EL CASTILLO DE CAMPANA-SALOMÓN, FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INCONCLUSA DE ALEJO CARPENTIER

Aunque su existencia solo fuese denunciada por un rótulo de dos metros de ancho, realzado por la efigie de un Niño de Praga descolorida por las lluvias de mayo, el Colegio de Don Pedro Toledano venía realizando, desde hacía años, una labor de tipo minero en el interior de aquel bloque de casas techos criollos orlados por el Atlántico, un anuncio del Jabón Crusellas y una calle cuyos tranvías no lograban apagar los ecos de un inter perenne velorio de Papá Montero… Conquistadora de espacio, la escuela había echado raíces (2) firmes (1) en aquel cuadrangular ojo de mosca cuadrangular, cuyas facetas eran otras tantas puertas de cedro, ventanas, enrejados y paredes adornadas con metopas de fundición catalana arte decorativo catalán. La entrada solo revelaba, al principio, la existencia de un patio en que vagaba a todas horas una sombra de hongo con piernas largas, pertenecientes a Don Patricio. El guardián con cara de comprachicos, que velaba cuyos lab bolsillos estaban siempre repletos de panes viejos y colillas de cigarro, recogidos debajo de los pupitres del salón de penitencia y estudio. Genio tutelar Ujier patrón, y cave-canem, Don Patricio presidía la célula original de aquel colegio; su núcleo primario, que solo comprendía las aulas de párvulos tiernos. Era aquel el feudo del sistema métrico decimal, de la tabla de Pitágoras, de las relaciones de hectolitro a decilitro, de la Casa de Tócame Roque, la orografía de Cuba, el Príncipe Mono, la Caperucita roja, los cuentos de Callejas y las primeras pasiones frenéticas por Francesca Bertini y Pina Menichelli, y la primita que se prestaba a despojarse de los pantalones para jugar a Médico y Enfermera en el patio de la casa paterna… Ahí, a siete pesos mensuales por alumno, se originó la prosperidad del colegio. Luego, como se imponían las ampliaciones, hubo que alquilar los patios de las casas contiguas, para instalar las aulas Cuarta y Quinta, donde se mostraban los cuadros de fisiología al alcance de todos del padre Ca R. P. Calazans y Gil, con sus estómagos en forma de alpargata y sus hombres reducidos a nervios y venas cual proyecto de canalizaciones, y sus secciones de pistilos y corolas aunque con el sexo en blanco, y sus secciones de col corolas y pistilos membranosos y obscenos, pintadas con colores de flor de muerto tumba, de flor de monumento municipal, dignos compañeros de la familia Blake, proyección mural de una un método de inglés que, con la complicidad del programa oficial, vedaría para siempre la lectura de los sonetos de Shalespeare en el idioma su origen de origen versión original.

 

La tal familia Blake se componía de un casto matrimonio, dotado de dos niños, un gato, un perro y una camarera –eterno sostén de una sopera vacía… This is a cat… This is a dog… ¿Qué tiene Mister Blake en la mano?… Un handkerchief… ¿Y Alice Blake?… Una lagartija… ¿Cómo? Un ve, un kit carambola… ¿Cómo?… Sí, te vendo una papeleta para la rifa del objeto.

 

Manuscrito

 

El C. de C. S.

 

Pastrana.

 

