría a redondear el planeta fragmentado por el monopolio de una visión eurocéntrica.

 

 Para cumplir esos objetivos, logró el patrocinio de Elvira de Alvear, hija de un presidente argentino con recursos financieros suficientes para auspiciar una voluminosa revista de lujo. De esa alianza nació Imán, título que sintetizaba los propósitos esenciales de tan ambicioso proyecto. Era 1931. El cubano llevaba apenas cuatro años en Europa. Alcanzaba tan solo los 27 años de edad. Había tomado la medida del desarrollo literario del viejo continente y sus contactos con los emigrados residentes en la capital francesa lo habían iniciado en el provechoso aprendizaje de Latinoamérica.

 

 Transcurridos más de ochenta años, la revisión del sumario de Imán produce efecto impactante. Aparece un conjunto de textos de autores emergentes que constituyen en la actualidad nombres imprescindibles de la historia de la literatura. Jules Supervielle y Henri Michaux andan junto a Vicente Huidobro, a César Vallejo y a un poeta, entonces casi desconocido, cónsul de Chile en Ceilán, que firmaba con el nombre de Pablo Neruda. Según testimonio de Rafael Alberti, Carpentier recomendaría también la publicación en España de Residencia en la tierra. En el campo de la narrativa el lector descubre a Jean Giono, a John Dos Passos y a Franz Kafka en buena vecindad con textos de Miguel Ángel Asturias, además de primicias de ¡Écue-Yamba-Ó! y de Las lanzas coloradas devenido más tarde un clásico de las letras venezolanas.

 

 Doblemente polémico, un amplio dossier abarca las últimas páginas de Imán. Define una toma de posición ante el surrealismo y ante las relaciones entre Europa y América Latina. Convoca una larga nómina de colaboradores, todos ellos procedentes del surrealismo. Reafirma de esa manera que la discrepancia con Breton no significa la renuncia a las ideas matrices de la revolución que impulsó el origen del movimiento. En la importante nómina se descubren, entre otros, Robert Desnos, Ribemont-Dessaignes, Georges Bataille, Michel Leiris, Philippe Soupault. Una obra de teatro de Roger Vitrac cierra la recopilación. Adscrita a la literatura fantástica, la acción transcurre en un barco fantasma. Los navegantes se acercan a Río de Janeiro. Es una zona donde, en fecha similar, se han hundido, en sucesión, numerosos barcos. Aunque es de noche, no se observa señal de tormenta. Inmóviles, en tiempo detenido, los viajeros esperan la catástrofe, el cumplimiento del destino prefijado. Nace el amor entre un poeta y una maravillosa Alicia. De pronto, en medio de un estremecimiento que quiebra el maderamen, el barco se hunde. Las costas de América Latina permanecen inaccesibles.

 

 Porque de América Latina se trata, con abundante empleo de la ironía, los autores subrayan la ignorancia europea ante un Continente por descubrir. De la distancia se perciben algunos toques de exotismo, confusas referencias a las culturas prehispánicas y la amenaza latente debida al poder creciente de una América del Norte en expansión.

Como el barco fantasma de Vitrac, Imán zozobró antes llegar al segundo número. La tormenta había hundido los recursos miríficos de Elvira de Alvear. Además, por esa época, Victoria Ocampo se enfrascaría en un proyecto similar desde Buenos Aires con la revista Sur. Carpentier había cargado con la inmensa tarea de seleccionar textos, contactar colaboradores, asumir la edición y correr con las gestiones en la imprenta. Al declararse insolvente la publicación, el cubano pudo rescatar algunas pruebas de galera de lo que habría de ser un segundo número. Se conservan hoy en la Fundación Alejo Carpentier. Para conocer la temperatura de la época, valdría la pena emprender una edición facsimilar del primer número de Imán.

 (Continuará)

 

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