Carlos Enríquez por Alejo Carpentier

(ESPECIAL PARA EL DIARIO DE LA MARINA)

Hasta hace poco Carlos Enríquez vendía carbón. Inmolando diariamente diez horas de vida en un templo de actividades burguesas, nos presentó un ejemplo de energía, de fe en su arte. Las cifras de ventas, las teorías de números, no lograron menguar sus bríos. Cada noche, a la luz de una bombilla eléctrica, Enríquez iniciaba su “lucha con la materia”, movido por una energía extraordinaria. La naturaleza de los modelos le importaba poco, interpretó los menores rincones de su estudio – instalado en vieja una casona de la Habana antigua; retrató a sus amigos, a su mujer –pintora de gran talento ; sintió la fuerza plástica de los objetos que le rodeaban. Como los cubistas, aunque muy distante  de ellos, trabajó frente a una botella, una manzana…

Y en las exposiciones bien intencionadas que organizan oficialmente nuestros consagrados, sus cuadros resultaban otros tantos petardos. En medio de los paisajes cuidaditos como jardines ingleses; de los proyectos de plafones con Pegasos, caduceos y musas envueltas en sábanas propiciatorias de drapeados; junto a los retratos que promueven pugilatos de trascendencia entre un kimono y una cara, sus lienzos vibraban en una fiesta de color, de luz y de carácter. Sus obras solían relegarse a la última sala –la de los biles  que diría un cubanísimo exégeta. A veces tenía la satisfacción de ver rechazado uno de sus retratos por el tribunal de admisión –el de Marcelo Pogolotti, por  ejemplo– “porque tenía fondo rojo”, pero aún allí cubiertas de denuestos por los jugadores de dominó, esas telas sanas eran para muchos el atractivo máximo de un salón.

Los lienzos de Enríquez denuncian una profunda inquietud. No es un constructor en el sentido neto de la palabra. Pocas veces conoce la serenidad, y sus cuadros no son siempre frutos de una lenta y meditada elaboración. Es un artista de reacciones violentas, de temperamento recio, que prefiere soluciones arbitrarias para resolver problemas trillados.

Si fuera pianista, se me antoja que a menudo truncaría  un alarde de virtuosismo, rompiendo a puñetazos el teclado de su instrumento.

Hay remembranzas de impresionismo en el arte de Enríquez –su estudio expuesto en el “Salón de Arte Nuevo” es buena prueba de ello. Pero si le impusiéramos la etiqueta de una  clasificación fácil, le tocaría forzosamente la amplia y elástica del “fauvismo”.

El color le obsesiona. A veces su paleta debe maravillarlo, como el salvaje que contrae los párpados ante un collar de abalorios. Con gusto sitúa sus modelos en sectores de luces complicadas, dando más importancia a los caprichos del color que a las prudentes máximas del trazado inicial. Aun cuando su mano se adiestra en la técnica de dibujos rudos y sombríos, se advierte una persecución de matices múltiples; “siente” tornasolada la tinta más densa.

En la “Exposición de Arte Nuevo” inaugurada recientemente, el envío de Enríquez se destaca por su riqueza. El Interior, que muestra un perfil de Marcelo Pogolotti; un curioso ensayo de metier denominado Luz simple y un retrato, presentan al pintor con sus características más loadas. Pero un lienzo audaz, un “desnudo en rojo”, hacen vislumbrar una suerte de evolución en su manera.

Emparentado con los tiernísimos desnudos de Modigliani –¿qué pintor moderno ha visto mejor el desnudo?–, el estudio de Enríquez resulta, si cabe la paradoja, más recio, más violento, dentro de mayor serenidad. Su inquietud determina la esencia misma de la concepción, pero cierta grata disciplina ha presidido el génesis de la figura. Con menos colores, con menos pasta, el pintor ha logrado una doble intensidad en la vida de sus líneas…

(…Dejadme, dijo Matisse cuando le pidieron un telón para El Ruiseñor de Stravinsky. Con un azul y un blanco obtendré un efecto superior a todas las griterías de los pintores rusos).

El “desnudo en rojo” es uno de los lienzos más serios de Enríquez.

Como obra llena de valentía, es tal vez la más discutida y censurada por el buen público burgués que visita la exposición. En la noche de la apertura, vi una dama rubicunda declarar que aquello era “ir demasiado lejos”, después de contemplar el lienzo con el “impertinente” calado. 

Mas esta vez, podría decirse, citando una frase de Cocteau que “la verdadera audacia consiste en saber hasta dónde puede irse demasiado lejos”, y que esa audacia admirable es ciertamente la de Carlos Enríquez…

Tiene sin duda Enríquez madera de pintor y de pintor moderno. Afirmamos que sus condiciones admirables y su temperamento artístico se beneficiarían extraordinariamente con una permanencia en otros medios, donde pudiera aprender lo que le falta para alcanzar “su” maestría… Pero no estamos muy seguros de que Carlos Enríquez no se vea obligado a volver a vender carbón…

Diario de la Marina, 15 de mayo de 1927.

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