Desde la noche en que Pastrana había visto entrar a Don Eleuterio Castrovido en un burdel de la calle Blanco, (reinaba) una indisciplina feroz reinaba en la clase. Bien podían García, Cosme y Reina ofrecer, en los primeros pupitres, un ejemplo de acatamiento y compostura baja adulación; el hecho de ser los primeros de la Segunda, y de figurar sobre el Cuadro de Honor bajo orla de laureles, no les confería el menor prestigio, la menor posibilidad de imponer el espíritu gregario a los demás alumnos. ¡Don Eleuterio había estado en casa de las francesas! El informe bastaba. Sentado a la derecha del encerado, detrás de su diccionario y su tintero, el maestro era el blanco de todas las burlas. El chivo emisario. El  turco (negro) del pim-pam-pum… Y lo peor era que Don Eleuterio estaba enterado. Cuando vio dibujarse la sonrisa de Pastrana en la bodega de la esquina –sonrisa cuyo cinismo era acusado por la presencia de un bozo ridículo, montado en canillas de zancuda malograda– comprendió que todo estaba perdido. La trigésima parte de su sueldo de sesenta pesos mensuales  Sus sesenta pesos  –cobrados aquella misma tarde– quedaron reducidos a 57’40 –dio dos pesos y la propina– sin ofrecerle la menor satisfacción. ¡Maldito rapaz! No poderse brindar semejante holgorio más que doce veces al año, y verse envenenado en la fiesta carnal correspondiente a octubre, por culpa de ese fabricante de pajaritas, cazador de moscas, lector de cuentos de Callejas, que solo servía para desencadenar la anarquía en el aula. Pero todo lo agobiaba. Un mentor, un director de conciencias, un admirador de Don José de la Luz Caballero, no debía frecuentar prostíbulos. Nadie le daría la razón. Estuvo a punto de humillarse; de buscar a Pastrana, para invitarlo a tomar un refresco, y decirle, con tono acomodaticio:

 

–Usted es un hombrecito. (ya un hombre…) Usted sabe que en la vida existen cosas… Vamos… No le necesito decirlo… Usted también conocerá lo que es eso… Un hombre siempre es un hombre… Y el hombre tiene necesidades… vamos… tiene que ser un hombre… Y usted que ya es un hombre…

 

¿Un hombre, Pastrana? La ridiculez de la imagen ¿Con sus pantalones bombachos, atados con una hebilla debajo de la rodilla? ¿Con su cara llena de granos? ¿Con su cabello tallado a la “malanguita” en una barbería de barrio? La ridiculez del contraste lo llenó de la vergüenza. Volvió a su casa de huéspedes con paso digno. Al día siguiente, comprendió que todo estaba perdido. Se instaló en su pequeño tinglado pedagógico, bajo la influencia de un indefinible malestar. Miró los treinta y dos rostros que estaban vueltos hacia él, leyendo (viendo) en ellos la efigie de la perfidia. Pastrana, al fondo de la clase, (fingía) repasaba(r) sus lecciones, con ahínco (inacostumbrado) con el rostro hipócritamente oculto por una gramática de la Real Academia Española. ¡Ya ningún acuerdo sería posible!… Don Eleuterio, sabiéndose  vencido de antemano, ordenó con voz cansada:

 

–Cosme. ¡A la pizarra!…

 

Cada día, el comienzo de la lección de matemáticas (aritmética) marcaba los inicios de una florescencia de milagros sobre los pupitres. Manos aviesas se deslizaban entre los libros de clase, buscando los caminos del ensueño. Y surgían en procesión, por el hueco del tintero, los personajes míticos. Dick Turpin, con su trabuco; Sitting Bull, con sus plumas: Buffalo-Bill, rey de la pradera, con su bigote de mosquetero, sus botas y su hinchadas y su sombrero de fieltro. El galope enunciaba su ritmo a tres tiempos, mientras los galeones del Corsario Negro zarpaban hacia los Eldorados de Nueva España. “¡Al abordaje!”, clamaban los cor pira aventureros gascones de Emilio Salgari. “¡A mí, tigrecillos de Mompracem!”, respondían los piratas de la Malasia, desde el otro extremo del globo. El planeta se hacía objeto. Toda distancia era abolida. Tremal-Naik y su fiel Kammamuri penetraban con su pantera (domesticada) en el reino de los estranguladores. Sandokan robaba un acorazado al rey de Inglaterra y conquistaba una isla y una mujer, con ayuda del prodigioso portugués Yáñez de Gomara. La blonda Mariana sonreía. Sonreían Yolanda y la hija del Corsario rojo, mujeres de pelo en pecho, que los chicos asimilaban cuyas imágenes se asimilaban a las de las dos muchachas –“señoritas” desde hacía un mes– que los chicos habían visto patinar, ciertas tardes, junto a la glorieta del Malecón. Heroísmos cortos de los que regalan una sortija, y mueren de pudor a pesar de haberse dejado raptar por un gangster(s) con de alfanje y castillos de roca. Lanzas envenenadas, pañuelos que estrangulan, flechas mojadas en curare. Jugarse la vida en un rey de naipes. El tigre, el elefante blanco, Nueva Caledonia, la iguana, el lasso, el cóndor, la casa volante, Tristán de Acuña, la estatua  que mata, la lima en el pan, la alianza con los buitres, la evasión, la evasión… fuera de la cárcel, fuera del pueblo dayako, fuera de la Tierra. Fuera de aquella clase, abierta a los llena de emanaciones de los retretes enanos. Ochocientos noventa y nueve.

