Ana en mi memoria y en mis rutas

La Doctora Ana Cairo Ballester fue una destacada colaboradora de la Fundación Alejo Carpentier y miembro de su Consejo Asesor. Sus trabajos sobre la obra del autor de “El siglo de las luces”, forman parte de la bibliografía obligatoria de todos los estudiosos de la obra del excelente novelista.

Este trabajo de la investigadora Haydée Arango Milián es un reconocimiento a la labor de toda una vida de nuestra querida Ana.

Ana Cairo Ballester

Por: Haydée Arango Milián

Como les sucedió a muchos estudiantes universitarios durante varias generaciones, cuando conocí a Ana Cairo ya ella era un mito de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, y de la cultura cubana en sentido general. Y como suele ocurrir con los mitos, a Ana la precedían historias y hasta aprensiones que nos hacía verla, en aquel entonces, como una figura impenetrable, inaccesible. Pesaba sobre su aureola la Distinción por la Cultura Cubana y la Medalla Alejo Carpentier; a lo cual luego se sumó el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas, entre otros muchos reconocimientos y distinciones, como la de ser miembro de la Academia Cubana de la Historia. En tercer año de la carrera, cuando finalmente la tuvimos frente a nosotros en el curso de Literatura Cubana, esa imagen comenzó a transformarse poco a poco, más bien a humanizarse, para revelarnos a una profesora erudita y rigurosa, sí, pero a la vez extrañamente cálida, fraterna y colaboradora.

Sus clases siempre fueron inusuales, diferentes a cualquier otro sistema que habíamos seguido hasta entonces: ya fuera porque resultaban disertaciones asociativas y acumulativas, en las que el flujo de información no se organizaba según un criterio cronológico estructurado, sino que iba sumando y sumando; ya fuera porque esas clases a veces tenían lugar en plena Biblioteca Nacional, mientras ella hojeaba publicaciones periódicas de la Sala Cubana o aprovechaba el acceso a múltiples fuentes para irlas mostrando a nosotros; o ya fuera porque, como ejercicio evaluativo de final de curso, nos orientaba unas larguísimas listas de lectura de más de cien títulos, que teníamos que elaborar nosotros mismos a partir de nuestros intereses y que teníamos que leer sin subterfugios, porque en el examen oral que nos hacía a cada uno de nosotros podía preguntarnos sobre cualquiera de esas lecturas, para compararlas entre sí, para establecer elementos de continuidad y ruptura, para enlazar períodos históricos diferentes o plantear conexiones insospechadas entre autores u obras aparentemente desvinculados entre sí. Con el tiempo me iría dando cuenta de que esos modos pedagógicos estaban profundamente enraizados con los modos de investigación y pensamiento de Ana Cairo, quien entendía la cultura como un proceso de interrelación continua, como un gran sistema que permite establecer lecturas transversales en todo sentido y muchas veces contrapuntear hasta lo más insólito, sin importar las diferencias de periodos, de ideologías, de tipos de discurso o de filiaciones estéticas. Y, por otro lado, porque Ana era una extensión de las bibliotecas, donde siempre podía encontrársele revisando las más disímiles fuentes, tomando nota, charlando, moviendo ideas. También dormitando, como es lógico. Aprendimos desde entonces que Ana, además de una investigadora de la literatura, era una apasionada historiadora, que desde las ciencias históricas se volcaba a la cultura y que en esa interconexión disciplinaria solía encontrar la armazón de muchos de sus libros y proyectos. En ese sentido, como parte de los intercambios docentes y de sus asesorías para los temas de tesis de licenciatura, fuimos descubriendo que ella era una fuente inagotable de líneas de investigación, así como una gran generadora de antologías, selecciones de textos o proyectos de libros colectivos, precisamente por ese afán de desempolvar, de aunar y de interconectar todo lo posible.

