Bouvard et Pécuchet

Fragmento de la ponencia “Martí y Francia”, presentada en el Coloquio Internacional que tuvo lugar en la ciudad francesa de Burdeos en 1972 y que se publicó íntegramente en el número 87, año XV, correspondiente a noviembre de 1974, de la revista Casa de Las Américas (pp. 62-72).

Foto tomada de internet

Galatea, Helena, la Doncella de Tracia, el mundo rutilante de las doncellas-flores de Wagner (ya presentes en la versión parisiense de Tannhäuser, anunciando las auténticas doncellas-flores del segundo acto de Parsifal) habrían de llevar a José Martí, en sus devociones, hacia el ámbito entre histórico y fabuloso de Salambó, lo que equivale a decir, de Gustave Flaubert.

Cuando en julio de 1880, publica su sorprendente artículo anunciador de la publicación de Bouvard et Pécuchet, sabemos que conoce ya la patética novela de Madame Bovary, a la que habría de calificar más tarde (1883) de “libro honrado y robusto”; y “no hay en la lengua de Francia cosa mejor que Salambó” –dirá en 1882, después de haber afirmado que era “libro tan sólido que parecía hecho de mármol”. (Y cabe abrir aquí un paréntesis para señalar que Maurice Bardeche, el devoto flaubertista, dijo recientemente que si Salambó anuncia las películas multitudinarias de Cecil B. de Mille, “encierra ya todo un surrealismo futuro” –acaso, añadiría yo, porque la enjoyada hija de Amílcar nos resulta un personaje de Gustave Moreau, quien mucho admiraba la novela de Flaubert, pero también, y más que nada, porque la acompañan escenas como la de los leones crucificados, que impresionó muy particularmente a José Martí.

También ha leído nuestro autor La tentación de San Antonio, a la que nunca menciona por su título, pero a la que hace una suntuosa alusión al referirse al episodio del festín del “tremendo Nabucodonosor”, quien “limpia con su brazo los perfumes de su cara, quien come de vasijas sagradas, luego las rompe, e interiormente toma nota de sus escuadras, sus ejércitos y su pueblo”. (“¡Festín prodigioso el de Nabucodonosor!” –había  exclamado Baudelaire en 1857, al referirse a La tentación de San Antonio).

José Martí, con su poder de hurgarlo todo, de enterarse de todo conocía la vida del escritor y hasta sabía que en su gabinete de trabajo miraba la estatua, de bronce de un Buda hindú, que pueden ver ahora los visitantes de su “sencilla casa de Croisset”, hoy museo flaubertiano… Pero Flaubert muere el 8 de mayo de 1880, dejando una gran novela inconclusa: Bouvard et Pécuchet.

Edmundo de Goncourt, Taine, Madame Roger des Genettes, y, sobre todo –¡sobre  todo!– Turguéniev, a quien Flaubert admiraba profundamente, saben algo del asunto (será mejor decir: de los propósitos) de ese libro singular; único en su género, sin antecedentes –como no fuésemos a hallarlos, muy remotamente, en el enciclopedismo de Rabelais– en la literatura francesa. Pronto se anuncia que Bouvard et Pécuchet comenzará a publicarse en diciembre del mismo año, en la Revue Nouvelle de Madame Adam –“moderna Madame Récamier”, como la llama Martí– antes de que aparezca el tomo en las librerías de Francia…

Pues bien: el 8 de julio de 1880, exactamente dos meses después de la muerte de Flaubert, José Martí publica un artículo –más que artículo: ensayo– sobre la gran novela inconclusa, en The Sun de Nueva York. “El público nos agradecerá por haberla reseñado de antemano” –advierte Martí. Pero… ¿de dónde ha sacado su información?

Dejo a los pacientes investigadores el cuidado de resolver un problema cuya solución no encuentra Raymond Queneau –autor del prólogo de la gran edición de Bouvard et Pécuchet de la NRF– a quien sometí el caso. ¿Acasode un artículo de Edmundo de Goncourt, de Turguéniev, de algunos de los asiduos visitantes de Croisset, puestos en el secreto de los dioses?… El caso es que Jose Martí analiza el libro –aún inédito– con asombrosa sagacidad, detectando las más sutiles intenciones del autor, y citando, de paso, como por casualidad, al enciclopédico Rabelais, a quien tanto admiraba, y a Cervantes, al hablarnos de la aventura de dos hombres ingenuos y bien intencionados –un pequeño Quijote y un Sancho de exacta estatura– extraviados en el vasto laberinto de los Conocimientos.

Comete Martí algunos errores –debidos, sin duda, a sus fuentes de información– al decirnos que Bouvard y Pécuchet, los puntuales burócratas con ansias quijotescas, eran dos ancianos, cuando Flaubert nos dice (primer capítulo) que ambos tenían cuarenta y siete años. Martí nos dice que se retiran a Chavignolles con dinero ahorrado, cuando, en realidad Bouvard es favorecido por una inesperada herencia y Pécuchet está muy próximo a disfrutar de su jubilación de funcionario.

Martí nos dice que terminado su periplo en torno a todos los conocimientos humanos, a todas las experiencias materiales y afectivas, regresan ambos desengañados y lastimados por el fracaso de sus siempre malogrados intentos, a las oficinas de donde salieron, cuando, en realidad, a lo que vuelven es a su oficio de pendolistas, de copistas –y esta vez sin función ni sueldo para ocupar su tiempo en algo, sin abandonar por ello su casa campestre…

Pero, pese a esos pequeños errores de información, José Martí nos ofrece un cuadro admirablemente exacto del libro que habrá de editarse seis meses más tarde. Ve que Bouvard y Pécuchet, Sancho y Quijote de cuanto pueda ofrecerse a su apetencia, intelectual, a su casi trágico intento de alzarse sobre una mediocridad irremediable, “extienden las manos hacia todo, pero no alcanzan nada”… “Pasan la vida tropezando a cada paso, lastimando su carne y rompiendo sus huesos” en “una magnífica alegoría del idealismo no realizado”… Y al final de “de su largo peregrinaje” han salvado un gran sentimiento, que después de todo es suficiente: la amistad de los hombres. Son íntimos amigos. Eran, franceses: son ciudadanos del mundo entero”. Flaubert, hablando de su obra dice: “Este libro me deslumbra por su enorme alcance”. Y Martí concluye su estudio diciendo: “La obra perdurará porque, como lo dijo Flaubert, es un libro cordial” –palabras  de un hombre, acaso lo sabía Martí, para quien la amistad era algo entrañable y necesario.

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