Los misterios de Carpentier. Apuntes biográficos 46

Por Graziella Pogolotti

 

En 1966, Alejo Carpentier ocupaba el cargo de ministro consejero, a cargo de asuntos culturales, de la embajada de Cuba en París. Desde entonces hasta su muerte, significaba otra prolongada estancia en Europa. Esta vez, la relación entre el acá y el allá. Había pasado la época del florecimiento de la vanguardia. Las que demandaba, simultáneamente, novedades que convocaron a los clientes y una cobertura de seguridad para la inversión. Alejo conservaba amigos de antaño, ahora escritores consagrados con poder de decisión en las ciudades. A través de la prensa y de las revistas especializadas, pudo mantener activa su información sobre la actualidad. Después de una aparición respaldada por la crítica, el nouveau roman empezaba a eclipsarse, aunque dejaba sus marcas en el arte de narrar. En el ámbito del pensamiento tanto la teoría literaria como las ciencias sociales evolucionaban en dirección del estructuralismo. Los teóricos de Tel Quel sentaron catedra y subrayaban el papel de la intertextualidad, recurso utilizado por Carpentier que habría de aventurarse con el tono lúdico en su creación primordial en los setenta.

 

A partir del triunfo de la revolución cubana, las relaciones culturales adquirieron peso político creciente y se multiplicaron en diversas direcciones. De manera natural, los vínculos con el campo socialista tenía su reflejo en los intercambios culturales, sobre todo en el área del cine, del ballet, de la literatura y en ciertos aspectos de las artes escénicas donde, en el caso particular de Checoslovaquia interesaron las marionetas y algunas puestas en escena, impactantes por el modo de enfrentar la relectura de los clásicos. En esta área, no puede olvidarse la muy recordable puesta en escena de Romeo y Julieta. La perspectiva abordable por Svoboda llevaba el conflicto entre Montescos y Capuletos al todavía candente ámbito del racismo. En lo que respecta a China, como lo advirtió Carpentier en su viaje a ese país, idioma y tradición cultural se interponían al cabal entendimiento de la creación artística. En un primer momento, la actitud ideológica de Mao Tse-Tung con los artistas y su concepto de la coexistencia de las cien flores, despertaron simpatías en medio de los malentendidos que separaban a la Unión Soviética de China. Enemigo de toda fractura de la unidad del campo socialista, la dirección política cubana se mantuvo al margen de esta polémica. Poco a poco, los intelectuales tomaron distancia. Lo que al principio pareció una propuesta rectificadora de los errores estalinistas, se convirtió luego en una revolución cultural de lamentables consecuencias.

 

El perfil herético de la Revolución cubana se manifestó en la posición radicalmente descolonizadora y tercermundista. Los contactos con África se acrecentaron, no solo en lo económico y lo militar, sino también en la cultura. A la afirmación de nuestra comunidad de raíces, se añadía una línea editorial que favoreció la traducción y difusión de ese continente. Con la guerra de liberación de Vietnam, el compromiso era total. Incluyó la formación de cuadros que contribuirían a la futura edificación del país y, la producción de una cinematografía filmada bajo las bombas y la solidaridad de los intelectuales con la lucha que se libraba en la antigua Indochina. Carpentier brindaría su testimonio en el Tribunal Russell.

 

En ese mundo diverso, el nexo principal por razones históricas y culturales, por la fidelidad al viejo sueño bolivariano, se establecía con la América Latina, a la que se incorporó el Caribe, casi siempre marginado. Se reivindicaron las culturas originarias, se reivindicó el creole. Centrada en gran medida en la Casa de las Américas, donde se rescataron las palabras de Fanon y Mariátegui y se convocaron concursos y festivales de distinta índole, el ICAIC tuvo así mismo, peso decisivo en este proyecto unificador latinoamericanista. El ICAIC creó un público para el cine latinoamericano, ofreció apoyo técnico a sus creadores y, cuando la sombra de las dictaduras lo hizo necesario les brindó el refugio necesario.

