EL “BOLÍVAR” DE DARIUS MILHAUD

Por: Alejo Carpentier

El cable nos trae la noticia: próximamente habrá de estrenarse en París el Bolívar de Darius Milhaud, con decoraciones del gran pintor Fernand Léger. Con este motivo creímos interesante pedir a Alejo Carpentier, amigo y colaborador de Milhaud, algunos datos sobre esta obra cuya elaboración le es conocida.

No es la primera vez que Darius Milhaud, el máximo compositor francés contemporáneo, se enfrenta con un tema americano. Al salir del conservatorio, cuando apenas había escrito unas pocas obras para el piano y los primeros esbozos del Proteo y Las Euménides, el músico hizo un viaje al Brasil en calidad de secretario de Paul Claudel, entonces representante diplomático de Francia en la hermana república. Los carnavales de Río, las sambas callejeras, impresionaron fuertemente al compositor por su color y su riqueza rítmica. De ahí salieron las Saudades de Brasil (doce piezas) para piano, el ballet El buey en el techo y algunos de los ritmos americanos que acompañaron el episodio de la selva en El hombre y su deseo. Lo más curioso de este viaje está en el hecho de que también Milhaud tuvo en él la revelación de Cuba. Al regreso, una avería del barco hizo que se torciera el rumbo, de tal manera que los viajeros fueron a parar a Puerto Rico. Y allí, Milhaud encontró una orquesta cubana en gira por las Antillas, que obtenía grandes éxitos tocando un danzón del compositor popular Antonio Romeu, titulado Triunfadores. Seducido por la vivacidad y la gracia del danzón, Milhaud “cazó” los temas[1] en su cuaderno de apuntes, componiendo con ellos, más tarde, una Obertura para la versión orquestal de sus Saudades de Brasil.

En 1930, Milhaud estrenaba en París[2] su gigantesco Cristóbal Colón, bajo la dirección de Erich Kleiber –que sería más tarde director de la Orquesta Filarmónica de La Habana y de la Orquesta Sinfónica de Guatemala. En 1931, la Ópera de París representó su Maximiliano, emperador de México, para el que le suministré temas de canciones militares mexicanas, conseguidas por Ignacio Fernández Esperón (Tata Nacho). En 1939 puso música a unas Invocaciones mías, componiendo una cantata para voces masculinas a capella, estrenada por la coral de Amberes y, recientemente, en Oakland. Ahora se anuncia el estreno del Bolívar.

El texto original del Bolívar es de Jules Supervielle, aunque ha sido muy retocado, para los efectos[3] operática por Magdalena Milhaud, esposa del compositor. Desde luego que el músico no ha tratado, en su partitura, de hacer música venezolana. Pero no le hagamos el reproche de aquellos que decían, en los días del estreno del Maximiliano: “Esto no es música mexicana”. El no haber dado un aire “típico” a su nueva obra debe considerarse precisamente como una prueba de probidad y honradez creadoras por parte del músico. No se adquiere el alma de un país porque se estudie, en frío, su música popular, y se lleven mecánicamente al papel pautado sus canciones. Pero todo hombre, todo artista, puede enamorarse de una figura egregia, de un bello mito, de una grandiosa realidad histórica, con miras a lo universal. La figura de Bolívar pertenece a la humanidad entera, como la de Colón –tema de otro drama lírico de Milhaud. Cansados de los mismos símbolos, de los mismos personajes, situados desde hace más de un siglo en la escena lírica, los músicos modernos del Viejo Continente suelen volverse hacia América, en busca de asuntos nuevos. La idea de Milhaud de escribir un Bolívar ha sido vista, en París, como deseo de dar a su época una “obra exaltadora de la libertad”. En espera de que sea un compositor nacional quien se inspire en la figura de Bolívar, para escribir una cantata o un drama lírico, consideramos con la mayor simpatía esta partitura, debida al genio de un gran músico, que habrá de contribuir, bajo una forma nueva, a la gloria del Libertador.

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Interrogado por un redactor de Les Lettres Françaises, he aquí lo que dijo Fernand Léger –ayer, revolucionario aborrecido por la Escuela de Bellas Artes; hoy, decorador de la Ópera de París– acerca de las decoraciones del Bolívar, cuya ejecución está ya en camino:

“He querido, ante todo, que mis decoraciones para el Bolívar estén construidas y sean sólidas. Serán como objetos. Sin embargo, no deben recordar en nada esas decoraciones “engaña ojos” que ya no engañan a nadie. Así, por ejemplo, para la escena del terremoto en Caracas, quiero que sean verdaderos objetos de tres dimensiones los que caigan, rueden y atraviesen la escena. Es fácil: hay que disponer de trozos de pared, de trozos de columnas. En el fondo, algo bastante realista. Es menester que haya movimiento, verdadero movimiento, y no tan solo algunos truenos de hojalata detrás de los personajes. Por otra parte, también hay que crear toda una atmósfera. Volver a crear, no imitar. Si cubro de un solo chorro de color naranja toda una manzana de casas, o solamente indico, con trazos esquemáticos, la colocación de las ventanas y de las puertas, es porque quiero, ante todo, dar una sensación de color y luminosidad intensos. Si yo me empeñara en florear todos los detalles, el conjunto perdería inevitablemente mucho de su vigor. Además, mi color nunca tiene una función abstracta. Es el color de un día o de un instante que yo haya vivido. La tarea del artista está precisamente en recordar todas sus sensaciones, y en saber recrearlas, en un momento dado, a voluntad. Todos los auténticos pintores, muertos o vivos, jamás han obrado de otra manera.

El Nacional

Caracas, domingo 4 de marzo de 1948 [p. 10]


[1] En el recorte de periódico que se conserva en la Fundación Alejo Carpentier, la palabra “temas” está tachada, acaso por el propio Carpentier, y al margen, manuscrito en lápiz rojo se lee la palabra “ritmos”.

[2] También “París” está tachado y en el margen, en lápiz rojo, leemos “BERLÍN”

[3] Al margen se añade, también en lápiz rojo, “de la versión”.