A ello debo añadir, porque no es menos importante para mi recuerdo de Ana, que también fuimos descubriendo, a pesar de su imagen dura, de su hermetismo o de sus maneras a veces ásperas, a un ser humano gentil, profundamente consciente de los problemas que nos rodeaban, siempre dispuesta a ayudar y a entender dificultades, siempre comprometida con que todos sus estudiantes se encaminaran de la mejor manera posible. Cuando me gradué de Letras y decidí permanecer en la facultad como profesora adiestrada en el ámbito de la cultura cubana, Ana fue siempre un apoyo: me amparó, me alentó, me facilitó contactos y libros, me sumó a proyectos y espacios, y me escuchó siempre. Tuve la oportunidad de compartir con ella tribunales de tesis, cursos académicos, preparación de programas docentes, presentaciones de ponencias, viajes profesionales, edición de libros o revistas… y siempre agradecí su fraternidad y su espíritu colaborador, como si fuéramos iguales. Con esa misma generosidad, Ana apoyó que yo impartiera una de las asignaturas clave de la carrera de Letras, correspondiente a la Literatura Cubana de la primera mitad del siglo xx. Para preparar la asignatura, me fue imprescindible un número importante de textos que había escrito la propia Ana sobre el periodo: por ejemplo, El Grupo Minorista y su tiempo (1978), La Revolución del Treinta en la narrativa y el testimonio cubanos (1993) o su serie titulada Letras. Cultura en Cuba (1987-1997), con ocho volúmenes.

Al mismo tiempo, Ana continuó siendo mi profesora: como parte de mis estudios de posgrado, tuve la oportunidad de volver a tenerla como docente en una Maestría en Estudios Culturales Caribeños que entonces se organizaba entre la Universidad de Buffalo y la Universidad de La Habana. Todavía suelo regresar a mis notas de aquel curso de Pensamiento Cultural Caribeño, en el que Ana cuestionaba hasta qué punto se podía hablar en Carpentier de la fundación de un imaginario caribeño, o cómo los procesos históricos de la conquista y la colonización del Caribe habían sido profundamente transculturales. Como solía ocurrir en los cursos de Ana, allí volvían a integrarse lecturas insospechadamente conectadas, como El largo atardecer del caminante, de Abel Posse, con el Chilam Balam; “Los factores humanos de la cubanidad”, de Fernando Ortiz, con las crónicas norteamericanas de Martí; La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Santos, con La sexta isla, de Daniel Chavarría; los ensayos de Pedro Henríquez Ureña, Eugenio María de Hostos y Ramón Emeterio Betances; La flota negra, de Yasmín Ross, con la narrativa de Lydia Cabrera y de Antonio Benítez Rojo; la poesía de Guillén y siempre la obra de Carpentier, en toda su extensión. Para Ana, Carpentier fue durante mucho tiempo el intelectual cubano más caribeño, por su interés sostenido en ir recorriendo ficcionalmente la región y porque ya en la década del 70 tenía una definición propia del área como espacio caótico, complejo y extraordinario, compuesto de “islas sonantes” y manifestado sobre todo como una gran Zona de Arte. Carpentier, de hecho, fue un referente constante en el quehacer de Ana: a él regresó una y otra vez, desde diferentes enfoques e intereses; y desde él, en particular, iluminó también su visión del Caribe. En aquellas clases de posgrado Ana nos insistía, aunque fuese de manera implícita, en que todavía falta mucho por investigar en cuanto a los vínculos y los aportes de la cultura cubana dentro de la amplia región del Caribe. E insistía también en que en la Mayor de las Antillas aún se desconoce mucho sobre las diversidades y complejidades de toda la región.

Esa misma manera plural e integradora de entender la cultura cubana y caribeña está presente en su libro Bembé para cimarrones, publicado originalmente en 2005 y reeditado en 2019, poco tiempo antes del fallecimiento de Ana. En el prólogo a esa segunda edición realizada por la Editorial UH, nos precisa José Antonio Baujin, uno de sus colegas y amigos:

Para la investigadora, en general, sus libros nunca estaban cerrados; eran porosos, abiertos a enmiendas y ampliaciones. La muerte hizo abortar el nuevo Bembé para cimarrones que le hubiese gustado concebir a Ana Cairo. En su lugar, este tiene solo leves correcciones, pero mantiene el espíritu díscolo que le comunicó su autora desde el principio y lo hace vigente, necesario en su provocación para la relectura de nuestra historia cultural desde el lado más irreverente: desde el cimarrón que ensancha las fronteras de su palenque para abrazar la esencia de una cultura que se funda en la disidencia frente al discurso hegemónico opresor y tiene orientación en la dignidad liberadora conquistada y defendida.[1]