 

La apertura hacia los distintos continentes y la plataforma anticolonialista no se efectuaron en menoscabo de la relación histórica con una Europa en la que la posguerra dejaba un legado ideológico que conduciría a las jornadas de mayo del 68. El debate político seguía estando en primer plano y cubría un amplio espectro donde se mantenía una línea ortodoxa fiel a las posiciones de la Unión Soviética, una izquierda critica fortalecida por la resistencia antifascista, repudiaba el colonialismo tradicional en el proceso de Indochina y en el de la independencia de Argelia. Desde sus publicaciones y desde los planteamientos de ciertas esferas de la creación, esta última contribuyó a animar una opinión publica dispuesta a respaldad los sucesivos tratados de paz negociados por los presidentes franceses Pierre Mendès-France y Charles de Gaulle. Por otra parte, en el plano teórico, se produjeron escisiones respecto al marxismo propugnado por la línea oficial soviética, hasta manifestarse en confrontaciones públicas, muy aguzadas en el Partido Comunista Italiano. En los tempranos sesenta, esta pluralidad convergió en el apoyo a la Revolución cubana que, por su lenguaje, su conducta y su nacimiento autónomo, asumía rasgos de independencia que, a veces, se situaban en las fronteras de la herejía. En la práctica, se abandonaba el antiguo posicionamiento paternalista ante una realidad, quizás bárbara e hirsuta en apariencia, pero movida por impulsos renovadores, desprejuiciados y afincados, libres de sentimientos de inferioridad, en su realidad específica.

 

A escala individual, los escritores y artistas, así como los científicos sociales cubanos, habían tenido, de manera individual, un dialogo con Europa desde el siglo XIX. Fueron los tiempos del iluminismo, del romanticismo y, posteriormente, de la vanguardia. Por razones obvias, por rechazo a la metrópoli española algo rezagada primero y por constituirse París en centro renovador de las tendencias artísticas luego, Francia se constituyó en centro principal de atracción. Después de la Revolución se transformó en política auspiciada por las instituciones gubernamentales focalizadas ahora básicamente en Francia y en Italia. Formuladas de diverso modo, el punto común se revelaba en la existencia de proyectos emancipatorios. Desde la década del cincuenta, el cine neorrealista había tenido amplia acogida por una generación que soñaba con el desarrollo de una industria nacional. Eran asimismo lectores asiduos de Cahiers du Cinéma, por lo cual asimilaron gran parte del pensamiento que inspiró a la “nouvelle vague”.

 

Antes de la Revolución, los contactos se iniciaron con Cesare Zavattini, quien colaboraría después en el momento fundacional del ICAIC, institución que albergó, entre muchos a Chris Marker y Agnès Varda. Muchos otros artistas e intelectuales intervinieron en manifestaciones públicas y en acciones concretas con la realización de un clima de simpatía a favor de Cuba. El filósofo Jean Paul Sartre, director de Les Temps Modernes no dudó en emplear el titulo sensacionalista de “Huracán sobre el Caribe” para la serie de artículos que publicó en France Soir, el más popular órgano de prensa de la época. Orientado otro destinatario, Claude Julien, autor de El imperio americano y director de Le Monde, ofreció también su respaldo. El más famoso galán de cine e intérprete del Teatro Nacional Popular Gerard Philippe, junto a su esposa Anne, brindaron amistad y apoyo sin reservas.

 

En ese contexto de diálogo productivo con escritores, artistas y pensadores, la designación de Carpentier en Francia era muy oportuna. Dominaba el idioma del país, conocía su cultura y su mentalidad, a todo lo cual se añadían sus viejas relaciones personales. El escritor invirtió en este empeño su capacidad creadora: publicó en esta etapa El recurso del método, Concierto barroco, El arpa y la sombra y La consagración de la primavera. No obstante, cada mañana llegaba puntual a la oficina. Revisaba la prensa y analizaba la correspondencia. Atendía a los visitantes, mantenía actualizada su labor en la UNESCO, aunque no hubiera sido acreditado. De manera natural, sostenía relaciones fraternales con sus colegas. Era un conferencista itinerante.

 

Acontecimientos de distinta relevancia sitúan al año 1968 como un punto de viraje en cuanto al protagonismo de las ideas emancipadoras, con el consecuente resquebrajamiento de su influencia entre los intelectuales y la opinión publica respecto a las posiciones de la izquierda. El “mayo francés” emergió como un proyecto original de toma de poder en un medio urbano y en un país industrializado. Su epicentro estaba en el barrio latino, centro real y simbólico de las universidades y apeló a las barricadas y otras formas de rebelión. Ahogado al cabo de unas pocas jornadas, resultó pura joda, al decir de Julio Cortazar en La vuelta al mundo….. Con conocimiento de causa, el gobierno concibió una política dirigida a diluir, de manera prenatal, esos núcleos de resistencia. Dispersó los centros de educación por la amplia periferia de la capital francesa, democratizó el acceso. El emblemático barrio latino se convirtió en la zona turística, llena de boutiques que hoy conocemos.

