LA PRODIGIOSA CARRERA DE PIERRE BOULEZ

A la edad de cuarenta y un años, Pierre Boulez es la figura que domina, de modo indiscutible, el panorama de la música francesa contemporánea. Extraordinario compositor, gran director de orquesta, pianista notable, teórico agudo y radical en sus planteamientos, Boulez se está presentando a su época como el protagonista de una carrera excepcional… Después de haberse dedicado durante algún tiempo al estudio de la ingeniería, su contacto con una obra de Stravinski hizo cristalizar, de súbito, su vocación creadora. Estudia el contrapunto con la esposa de Arthur Honegger –excelente profesora– y la composición con Olivier Messiaen. Abandona a este último, de pronto, para irse a estudiar con René Leibowitz cuyos libros acerca de la Escuela Vienesa (Schoeberg, Berg, Webern…) y sobre el sistema dodecafónico, constituyen textos fundamentales. Se revela como magnífico pianista en conciertos organizados por el propio Leibowitz. En 1955, Pierre Boulez, está ya al frente de los conciertos del Dominio musical –creados con ayuda de Jean-Louis Barrault– que habrían de revelar al público las obras de los compositores más avanzados de la época. Después de haberse iniciado en los recursos de la música concreta con Pierre Schaeffer, trabaja la música electrónica en los estudios de Colonia, bajo la égida de Herman Scherchen. Un día del año 1957, el gran director de orquesta observa a Pierre Boulez, quien está ensayando su cantata El Rostro Nupcial.

–“Usted mismo dirigirá su obra –le dice Scherchen. Nadie lo haría mejor”.

Boulez se instala en Baden-Baden. Sus obras son publicadas por la Universal Edition de Viena. En 1960 es nombrado profesor de composición en la Academia de Música de Basilea. Mientras tanto, sus conciertos del Dominio musical de París obtienen un éxito creciente. Ahí se revelan las obras nuevas de Stockhausen, de Luigi Nono, de Iannis Xenakis, de compositores japoneses, italianos, alemanes, ofreciéndose impecables ejecuciones, además de partituras de Messiaen, Webern, Alban Berg, Schoenberg y Edgar Varese considerado como un grande y admirable precursor. La Ópera de París invita a Boulez a dirigir el estreno de Wozzeck, así como un programa coreográfico de Stravinski, que incluye La consagración de la primavera y Las bodas… Ahora, el joven compositor acaba de dirigir diez nuevas representaciones de Wozzeck en París, además de grabar esa ópera en disco, y de ser contratado para dirigir Parsifal en Bayreuth este verano, y más tarde, en Viena, la Lulú de Alban Berg.

Y todo esto sin dejar sus trabajos de composición, sin descuidar el Dominio musical, sin abandonar sus escritos, donde lo teórico se une a lo polémico –artículos, juicios críticos, enfoques– que acaban de ser recogidos en un tomo titulado Apuntes de aprendiz… Para completar el panorama de esta carrera prodigiosa, debemos señalar que, aparte de numerosas partituras suyas, Pierre Boulez ha grabado en disco, en estos últimos años, obras de Haendel, Messiaen, Luigi Nono, Schoenberg, Stockhausen, Stravisnki (nueve obras incluyendo los Cuatro estudios para orquesta, casi desconocidos por el público), Varese (Hiperprisma, Integrales, Octandro) y Webern. De este último grabará Boulez próximamente la obra completa.