 

–¡Qué importaba todo aquello!

Mil setecientos cuarenta y siete… Multiplicados por… nueve mil, doscientos veintitrés…

Y mientras René Cavilonga –¿quién llamaba a Reina de otra manera?– alineaba cifras en la pizarra, seguían naciendo prodigios en (sobre) las plataformas de madera de los pupitres… Cuán lejos había quedado el traje verdoso de Don Eleuterio. ¿Cómo se las arreglaban, además, los profesores por llevar obtener un traje de hechura prodig milagrosa, que desafían todos los modos, los cortes y los colores lógicos? Mientras los  Los alineados cuadros de fisiología escolar concebidos y pintados por el R. P. Calazans y Gil intentaban inútilmente atraer la atención de los discípulos párvulos. ¡Es increíble lo semejante que es un estómago a una alpargata! Todo corazón no dibujado como as de naipes, se vuelve una víscera vulgar. Los pulmones parecen colmenas, y nada revela en una pierna desollada, el maravilloso mecanismo de palanca que permite lanzar tan lejos una pelota de foot-ball, o recorrer el terreno de base-ball en una fracción de minuto… Seiscientos noventa y siete mil – Sherlock Holmes – novecientos sesenta y un – Nick Carter – multiplicados por – John Raffles – treinta y siete –ladrón de levita – “¡Hay un error!” – Seis por seis, son treinta y seis. ¡Caray! ¡Cómo ladraba el perro de los Baskervilles!…

 

–¡Repasen la lección de Gramática! ¿Qué es idioma o lengua?

 

–“¡El conjunto de palabras y modos de hablar de un pueblo o nación!” leían los esclavos.

 

Pero, rezaba el cuento de Callejas:

Mi cochino tenía una pipa

Y se le perdió rompió

Y se le perdió rompió

Y se le perdió rompió!

–¿Qué es analogía?

FANTOMAS… Juve… Fandor… Lady Beetham… La casa de Tócame Roque… El príncipe mono… Manuel García, rey de los campos de Cuba… Las trece noches de Juanita…

Don Eleuterio anunció:

–¡Dictado!

Los textos amados volvieron a las carpetas con rabioso rezongar de toda la clase.

–Les voy a leer un trozo selecto del gran escritor español Don José Echegaray.

René Cavilonga pronunció con voz zalamera:

–¡He visto El gran galeoto en el Nacional!

–¡Muy bien, Reina! Debía usted ¡Usted es un ejemplo para la clase! Esa obra es una joya de la literatura dramática… ¡Una obra maestra!

–¡Comemierda!, masculló Pastrana.

Don Eleuterio comenzó a dictar:

La Bicicleta

                                               …

Manuscrito

 

El Castillo de Campana Salomón

Primera jornada

1

–El 21 233 ,bon… ¡Bonito número!… El 21 233… Mañana se juega.

…la señora de González, ojos de azabache, cuello de cisne, voz de cristal, interpretó con  el genio que adorna (habitualmente) su persona, una dulce canción cubana que no habría sido indigna del genio del inmortal Betoven…

Coma Punto y seguido.

–La negrita Melia,

la negrita Melia,

está en Atarés…

–Bonito número… Mañana se juega…

…La escuchábamos embelesados, admirando, junto con su voz, la arrogante e incomprensible belleza de la mujer cubana.

Punto y aparte.