 

La tradicional concentración de la muchachada en los alrededores de la Sorbona y de la antigua Facultad de Medicina provocaría la fragmentación del mundo académico y a la progresiva neutralización de su potencial de rebeldía.

 

En el mismo año, las propuestas de cambio introducidas por Dubček en Checoslovaquia calentaron la temperatura interior y centraron en Praga el interés de las potencias internacionales. Al principio, militantes de la primera hora se sumaron al proyecto reformista, motivados, además, por la irritación existente –manifiesta en los chistes que se propagaban a los visitantes extranjeros respecto a la excesiva dependencia del país a las orientaciones emanadas de Moscú. Se decía que, un día inaugural de la primavera, el presidente Novotný salía del Castillo con abrigo puesto y paraguas abierto. Sus acompañantes comentaban la suave transparencia de la temperatura. “Pero en Moscú está nevando”, respondió impertérrito el dirigente. De paso por Praga, camino de La Habana en los días de la crisis de octubre, mostré a estudiantes de español el discurso de Fidel que ratificaba, con el señalaba los cinco puntos indispensables para el logro de un acuerdo digno que garantizara la paz y la seguridad de la isla. La franqueza del discurso, dirigido a un pueblo que estuvo dispuesto a inmolarse, llenó de asombro y admiración. Como antes habían hecho en Hungría, las tropas del pacto de Varsovia entraron en Praga. Todos, incluidos los cubanos, estaban pendientes de la palabra de Cuba. Reducida a titulares de los medios de prensa, la isla respaldaba la invasión a Checoslovaquia. En realidad, la opción, muy matizada, incluía la irrenunciable reafirmación en defensa de la soberanía de los pueblos. Sin embargo, ante la bipolaridad dominante en las relaciones internacionales, reunía el compromiso de adherirse al campo socialista. A continuación, Fidel Castro enhebraba una sustanciosa crítica a los errores cometidos por el PCCH, válida para todos los tiempos y todas las circunstancias, caracterizado por el distanciamiento de las masas, lo que conducía, según los conocedores de las ciencias políticas, la paulatina burocratización del Partido, la renuncia de su papel de vanguardia y la supervivencia de métodos estalinistas.

 

Mientras tanto del lado de acá del Atlántico, se producía la matanza de Tlatelolco en la plaza de las tres culturas de la capital mejicana, engalanada con vistas a la celebración de los juegos olímpicos. Atrapados en una encerrona, en un espacio poco favorable a la posibilidad de una escapatoria, los estudiantes se habían reunido para defender, a la luz pública, un conjunto de reivindicaciones, al margen de cualquier forma de articulación política e ideológica. Las tropas especiales dispararon, con todo su armamento, contra casi inermes estudiantes. No se sabe todavía, no se sabrá nunca quizás, el número exacto de caídos. Atada al compromiso moral nacido del compromiso ético con un país que, a pesar de la corrupción política y de las concesiones al imperialismo agudizadas en el sexenio de Díaz Ordaz, en cumplimiento del principio formulado por el benemérito de las Américas sobre el respeto al derecho ajeno, no rompió nunca las relaciones diplomáticas, comerciales y culturales, Cuba guardó silencio. Sumido en aquel dramático año, el desencanto de las izquierdas removió las posibilidades de un pensamiento crítico. Cuba no se pronunció.

 

En el panorama latinoamericano, la caída del Che en Bolivia clausuraba por el momento las posibilidades efectivas de la lucha armada. A mediados de 1969, el Congreso Cultural de La Habana parecía haber abierto la perspectiva de una plataforma emancipadora común para las izquierdas. Ninguna convocatoria previa, tuvo similar recepción. Acudieron intelectuales procedentes de América Latina, África y Europa. Eran escritores y artistas muy reconocidos, así como antropólogos y científicos sociales con obra muy reconocida. Portadores de diversas ideologías, militantes algunos, trotskistas y situacionistas unos pocos, hombres y mujeres comprometidos éticamente con la justicia social y contra toda forma de coloniaje, los participantes recibieron el aliento de las palabras de Fidel, quien reconoció, entre otras cosas, desde tan temprana fecha, la existencia de sacerdotes católicos involucrados en la lucha de los más desamparados. Era el germen de la teología de la liberación.