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En sus escritos, Pierre Boulez ha expuesto los principios que rigen su composición musical. Para él, Schoenberg ha muerto; con todo el respeto que se le tenga, hay que considerarlo como algo relegado al pasado. “Schoenberg quedó rebasado por su propio descubrimiento”. A pesar de haber dado con el sistema serial, permaneció fiel “al universo sonoro que acababa de abandonar”. Le echa en cara su carencia de innovaciones en el dominio estructural. (Es cierto que Schoenberg, en más de una obra, parece querernos demostrar que sus sistema se aviene perfectamente con los patrones clásicos de la composición). Igual reproche hace Boulez a Alban Berg, aunque inclinándose ante el genio del autor de Wozzeck, sin sumar su voz, sin embargo, al coro de “pútridos admiradores parisienses” que entonan sus alabanzas. Pero le molesta un tanto encontrar todavía tanto “pathos romántico” en Berg… A Boulez, sin embargo, a pesar de que Stravinski haya jugado tan a menudo –y tan hábilmente– con los estilos del pasado, el autor de Las bodas le merece un infinito respeto (lo ha invitado a dirigir, por dos veces, los conciertos del Dominio musical) por su descubrimiento de un mundo rítmico tan nuevo como agorero. Pero, de todos modos, Boulez define su propia posición cuando nos dice: “La música debe descubrir nuevas maneras de distribuir los desarrollos de una obra. Ni Mallarmé ni James Joyce tienen equivalentes en la música de su época.” Y añade en otro pasaje de su libro: “Me desagrada hallar un sistema de alturas (de sonidos) en un compositor, un principio rítmico en el otro, una nueva idea de forma en el tercero: frente a tal estado de cosas, la necesidad más urgente me parece ser la unidad de todos los elementos del lenguaje fundidos en el crisol de una misma organización, responsable de su existencia, de su evolución y de sus interrelaciones. Al buscar esto mi ambición es grande, como puede verse; hay que tener alguna audacia para lanzarse de cabeza en un propósito de tan vastas implicaciones. Pero como me es imposible aceptar pálidos comprometimientos, me es necesario huir hacia adelante”.

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Entre las obras más importantes de Pierre Boulez se destacan: la Segunda sonata, para piano (la que, en mis conversaciones con el compositor, yo llamaba “su hammerklavier”, a causa de sus vastas proporciones); El rostro nupcial para gran orquesta, coro femenino y solistas, sobre un poema de René Char; Polifonía X para 17 instrumentos; Estructuraspara dos pianos; Dobles, para orquesta; El sol de las aguas, para orquesta y solistas, sobre un poema de René Char; Poesía para poder (texto de Henri Michaux) para varias orquestas, música electrónica y recitante: la Tercera sonata para piano, donde interviene un factor aleatorio relacionado con el tempo de las distintas partes que integran la obra. Y aparte hemos de citar EL martillo sin amo, la obra de Boulez que más entusiasmo ha despertado y es objeto, hasta ahora, de dos grabaciones bajo la dirección del autor y de una tercera debida a Robert Craft.

Se trata de un conjunto de nueve composiciones inspiradas en tres breves poemas de René Char, escrito para voz femenina, flauta, viola, guitarra, vibráfono xilo-marimba y percusión. Antes y después de los fragmentos cantados el grupo instrumental se entrega a unos “comentarios” que complementan la expresión vocal. Esta partitura es de un logro excepcional, por su plasticidad, la ingeniosa disposición de sus timbres u la constante variedad dinámica obtenida con una reducida formación sonora. Algunos de lso “comentarios” constituyen piezas perfectamente construidas, en sí mismas y aceptarían una ejecución fuera del contexto –aunque, desde luego, la obra tiene, en su conjunto, una imperturbable unidad estructural. Por la sutileza de sus esencias sonoras, por su claridad, por su constante sentido del color, esta obra no es ajena a un remoto parentesco con el Debussy de Jeux, aunque el parentesco sea, en este caso, debido a una mera cuestión de idiosincrasia. Quiero decir con ello que El martillo sin amo no es partitura que hubiese podido ser escrita por un Stockhausen, ni por un Luigi Nono. Un músico francés se nos muestra, ahí, de cuerpo entero, por una serie de giros de estilo, de escritura, de concepto que, en fin de cuentas, lo vienen a vincular con el sempiterno y bendito cartesianismo de lo francés.

Lo cual nos demuestra que un lenguaje novísimo, adquirido al calor de las máximas innovaciones del arte musical de este siglo –en contacto, durante años, con las realizaciones de la escuela vienesa– puede no ser ajeno a un cierto nacionalismo bien entendido –nacionalismo que es, en el verdadero compositor, algo que, por ley universal, le viene de adentro para fuera. A pesar de que trabajan con técnicas paralelas, las músicas del japonés Mayuzumi, del griego Xenakis, en nada se parecen a las de Boulez, francés por derecho propio.

El Mundo del Domingo

4 de mayo de 1966

[p. 4]

De la discoteca de Alejo Carpentier
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