–La negrita Amelia,

la negrita Amelia

está en Atarés…

Después fuimos obsequiados (en la pelouse) con un exquisito buffet servido por “La Habanera”, lugar preferido de nuestros g por los gourmets de nuestra high-life…

–El 21 233… El 21 233…

…Cuando (escoltados por un “valet”) abandonamos el señorial “chateau” de los esposos González, resonaban en el ambiente los compases de un danzón tocado por la aplaudida orquesta de Valenzuela y Corbacho.

–La negrita Amelia,

la negrita Amelia…

Punto  aparte.

Exquisita soirée…

Rutilante…

Inolvidable…

Llena de “bon goût”

Fashionable

Perfecta. Sin igual…

Peresito firmó el texto:

El Lord de Versalles Trianón

Anotó al margen:

Negrita cuadratines, 12 puntos

Y llevó su crónica al taller del de los linotipistas, canturreando aún:

–La negrita Amelia,

la negrita Amelia…

–¡Hola! ¡Verraco!, gritó a una al jefe linotipista. Pásame estas cuartillas… Y no me vayas a dejar un: OJO. Bigotes, como en las pruebas, como el otro día…

–Está bien, mi padre…

Sobre el ritmo seco de los linotipos, volvió a oírse, distante, el  pregón del billetero:

–El 21 233… Bonito número… El 21 233… Mañana se juega.

Mecanuscrito

 

El Castillo de Campana Salomón.

 

Denise — época 1912 —

 