 

Los acontecimientos que se produjeron en el curso del año congelaron esa esperanza.

 

Un incidente que, de haber ocurrido en otro país no hubiera tenido mayor resonancia, contribuyó al desconcierto y al distanciamiento de un amplio sector de la izquierda internacional. La UNEAC había convocado a su habitual concurso literario, avalado por la participación en el jurado de figuras procedentes de otros países. El conflicto estalló al concederse el premio de poesía a Fuera de juego de Heberto Padilla y el de teatro a Los siete contra Tebas de Anton Arrufat. Después de haber residido su autor durante un tiempo en la URSS, el poemario reflejaba críticamente a las supervivencias del estalinismo que, dada la ambigüedad inherente a toda creación artística, podían extenderse al proyecto socialista. El texto de Arrufat se inclinaba a la conciliación entre dos bandos en pugna por la conquista del poder. Situada en el ámbito del mito tebano, el texto podía contener referencias al caso cubano que, después de la invasión de Playa Girón, seguía cercado por enemigos nacidos en la Isla. La decisión de la UNEAC de cumplir el compromiso contraído en las bases del concurso con la publicación de las obras premiadas, a las que se incorporaba un prólogo crítico, produjo malestar dentro y fuera de Cuba.

 

La posterior detención de Padilla y su meditada autocritica pública, que incluía acusaciones a colegas de indiscutible prestigio literario, evocaba los juicios de Moscú. Se publicaron manifiestos. Algunos callaron, pero, de hecho, la ruptura estaba consumada.

 

La ruptura del diálogo con una izquierda multicolor, ahora dispersa y defraudada propició el reacomodo de fuerzas en la interior del país. Tal y como lo reflejaron las polémicas, subsistían dentro de la Revolución, comprometidas en vida y obra con un proyecto socialista, diversidad de puntos de vista en cuanto a las vías y métodos para llevar a cabo la edificación de una nueva sociedad. Debilitado el contrapeso, la balanza se inclinó hacia quienes optaban por atenerse al modelo soviético. Una confusión en el dominio de la estética conducía a un error político. En la prensa empezaron a aparecer artículos de autoría oculta tras el seudónimo de Leopoldo Ávila que atacaban con dureza, en su obra y en plano personal, a escritores cubanos con sólido trabajo literario realizado. Fue el prólogo al Congreso de educación y cultura que estableció una rígida censura y dejo aflorar una tendencia homofóbica que llevó a la marginación de artistas, en particular los vinculados con las artes escénicas.

 

Con ese panorama, las funciones diplomáticas de Carpentier en París se convirtieron en un camino atravesado de espinas. Solo el prestigio de su obra literaria logró sostener una red de relaciones. Contaba Lilia Carpentier, su viuda, que en una oportunidad por ausencia del embajador Baudilio Castellanos, le correspondió asistir a la recepción oficial en el Eliseo por el día nacional de Francia, aniversario de la toma de la Bastilla. Aislado por todos, se mantenía arrinconado en espera de cumplir, en tan lamentable situación, el tiempo reglamentario. De pronto, se le acercó el presidente Georges Pompidou, normando de pura cepa, hombre de refinada cultura. Iniciaron una animada conversación sobre El siglo de las luces. Se quebró el hielo en el iglú al que estaba condenado. Después de ese gesto, como sucede en los ambientes cortesanos, los huidizos acudieron a saludarlo.

 

A punto de cumplir los setenta, le llegarían los homenajes, los de su país, los internacionales Cino del Duca y Alfonso Reyes y, un año después, fue el primer latinoamericano en obtener el Cervantes. Le llegarían también las primeras señales de una muerte anunciada. No se dejó doblegar por la noticia. Con la trilogía compuesta por El recurso del método, Concierto barroco y El arpa y la sombra su obra apuntaba hacia cambios de contenido y de forma.

 

 

 

(Continuará)

 

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