Hay estudiosos de la cultura caribeña, como Agustín Laó-Montes, que, en la distinción entre el cimarronaje como hecho histórico y el cimarronaje como práctica decolonial de carácter político y epistémico, establecen una larga tradición crítica afrocaribeña, desde Aimé Césaire y Édouard Glissant, hasta Ángel Quintero Rivera, José Luciano Franco y la propia Ana Cairo.[2] Justamente, como sucedía con las clases de Ana, en Bembé para cimarrones se integran múltiples referentes de la cultura cubana y caribeña, en lecturas superpuestas o cruzadas que van revelando interesantes luces. Así ocurre a propósito de Palés Matos y Guillén; de Carpentier con sus novelas Ecué-Yamba-O, El reino de este mundo y El Siglo de las Luces, junto a varios de sus relatos; de Cintio Vitier con Rajando la leña está, una obra mucho menos acostumbrada en este tipo de estudios sobre la región; o con Antonio Benítez Rojo y su cuento “Los fugitivos”, integrado a su libro de relatos caribeños Paso de los vientos, y del cual apenas existen estudios dentro de Cuba. Junto a muchísimas otras fuentes, todo ello se reúne a partir de la productividad de la imagen del esclavo y el cimarrón en Cuba y el área caribeña, con todas las derivaciones simbólicas e interpretativas que históricamente se han originado. En un momento de su libro la autora nos menciona “conceptos como ‘cultura cimarrona’ o ‘intelectual cimarrón’, para exaltar las opciones emancipatorias, con las que se defiende la capacidad de rebelarse o de resistir. Y se legitima el culto a la libertad, fundida entrañablemente con la justicia y la solidaridad”.[3] Esta será, sin duda, una clave importante del libro, que va desandando por el pensamiento emancipador de la cultura cubana y caribeña, muchas veces advirtiendo las conexiones entre ambos ámbitos desde su actitud de resistencia. Como sucede en muchos otros libros de Ana, aquí la autora nos obsequió un repositorio invaluable de referentes y datos culturales que, además de ser valiosos por la interpretación con que se acompañan, ofrecen muchísimas más posibilidades de trabajo para los interesados. Y, por supuesto, abren otros caminos para ediciones semejantes. ¿Cuántos proyectos de libro no habrá dejado Ana en el tintero? ¿Cuántas otras ampliaciones de sus clásicos? ¿Cuántas ideas sin materializar, cuánta papelería por organizar, cuánto por escribir? Ana era, como dijera Julio César Guanche, otro de sus alumnos eternamente agradecidos, “un archivo de la memoria cubana”.[4]

En algún punto de mi recorrido académico, decidí enrumbar mi investigación doctoral por los ámbitos caribeños, específicamente por los que se abrían con la obra del narrador y ensayista Antonio Benítez Rojo, a quien Ana conoció personalmente y de quien conservaba gratos recuerdos. Ella y Nara Araújo fueron decisivas en aquella elección que hice. Y Ana, tan sensible también a todo lo que nos aportan las memorias personales, sazonó mi conocimiento sobre Benítez Rojo con más de una anécdota y me aconsejó muchas veces que me entrevistara con viejos amigos o compañeros de trabajo, que pudieran asimismo aportarme otros relatos. Por otro lado, en esos largos años en que duró mi investigación, muchas veces postergada por otros compromisos de trabajo, Ana no dejó de aguijonearme para que me mantuviera investigando, leyendo y escribiendo: “El Caribe es una construcción cultural, Haydée, tienes que tener eso siempre presente”, me repetía cada vez que hablábamos de La isla que se repite.

