Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 11

Por Graziella Pogolotti

 

 En “El clan disperso”, novela inconclusa en la que Carpentier intentaba evocar la disolución del grupo minorista, el autor relata la obsesión recurrente de sus coetáneos con la idea de viajar. Contemplaban melancólicamente el desfile de los barcos por el canal de entrada al puerto habanero. Francia, el país que proyectaba hacia el mundo exterior los resplandores de la vanguardia, era el lugar soñado. Poco a poco, en París se había ido instalando una pequeña colonia cubana.

 

Allí estaban los artistas que animaban la renovación del lenguaje de las artes visuales: Víctor Manuel, Antonio Gattorno, Eduardo Abela, Amelia Peláez, Domingo Ravenet, Carlos Enríquez y Marcelo Pogolotti. Se les unían algunos escritores, como Félix Pita Rodríguez y Lydia Cabrera, músicos que pasaron por un aprendizaje sin porvenir, como Diego Bonilla, el precoz violinista Ángel Reyes, así como la cantante Lydia de Rivera. También radicaron en la capital francesa Enrique Caravia y Ramón Loy, pintores que no lograron romper las ataduras de la academia, así como el escultor Juan José Sicre. A ese conglomerado procedente del ámbito cultural se añadían quienes escapaban de la represión machadista, estudiantes de medicina que proseguían sus estudios en la capital francesa y jóvenes revolucionarios volcados hacia la actividad política. A pesar de su heterogeneidad, se mantenía entre todos un vínculo solidario basado en la nostalgia y en la necesidad de compartir noticias sobre el acontecer de la isla distante.

 

En La Habana, Carpentier permanecía sujeto a una libertad vigilada, pendiente de un juicio postergado de semana en semana, hasta llegar, en agosto de 1928, al sobreseimiento de la causa. La llegada de Robert Desnos con motivo de la celebración de un congreso internacional de periodistas, determinó un brusco cambio de panorama. Se anudaría entre ambos una amistad que traspasaría los límites de la muerte del poeta, recién salido de un campo de concentración. Integrante del núcleo radical del movimiento surrealista, siempre inconforme, abierto a todas las interrogantes de la contemporaneidad, desprejuiciado, Desnos despertó en Carpentier una admiración duradera, evidente en los textos que dedicó al amigo. El cubano le mostró al visitante la realidad de la Cuba profunda, la música popular de los bares periféricos y los rituales de origen afro. Despojado de una mirada eurocéntrica, el poeta comprendió que América era un continente que estaba por descubrir. De esas intensas jornadas compartidas, surgió una complicidad promisoria de un vuelco en el destino del narrador en ciernes. Su salida hacia Europa, valido de la documentación que acreditaba a Desnos, no fue el resultado de una improvisación de última hora. Fue preparada de antemano. Así lo demuestra un mensaje a Alejandro García Caturla conminándolo a viajar a la capital antes del día 15 para traer muestras de su trabajo musical. Todo indica que Carpentier se proponía divulgar en Francia la obra de su compatriota. Por su parte, llevaba en cartera el esbozo de ¡Écue-Yamba-Ó!

 

 A pesar de tanto optimismo, Carpentier se arriesgaba en un salto al vacío. En tiempos de fronteras y pasaportes, desembarcaría en Francia como indocumentado, carente de bienes propios que le garantizaran la supervivencia. Por solidaridad de colega, el poeta Mariano Brull, autor de las jitanjáforas, funcionario de la legación de Cuba, le proporcionó la documentación necesaria para legalizar su situación. En el Hôtel du Maine, hoy desaparecido, situado en las cercanías de Montparnasse, daría con parte de la colonia cubana que lo acogió, generosa, como uno de los suyos.

 

 (Continuará)

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