El caso singular de Flaubert

Gustave Flaubert/Foto tomada de internet

El centenario de Madame Bovary ha venido a reactualizar, en cierto modo, la figura de ese escritor singular que fue Gustavo Flaubert. Escritor singular si pensamos que nunca autor alguno fue menos favorecido por el propio temperamento. La creación le costaba un trabajo increíble. Las frases no acudían a su pluma. Terminar una página era, para él, una tarea de forzado. Adelantaba lentamente en sus libros, renqueando, sufriendo, protestando, como si cumpliera con una intolerable obligación impuesta por otro. No poseía imaginación verbal. Tenía que rehacerlo todo, tachando, quitando, enderezando párrafos cojos. Y aun cuando daba un manuscrito por terminado, Máximo du Camp, su íntimo amigo, cazaba en ellos unos gazapos imperdonables, verdaderas perlas, como cierta “excursión marítima”, puesta en la segunda página de La educación sentimental para calificar… un viaje por el Sena. O aquello de “Sonó lentamente el toque de la una”, visto más adelante, en la misma novela, que hacía exclama al corrector, escandalizado: “¿Es que le tomas el pelo a tus lectores? ¿Cómo quieres tú que una sola campanada suene ‘lentamente’?”… A menudo sus descripciones eran de una falta de gracia desesperante: “Ya los bromistas empezaban con sus chanzas. Muchos cantaban. Se estaba alegre. Se llenaban copitas”. (“¿Quiénes son los de las copitas?” –preguntaba Máximo du Camp)…

Por lo demás, sus métodos de trabajo lo llevaban frecuentemente a afincarse en documentaciones exhaustivas. Para escribir Salambó, empezó por leer enormes cantidades de textos de Estrabón, Herodoto, Tucídides, Luciano de Samosata, Diodoro de Sicilia y cuantas historias de Cartago pudo encontrar en las bibliotecas: La tentación de san Antonio es un verdadero tratado de historia de las religiones. En Bouvard y Pecuchet hay un inagotable recuento de todos los manuales publicados en su tiempo acerca de las más diversas materias.   

Y sin embargo, ese escritor poco dotado, entorpecido por una escasa vocación, acababa ganando sus batallas contra la expresión trabajosa y la limitada inventiva Al cabo de varios años de labor, publicaba un libro que imponía el respeto, por el cuidado de la factura, el poder de crear personajes que, a pesar de haber sido fabricados a retaos, iban cobrando vida, carácter, relieves propios, en el transcurso de la acción. Flaubert fue el único autor que logró trazar un cuadro animado, real, dramático de la Revolución de 1848 en una novela.

A pesar de toda su erudición acumulada, La tentación de san Antonio tiene grandeza y poesía. Madame Bovary es un libro que ha quedado. Salambó, pese a su aspecto de ópera de gran espectáculo –se piensa en una Aída púnica– es novela que fue muy imitada durante todo el siglo xix, llegando a erigirse en prototipo de un cierto género de evocación histórica. Con Bouvard y Pecuchet, Flaubert trató una materia que, menos situada en las pequeñeces de una época, hubiera constituido una gran obra universal por la validez de un argumento que tiene ciertas analogías con el asunto del Quijote –libro que el escritor francés admiraba profundamente.

Anatole France decía que Gustavo Flaubert pertenecía a la raza de “los estrategas mediocres que ganaban batallas”. Salía agotado de cada empresa. Pero sus libros se imponían en todas partes, resistiendo la tremenda prueba de la traducción. Sus batallas, a la postre, quedaban bien ganadas.

Letra y Solfa

El Nacional

Caracas, Venezuela

16 de mayo de 1956

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