Precisamente, a propósito de mi camino por el doctorado no puedo dejar de recordar dos anécdotas que siempre me harán volver a Ana como una amiga sensible y profundamente humana: a pesar de su interés por que no atrasara la investigación bajo ninguna circunstancia, su actitud cambió radicalmente cuando supo que estaba esperando a mi primer bebé. Ana tenía una valoración muy especial de la maternidad y la defendía contra viento y marea, con una solidaridad particular cuando se trataba de estudiantes y colegas. Era un tema que la iluminaba. En aquella ocasión, aunque le dije que seguiría trabajando desde casa, me pidió que lo detuviera todo y que disfrutara plenamente de mi embarazo y de mi bebé, hasta que venciera el tiempo de la licencia de maternidad: el consejo de establecer esa prioridad siempre se lo voy a agradecer. La otra anécdota tiene que ver, justamente, con la defensa de mi doctorado, un tiempo después: ella, por supuesto, fue parte del tribunal, y cuando terminó el ejercicio me obsequió un ejemplar de la única edición que se ha hecho en Cuba de El mar de las lentejas, de Benítez Rojo. Sobre las primeras páginas amarillentas del libro ella me escribió lo siguiente: “Querida Haydée, muchas felicidades; espero te sea útil esta rareza, Ana. 26 de febrero de 2018”.

En paralelo a aquella etapa, y como derivación de mi propia investigación, me propuse conseguir la publicación en Cuba, por primera vez, de La isla que se repite, ese ensayo antológico de Benítez Rojo sobre la cultura y la literatura caribeñas. Nuevamente Ana Cairo fue colaboradora en ese sentido, pues ella conservaba el contacto de la viuda de Benítez Rojo y se ofreció a ser una de las mediadoras para que obtuviéramos los derechos de publicación en Cuba. Esto, porque además estaba convencida de la importancia integradora de este tipo de acciones culturales, que es el mismo motivo por el cual consideraba que había sido un triunfo haber incluido el polémico ensayo de Benítez Rojo sobre Bartolomé de las Casas en su antología dedicada a estudios e imaginarios sobre el fraile dominico. Ana Cairo se caracterizaba por una vocación ecuménica y de integración que era digna de elogio, sobre todo por el contraste con contextos o periodos donde se han realizado injustas exclusiones o parcelaciones. No solamente valoraba el aporte de todos, sino que salía a buscar intencionadamente toda aquella contribución que pudiera aportar un justo balance o una perspectiva diferente. Y en ese sentido, además, creó redes de colaboración con la emigración cubana, con académicos establecidos fuera de la Isla o con figuras intelectuales de diversas posiciones ideológicas, a los cuales muchas veces también recibió con entusiasmo y calidez en sus propios predios.

Desde su fallecimiento en 2019, varios han sido los homenajes realizados a Ana Cairo, desde múltiples escenarios y voces, desde dentro y fuera de Cuba. Durante la Feria Internacional del Libro que le fuera dedicada póstumamente, se reeditaron varios de sus libros, se realizaron conversatorios y se le recordó de muchas maneras. Sin embargo, creo que todavía le debemos mucho más a quien tanto nos entregó. Le debemos nuevas compilaciones de textos con el mismo espíritu con que nos entregó las suyas, le debemos el rescate o la continuidad de algunos de sus proyectos, pero también le debemos la prolongación de su ejemplo como investigadora, como profesora y como ser humano, porque de ese modo también seguiremos enriqueciendo nuestra cultura.


[1] José Antonio Baujin: “Bembé para una cimarrona”, en Ana Cairo, Bembé para cimarrones, Editorial UH, La Habana, 2019, p. 15.

[2] Cfr. Agustín Laó-Montes: “Cimarrón, nación y diáspora.  Contrapunteo de estados raciales y movimientos afrodescendientes en Colombia y Cuba”, en Yusmidia Solano Suárez (coord.), Cambios sociales y culturales en el caribe colombiano: perspectivas críticas de las resistencias, Universidad Nacional de Colombia. Sede Caribe, 2016, p. 14, http://biblioteca.clacso.edu.ar/Colombia/fce-unisalle/20170131035712/cambiossociales.pdf.

[3] Ana Cairo: Bembé para cimarrones, Editorial UH, La Habana, 2019, p. 186.

[4] Julio César Guanche: “Antiguas preguntas cubanas, siempre renovadas (entrevista con Ana Cairo)”, en El poder y el proyecto. Un debate sobre el presente y el futuro de la revolución en Cuba, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2009, p. 189.

Tomado de La Ventana

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