Entrepreneur de démolitions

Esta fórmula, burdamente en una fachada, se acompaña generalmente de una arquitectura de tapiz volante, capaz de hacer surgir fantasmas de alcázares en la bruma del más sucio día de enero. En aquel barrio de las Buttes Chaumont, a doscientos metros del mercado del Pré Saint-Gervais, abundaban tales contratistas. Sus casas eran arlequines de escombros y adornos inservibles, sobre una planta baja que proclamaba su identidad de antiguo cortijo Luis Felipe, y habían sudado de indignada solidaridad cuando los obreros de Daumier fueron degollados en la Rue Transnonain, se asentaban ventanas gótica, postigos de talla arcaica, sirviendo de pedestal a un piso cuyos arcos, de un mozárabe de pacotilla, denunciaban el mal gusto de alguna cortesana del Segundo Imperio. Cada piedra labrada, cada mascarón, capitel, reja o puerta, procedentes de la Rue Saint-Jacques, de Auteuil o de la Isla San Luis, iba a parar a aquel rincón de París, complicando el desconcierto constructivo de aquellos edificios improvisados y barrosos, rastros a su manera, que complementaban el comercio de los anticuarios, vendiendo todo aquello que fuera demasiado grande, pesado, o demasiado trasto, para hallar cabida en sus tiendas… Una hoja de acanto fijada en la piedra, una voluta jónica, una cabeza de San Dionisio, una llave de bóveda, una aldaba, gárgola de mala época, balaustre renacentista fundido en cemento, se acumulaban en los rincones polvorientos en espera de algún hipotético comprador… Ya Albert Froidaveaux no contaba con ese sedimento de tiempos perdidos, con ese polvo de casas-cadáveres para salvar la fortuna que una esposa agriada en plena juventud, le había traído, después de una boda económica, cuyos treinta y dos invitados, de guante blanco y bombín negro, aparecían retratados, en el atrio de la parroquia de Menilmontant, sobre una fotografía que adornaba uno de los testeros del comedor. Las magras ganancias de su maltrecho negocio se iban, con fluidez y continuidad de arroyo, sobre el mostrador de cinc del vendedor de Vino-Madera-Carbón de la esquina, en aperitivos de alambique y partidas de zanzi… al cementerio de villa y castillos difuntos quedaba algún prestigio, era para la chicuela de canillas flacas, que huroneaba entre los escombros, en busca de palacios capaces de cobijar poéticamente sus incipientes vicios solitarios. La pequeña Denise no carecía de imaginación. Desde que los empleados de su padre, faltos de pago, habían desertado aquel caravanserrallo de cosas truncas, mordidas por el tiempo, heridas por el  pico, se complacía en vagar, silenciosamente, en medio de las tres plantas desiertas, cuyas ventanas matizaban la luz a lo Borbón, a lo Santa Genoveva o a lo Rey de Granada. Con una baranda de escalera, cuatro columnas salomónicas de altar, un vitral y unas cuantas tablas viejas, se construía castillos de colchones rotos, cuyas entrañas de miraguano olían a mugre y a cama de pobre.  Pero la paz de aquellos escondites sórdidos tenía para Denise la maravillosa novedad de revelarle el sabor de la independencia. “¡Denise! ¡Denise!” gritaba a veces una voz cansada, desde abajo. La chicuela no respondía, chupando uno de esos caramelos baratos que tiñen la boca de encarnado. “¿Dónde se habrá metido esa sinvergüenza?”, insistía la voz, mientras Denise, sabiéndose a salvo de suposiciones, abría el famoso álbum, hallado, una tarde, en una cómoda carcomida. Al levantarse la cubierta del álbum, cubierta adornada por un dibujo preciosista de Mucha, permitía entrar de lleno en un mundo de mujeres silfos, de hadas maquilladas, de reinas con coronas de encaje. La baronesa de Vaugan, aparecía retratada en su boudoir lleno de palmeras y muebles “modern style”, llevando un largo vestido adornado de lazos y cintajos rosados. Las postales desfilaban en formación apretada, a cuatro por página… Cléo de Mérode, ceñida la frente por una diadema, entreabría una capa digna de un Mefistófeles de ópera italiana, para mostrarnos, bajo un forro de mallas, su talle de avispa, monstruosamente adelgazado por un corset; Lina Cavalieri de Mimí, de Manon, o envuelta en un vestido de lentejuelas doradas, con actitudes falsamente meditativas o místicas de “retrato de arte” a lo Nadar; la bella Otero, con sombreros cordobeses, monteras toreras, chaquetas pintureras, pandereta en alto, castañuelas en alto, senos en alto, caderas en alto, nalgas en alto, representando el ole-ole de café-concierto, con todo su exótico prestigio de rica hembra de allende los Pirineos… Liane de Pougy, en vestido ciclista, pedaleando por las alamedas de un bosque de árboles difuminados, y Emiliana de Alençon –aquella que pidió al Káiser la restitución de Alsacia y Lorena a cambio de sus favores–, saliendo de su caseta de baños, en Trouville, con una red de pescar camarones en la diestra, completaban esa galería de seres sobrenaturales, que las más honestas e irreductibles madres de familia habían envidiado sordamente, al apercibirse, una buena tarde, lo poco excitantes que resultaban sus pantalones de algodón, realzados por una orla de encajes baratos en la rodilla… Denise se abismaba en la contemplación de esas postales. A su contacto sentía nacer sus instintos de mujer. Se hacía coqueta ante sí misma, al no tener con quién esgrimir su coquetería. Renegaba de su delantal negro, cubierto de manchas de salsa, y palpaba amorosamente los dos centavos que le permitirían adquirir veinte centímetros de cinta azul en la tienda de Madame Coullaud, la mercera de la Rue du Simplon. Y sus manos iban a perderse en los pliegues de su burdo vestido de colegiala, oliente a sudor agrio y a enaguas de virgen, para comprobar los progresos de su desarrollo físico retardado por la anemia congénita, la precaria alimentación y la escarlatina… Sus zapatones de punta chata, coronados por calcetines de lana roja, comenzaban entonces a balancearse de un lado a otro, como la aguja de un metrónomo puesto en tiempo de Largo, fuera del pequeño palacio de trastos, en el que solo podía estarse acurrucado.  Y la noche invadía los tres pisos del bazar de arquitecturas, sin que la niña diese señales de vida… La hora de la cena era anunciada por un olor de sopa de coles.

–¡Denise!, gritaba la voz cansada. ¡Denise!

La chicuela solo reaparecía cuando las cucharas comenzaban a probar su diapasón en el borde de los platos. Sus ojos brillaban. Esquivaba las miradas suspicaces de sus padres, sabiéndose dispuesta a defender ferozmente la independencia de su pequeño universo polvoriento, sórdido y magnífico.