La música rusa en París

Cada año, en el mes de mayo, una gran compañía de ballets rusos, dirigida por el célebre Sergio Diaghilef, ofrece unas treinta o cuarenta representaciones en París. Esta corta temporada de arte eslavo tiene anualmente para la crítica una importancia trascendental; las autoridades musicales claman, exponen teorías, ensalzan o censuran: Vuillermoz[1] analiza doctamente; Charpentier[2] ataca con ironía, y Auric[3] vocifera desde su tribuna de Les Nouvelles Littéraires con un ímpetu que asusta a sus mismos correligionarios.

Este tumulto tiene su razón de ser. En cada temporada de bailes rusos, los viejos hegúmenos[4] de la basílica de la Música, tienen el disgusto de ver entrar en el venerable santuario a un hereje de manos enormes, que sin saludarlos siquiera, comienza, con la mayor impiedad, a dar bastonazos a los pilares y pebeteros para probar su solidez, hasta que, instalándose a la sombra del arco más ricamente labrado, entona cánticos en honor de una efigie que se ha sacado del bolsillo. Este hereje se llama Igor Stravinsky.

Año tras año, Stravinsky ha ido estrenando sus “poemas coreográficos” en París, sufriendo tantos triunfos como caídas, y no ha conseguido desde 1912, que la crítica llegue a ponerse de acuerdo al juzgar sus obras. Aun el público cultivado que lo admira, parece desorientado por su portentosa originalidad. Después de silbar La consagración de la primavera el día de su estreno, los parisienses le prodigaron una ovación delirante cinco años más tarde; luego de acoger entusiásticamente Petrushka y El pájaro de fuego, y de aplaudir El Zorro, se mostraron indiferentes con Mavra y hostiles con Bodas, su última obra.

Esto hace lógicamente plantear la pregunta siguiente: ¿Stravinsky es verdaderamente un compositor genial? Por mi parte no titubeo en responder afirmativamente. Stravinsky es uno de los más fecundos y más originales entre los músicos modernos. Su genio lo prueban el estilo y la elevación de sus concepciones, llenas de una savia vivificadora que las hace pecar, a veces, de excesivamente ricas; su fuerza creadora, la vemos en la calidad y cantidad de sus obras, y su originalidad en la novedad de sus procedimientos, en la asiática exuberancia de su instrumentación, y en la personalidad agresiva que despliega en su harmonía.

Examinemos La consagración de la primavera, su obra  capital, cuya música ilustra el más bello de los temas… Nos vemos transportados a la Rusia pagana de hace algunos miles de años. En medio de una selva inmensa vive una tribu primitiva; los miembros de la tribu sienten la llegada de la primavera; ven próximo el momento en que las fuerzas naturales surgirán, como cada año, con nuevo vigor, llenando la vida del hombre de dulzura y emociones inexplicables, poblando la selva de exhalaciones cálidas… Después de una danza ritual, la virgen elegida presenta su cuello al cuchillo del sacrificador, mientras los miembros de la tribu entonan un cántico de alegría…

Al través de esta partitura. La musa de Stravinsky gime, se encoleriza, ruge. En el fondo de esta obra vemos una tragedia; la tragedia del autor luchando contra la insuficiencia de los medios para dar a sus ensueños una completa realización. Y sin embargo ¡qué representación más hermosa del brutal surgimiento de las fuerzas! Para manifestar el formidable choque que hace estallar la tierra bajo el empuje de las savias primaverales, el compositor ha recurrido al más completo aparato de fuerzas orquestales que se puede reunir. Sobre cuatro tubas en octavas, acotadas por tambores de distintos tamaños, ha construido una catedral sonora con sus instrumentos agrupados en acordes que llevan consigo todas las notas de la gama. Su orquesta de un centenar y medio de ejecutantes crea efectos inauditos de riqueza y sonoridad. No contento con presentarnos un tema hábilmente harmonizado, con una paradójica y atrevida concepción de la claridad melódica, Stravinsky nos lo hace oír simultáneamente en cuatro tonalidades distintas, en cuatro grupos instrumentales.

Cualquier poema coreográfico de Stravinsky es un mundo; nos muestra toda una época o un ambiente como un capítulo de Jean Lombard[5]. En Petrushka, nos lleva desde el primer acorde en medio de una feria de Oriente, donde todo es chillón, lleno de colores violentos. El pájaro de fuego es una especie de cuento de Las mil  y una noches; algunos pasajes descriptivos están construidos sobre los arpegios de cuatro arpas y un piano. El Zorro es una leyenda popular rusa, en ella Stravinsky ha introducido en la instrumentación algunos cantantes considerados como elementos orquestales.

Su última producción, Bodas, estrenada hace poco más de un mes en París, pinta las costumbres rústicas de los campesinos rusos. Las discusiones que provocó esta obra, provienen de la novedad de su instrumentación. La base melódica de Bodas está encomendada a algunos cantantes y a los coros, a los cuales acompaña una abigarrada orquesta de instrumentos… golpeados y de percusión: una legión de pianos, crótalos, címbalos, tubos de metal, xilófonos y tambores.

Stravinsky, Debussy, Strauss, ¡qué síntesis tan completa del genio de tres razas!.

Alejo Carpentier

Chic

La Habana, agosto de 1923

[1] Émile Vuillermoz (1878-1960), crítico musical francés. Colaboró con el Mercure musical y con la Revue musicale.

[2] Gustave Charpentier (1860-1956), compositor francés, autor, entre otras obras, de las óperas Louise (1900) y Julien (1913).

[3] Georges Auric (1899-1983), compositor francés. Fue miembro del grupo de “Los seis”. Cultivó géneros diversos.

[4] Del francés hégoumène y este, del griego hêgoumenos, superior de un monasterio ortodoxo.

[5] Jean Lombard (1854-1891), novelista francés vinculado al decadentismo finisecular. Su obra más conocida es L’agonie (1888).

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