“HERODÍAS”. – FLAUBERT

Salomé  permanecía  borrosa; se perdía misteriosa y

pasmada en la niebla lejana de los siglos…

HUYSMANS

Gustave Flaubert, uno de los grandes escritores franceses

 

En 2021 el mundo conmemora el bicentenario del nacimiento de Gustave Flaubert, autor de novelas y relatos que forman parte del acervo literario universal, tales como Madame Bovary y La educación sentimental, entre otros.

Alejo Carpentier estuvo atraído por la obra de este autor y a todo lo largo de su vida le consagró artículos y referencias múltiples. El primero de estos artículos apareció en las páginas del diario La Discusión en 1922 apenas un siglo después del centenario del autor francés.

En nuestro sitio incluiremos algunos de estos trabajos que nada han perdido de su valor inicial.

“En el día del festín de la natividad de Herodes, la hija de Herodías, danzó y agradó a Herodes”.

“El cual le prometió bajo juramento, darle todo lo que ella pidiese”.

“Ella, inducida por su madre, dijo: Dame en un plato la cabeza de San Juan Bautista”.

“Y el rey se sintió pesaroso; pero a causa de su juramento y de los que estaban sentados a su mesa, mandó que se la sirviesen”.

“Y envió a que decapitasen a Juan en la prisión”.

“Y la cabeza de éste fue traída en un plato y dada a la hija; y ella se la entregó a su madre”.

… Los evangelios no dicen más, En bien pocas palabras, San Mateo relata el drama de la decapitación del “precursor”. Pero esta imagen, tan someramente vislumbrada, de la princesa perversa, danzando delante del tetrarca senil, por una cabeza cortada fue la obsesión de múltiples artistas verdaderos. Rubens quiso animarla con su pincel; Moreau, inspirándose en ella creó un cuadro inmortal. La gran impía, sollozó en las melodías sensuales de Massenet; renació con tintes extraños en las aterradoras disonancias de Strauss… ¡Y en la literatura!, fue llevada a la tragedia, la novela y la poesía; rugió de pasión y lascivia en el verbo atormentado de Wilde, y hasta el pintoresco lapidario colombiano se apegó a su silueta singular. 

Flaubert, el maravilloso artesano de libros perfectos, tampoco se sustrajo al atractivo de la fascinadora homicida; pero quiso imaginársela de un modo diferente; la hizo más real, más histórica. Su Salomé no tiene aberraciones inspiradas por deseos insanos, ni le presta lirismos falsos; su personalidad se esfuma en la sombra que proyecta Herodías, la descendiente de los reyes y de los sacerdotes; la cree tal como la concibieron los evangelios.

La pintó en un cuento: “Herodías” –el último del tomo de los Tres cuentos– que está escrito como todo lo suyo, con una maestría incomparable. Hay una proporción exquisita en las tres partes de que consta; la narración es concentrada, carente de detalles inútiles, y su prosa, pulida hasta conseguir la línea acabada, tiene cadencias de poema.

Principia en un amanecer, en la terraza de la ciudadela de Kakerús, cerca de Jerusalén. El tetrarca, Herodes Antipas, acomodado en una baranda, miraba el soberbio panorama que se extendía a su alrededor. De pronto, una voz lejana, como escapada de las profundidades de la tierra le hizo estremecerse.  Vio dirigirse a él a Mannei, el verdugo de la fortaleza y le preguntó por Iokannan; creía haberlo oído gritar hacía un momento… ese hombre que anunciaba una grande y misteriosa noticia lo atemorizaba: “Cuidado”, exclamó, “cubre la fosa. No debe saberse que vive”.

Algo tranquilizado, Herodes continuó mirando pensativamente el paisaje. Alguien se le acercó, y al volverse reconoció con disgusto a Herodías. Ya no la amaba; ya no escuchaba sus palabras como antes, colmando todos sus deseos; ella había traído la desgracia sobre el reino; había sido la culpable de doce años de guerras, cuyos cansancios lo envejecieron. Por su parte, la reina estaba irritada contra él. Un día, yendo hacia Galaad, Iokannan la cubrió de insultos, le echó en cara todas las ignominias de sus antecesores, y ahora que estaba en manos de su marido, este se negaba a satisfacer sus deseos de venganza. San Juan no la dejaba vivir en paz, la indignaba… Pero el tetrarca se empeñaba en guardarlo alegando cuestiones de política, pues sus imprecaciones contra Jerusalén atraían a los judíos a su causa.

De pronto notó una encantadora silueta femenina en la terraza de una casa cercana. La miró admirado, y preguntó a Herodías quién era; esta se aplacó repentinamente y se marchó diciendo que lo ignoraba… “Un negro apareció. Su cuerpo estaba blanco de polvo”; no dijo más que una palabra: –¡Vitelio!

El procónsul romano llegó tres horas más tarde. Recorrió todas las cámaras subterráneas de la ciudadela haciendo el inventario de lo que deseaba llevarse y al volver al patio principal, se extrañó de la cantidad de gente aglomerada en él. Herodes le explicó que, siendo el día de su natalicio, los había invitado para asistir a un gran banquete, Resonó la voz de Iokannan en la cisterna; Vitelio, intrigado, quiso verlo, y al levantar la tapa del pozo, el profeta prorrumpió en maldiciones contra todos. Los judíos se indignaron, pues deseaban la muerte del que anunciaba la llegada de un supuesto hijo de David, y el romano se sorprendió del empeño que tenía el tetrarca en conservar a tan molesto personaje.

A la hora del banquete, los convidados invadieron la sala donde tendría lugar. A medida que se fueron sirviendo los diversos vinos, el ruido de voces se volvió mayor. Mientras Herodes conversaba con Vitelio, los judíos comenzaron sus eternas discusiones sobre asuntos religiosos. Los sacerdotes se encolerizaron contra un hombre que hacía milagros; los saduceos se arrojaron contra él, cuando dijo que Ioannan era el Elías, cuya venida predecía la Ley; y todos empezaron a gritar a la vez, pidiéndole al tetrarca que acabase por fin con el perturbador, Juan. Pero la tranquilidad volvió a reinar instantáneamente cuando Herodías apareció en un estrado enrejado. 

Mas en el fondo de la sala se oyó un zumbido de sorpresa y de admiración. Una joven acababa de entrar. Era Salomé, la hija de Herodías. En el medio, entre las mesas comenzó a danzar. El tetrarca no veía a nadie más que a ella, “se perdía en un ensueño sin fin”… era la forma que había vislumbrado aquella mañana en la terraza… cuando concluyó el baile, Herodes, en el paroxismo de su fiebre amorosa, le gritó: –¡Ven! ¡Tendrás las llanuras de Tiberiades; mis ciudadelas…! ¡La mitad de mi reino! Entonces ella dijo son riéndose: “Quiero que me des en un plato la cabeza, la cabeza de Iokannan”.

El tetrarca se dejó caer anonadado en su asiento. Pero después de un momento de reflexión hizo una seña a Mannei, y hubo un gran silencio en la sala… El verdugo volvió aterrorizado, afirmando haber visto un arcángel en el calabozo del preso. Los convidados comenzaron a protestar; y Mannai reapareció un instante después, trayendo asida por los cabellos la testa de San Juan; Salomé la tomó y la entregó a Herodías.

El festín había concluido; los invitados salieron… A los dos días, tres hombres subieron a la ciudadela para pedir la cabeza del profeta, e ir hacia la Galilea.

“Y como era muy pesada, la llevaron alternativamente”.

Alejo F. CARPENTIER

La Discusión

16 de diciembre de 1922 [p. 2].

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